miércoles, 2 de junio de 2010

Y todo por un dedo juguetón



Para mí, mi trasero es sagrado, jamás nadie ni nada había atravesado esa barrera.

Estoy casado, sé cuales son mis gustos, y mantengo sexo placenterito cada vez que puedo, no miento, el mentir sería decir cada vez que quiero.

Todo comenzó una noche en la que mi mujer, Sara y yo manteníamos relaciones, más bien clásicas, ella estaba tumbada bajo mío mientras que yo sujetándome con las manos aguantaba mi peso sobre ella a la vez que mi verga se adentraba por su conejo.

Yo bombeaba, el contacto de algo identificado como la yema de uno de los dedos de mi mujer en mi ano me extrañó, pero no paré de bombear, estaba a punto de llegar a mi orgasmo, he de reconocer que esa presencia primero aparte de extrañarme me confundía, y me dolía ligeramente, pero a la vez me daba más placer, hasta que estallé en mis propios movimientos llenándola de mi esperma.

Mi ano mientras que el líquido era expulsado se contraía, noté como comprimía el dedo de Sara, sin dejar de salir a pesar de lo difícil de aguantar con su dedo dentro.

Esa sensación me llenó, hasta el punto de plantearme cosas, muchas cosas.

A menudo deseaba pedirle que me penetrara, pero mi vergüenza me impedía articular palabra y con ella mi deseo.

Más de una vez me levanté sobresaltado y totalmente excitado mientras soñaba que me penetraban mientras estaba follando, era un placer diferente, difícil de explicar, me llenaba.

Necesitaba ese contacto una vez más.

En mis sueños eróticos llegaba a correrme sin control, hasta el punto de amanecer completamente mojado por mi semen.

Pronto Sara, se dio cuenta de mis necesidades, de mis agitaciones de caderas mientras que mi polla la penetraba, y por fin una noche lo intentó otra vez.

La necesidad de sentirme lleno mientras yo penetraba era impresionante, ese día solo con el roce tan deseado descargué mi leche por su vagina casi sin penetrar.

Poco después, me atreví a pedirle que lo repitiéramos pero esta vez sin que yo la penetrara, me costó demostrarle el placer que sentía, me apuraba mi condición de hombre, por lo que la única razón que le di fue mi excitación.

Ante mi sorpresa descubrí a una Sara, más juguetona que nunca, apareció con algún instrumento casero para darme placer.

Me colocó en una posición cómoda para los dos, de manera que mi ano quedara a la vista y que a la vez yo pudiera agitarme.

Sara, apareció con un plátano, estaba verde por lo que su consistencia nos pareció bien, tras examinarlo para que ninguna de sus partes nos hiciera daño comenzamos a jugar.

Sara, lubricó mi ano, mientras que yo a cuatro patas gemía y a la vez a que sus dedos acariciaban mis genitales, que colgaban como campanillas.

Yo notaba como mi culo se comprimía de placer y a la vez se dilataba preparándose para una penetración.

Lentamente Sara, adentró aquella fruta por mi ano apretado, me gustaba la agilidad y delicadeza, los movimientos esperaban el vaivén de sus manos sacándolo y metiéndolo una y otra vez, hasta que paró y en su mirada vi deseo.

Mi cabeza giró para ver que era lo que hacia mi mujer, la descubrí con cara de posesa, de ansiosa, intentando penetrarse el resto del plátano por su vagina.

Me excité mucho más, yo permanecí quieto, le costaba, hasta que lo logró, entonces compartimos la fruta.

Mientras que los dos con lentos movimientos nos agitábamos intentando pillar el mismo ritmo.

Imaginé que la parte que me penetraba era el pene de mi mujer, y verla bombear con su cuerpo era excitante, algo jamás sentido, ni siquiera esperado.

Dos amantes unidos por un mismo aparato dándose placer el uno al otro.

Estallamos los dos en orgasmos repetidos.

Inesperados.

Fantásticos.

Placenteros.

El notar como el plátano se contraía con los apretones de mi mujer, el sentir como lo estiraba con su propio movimiento.

El verla disfrutar tanto como yo.

Ese día marcó una nueva forma de amarnos.

Poco después y con vergüenza visitamos por primera vez una tienda especializada.

Los ojos se nos desviaban con cada aparato hasta entonces desconocido, disfrutamos inventando utilidades a cada uno.

Y hasta adquirimos alguno que otro en nuestra primera visita, cosa que al llegar a casa no paramos en la cocina, pasamos rápidamente a la cama, estábamos ansiosos por encontrar el placer con nuestro nuevo juguete.

Así fue como comenzó nuestra escala en el aprendizaje de nuestro sexo.

Nuestra intimidad, por un casual, un dedo desencadenó todo un libro de placer, placer tan desconocido como inimaginable por mi, un hombre tradicional.

Hoy puedo decir que somos expertos, tenemos una gran colección de juguetitos y somos felices.

¿Quieres intentarlo?

Deseo. Año 2004.

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