miércoles, 2 de junio de 2010

Me gusta que me miren



Te voy a ser sincera, la diferencia de que a las mujeres nos atraiga la danza mucho más que a los hombres es por que en ella encontramos mucho estímulo, mucho morbo, el ver como nos miran, el deseo que nos llena.

Ráfagas de sensaciones que se apoderan de nuestras curvas bien contorneadas al compás de cualquier música.

Me llamo Elena, tengo 26 años, continuo soltera, a pesar de ser sumamente activa en el sexo.

Me han pedido matrimonio unas 5 veces, pero eso de estar atada a una sola persona no es lo mío.

Me gusta mirarme en el espejo mientras bailo, lentamente me despojo de mis ropas, siento con ello, el contacto de mis manos, excitándome en mi soledad viendo mi propia imagen reflejada.

Hasta que se humedecen mis entrañas y dejan salir sus jugos por entre mis piernas, poco después, acabo jugando yo sola entrando por mi cuerpo con ayuda o sin ella, hasta retorcerme de placer.

En una discoteca, lo mismo, cierro mis ojos, me adentro en la música haciéndola mía, viviéndola, como si cada nota naciera en mis entrañas la dibujo con mis movimientos sensuales, es cuando comienzan a asomar las primeras miradas de deseo, las primeras manos que sin querer mostrase rozan mi cuerpo, se esconden entre la multitud.

Los hombres se acercan cada vez más, con esa mirada característica de deseo.

Suelo vestir muy sexy dejando a menudo a la vista parte de mis prendas interiores, y mientras consagro mis movimientos, levanto mi minifalda, hasta que mi tímido trasero se agita y deleita con sus ondeantes movimientos adornando mi cuerpo.

Soy consciente de que provoco, eso es lo que más me pone.

Tocar mis senos mientras es otro el que los desea, inclinar mi espalda hasta poder ver mi vello púbico entre mis piernas.

Agitar mis manos como si intentara desnudarme en medio de la pista.

Todo esto me lleva a un estado de excitación impresionante, a menudo acabo con algún ligue de un día, entregándome a él y haciendo de mi cuerpo maravillas.

Toda esta introducción viene a tema, digamos que no hace mucho, en una de esas sesiones de baile, me llegué a excitar tanto que sentí la necesidad de quitarme la ropa.

Era tal mi fantasía, que hacía días me golpeaba en la mente, como un desafío, el imaginarme rodeada de gente y danzando totalmente desnuda era un reto, mi reto.

Así como una noche más, comencé a danzar olvidándome de todo y de todos, cómplice de mis movimientos acompasados, hasta que sentí la humedad latiendo en mis entrañas, buscando una salida y mojándome entré como en un éxtasis de sentidos en las que dominaban mis manos.

Dejé que afloraran mis instintos, mis dedos organizaban escenas de verdadero espectáculo, hasta que por fin la parte superior de mi cuerpo se mostraba con un simple sujetador de color muy excitante a pesar de no necesitarlo, creo que es una pieza de lencería muy sexy, demasiado, justo al punto de despertar lo que yo busco.

Mis manos rasgaban mi piel, como poseída, pronto la pista se vacío entorno a mi cuerpo, a mi espectáculo, a mis movimientos y mi desnudez.

Notaba miles de miradas clavadas en mí, eso me excitaba más todavía, pero aún me quedaba la parte de abajo, y lentamente sin perder el ritmo, me deshice de ella, a la vez que con un pie se la entregué al chico que hacía rato tenía entre ceja y ceja, dándole pie a que se me acercara.

Aún continué mi espectáculo a solas, mis manos pasaban por mi cintura, mis dedos insinuaban mis partes más ocultas, mi lengua incitaba al deseo, a la provocación.

En ese momento me acerqué al cuerpo que sostenía mi ropa y lo atraje hasta la pista, le indiqué que cerrara los ojos, le ordené que se dejara llevar, allí comencé a investigar su cuerpo, tocándolo sin dejar el ritmo mientras él me dedicaba unas caricias continuando mi danza.

Mis labios rozaban los suyos, sólo eso, él pedía más, su verga demostraba su excitación, yo me sentía complacida, excitada, deseada.

Lo mantuve a ralla todo lo que pude y mientras yo aguanté, pero el calor de mis entrañas crecía hasta el punto de tener que parar ese baile sensual y salir de allí entre caricias para saciar mi calor.

Lo más cercano era el servicio, entramos como pudimos al aseo de mujeres y allí dentro de un apartado, mientras que mi cuerpo se apoyaba en la pared, su verga me taladró.

Mi cuerpo estaba desnudo, mientras que el suyo sólo mostraba su larga polla, mis pechos se acercaban hasta su boca, ocupando el lugar de su lengua.

Al compás de la música en la pista de baile bombeamos, mientras que sudorosos deseábamos más.

No me importaba ser escuchada, estaba realizando mi reto.

Era sólo una polla más a la que usaba para saciarme.

Al acabar y mientras su semen se deslizaba por mis piernas, delante de sus ojos me masturbé estaba tan cachonda que necesitaba más.

Después mientras la mirada atónita del chico seguía mis movimientos, me vestí, y dándole un ligero beso en lo labios abrí la puerta y salí.

No he regresado a esa disco, pero en mi ciudad existen muchas, no me he vuelto a desnudar, pero delante de mi espejo lo hago cada noche.

Pronto tendré otra fantasía.

Me gusta que me miren, me gusta sentirme deseada.

Me gusta tener sexo cuando yo lo quiero y te aseguro que lo tengo, ¿para qué casarme y dejar mis placeres?

Deseo. Año 2004.

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