miércoles, 2 de junio de 2010

Una vida perdida



Un hombre solo, joven, con estudios y ocupando un buen puesto de trabajo, independizado desde su mayoría de dad, nada hacía pensar en que algo ocurría a no ser por que fue uno de los primeros en luchar por su sexualidad.

Siendo consciente de que su buen puesto podría correr peligro, pero no calló, luchó por decir cual era su situación y dejar claro sus sentimientos.

Su cuerpo era fuerte, trabajado, cuidado, mimado por su dueño.

Pero no tenía pareja, su homosexualidad era latente entre sus compañeros que lo respetaban.

Pero aparte de eso, le definía su bondad, persona amante de la naturaleza luchador por sus creencias.

Una tarde al regresar a su casa, apoyado en una farola parpadeante el cuerpo de un chico se retorcía entre vómitos y temblores, él pudo reconocer entre ese retorcido cuerpo la identidad de su propietario.

Era el hijo del panadero, aquel hombre rudo que le atendía cada mañana.

El chico siempre andaba solo, lo daban por un caso perdido, el alcohol comenzaba a hacer mella en su cuerpo apenas maduro.

Una duda, en ese momento su corazón dio un salto, su primer impulso fue el de ayudar al chico, llevarlo hasta su casa y dejarlo a buen recaudo, pero en ese instante, recordó las palizas que el padre le solía propinar, el motivo que llo levó a su adicción por el alcohol.

Sin duda la vida de aquel joven no era sencilla.

Comenzaba a oscurecer, aún no tenía claro que hacer con aquel cuerpo medio inconsciente.

Nadie pasaba por la calle, era una tarde muy fría, el hielo comenzaba a dejar su marca en los pequeños charcos de suelo, no lo pensó más, ayudado por sus brazos lo arrastró hacia su casa, mientras que el olor a vómitos y a orín le hacía retener la respiración.

El chico no despertaba, eso le facilitó la tarea, una vez dentro de casa, lo desnudó con la intención de meterlo en la bañera y asearlo.

Mientras que le despojaba de sus sucias ropas notaba como crecía su excitación.

Poco después, lo vestía con su propio pijama, dejando el cuerpo aún sin reacciones descansar en la cama.

No estaba solo, esa noche era diferente, tenía la presencia de una compañía, dormida pero al menos esa sensación a soledad no estaba latente entre las paredes de su piso.

Intentó descansar, mientras su estómago se llenaba con una ensalada, pero en su mente la imagen del chico desnudo, de su sexo decaído y aún así de dimensiones grandes, no se apartaba.

Sus ojos se cerraron mientras su cuerpo descansaba en el sofá, por unos minutos se sentía rodeado de largas y gruesas pollas que lo hacían disfrutar, notaba como éstas lo acariciaban, sentía cada uno de sus movimientos, estaba a punto de ofrecer su hueco para que lo adentraran cuando un ruido lo hizo despertar de su sueño.

El chico parecía cobrar vida, se acercó, mirando desde la puerta, lentamente los brazos del chico comenzaban a agitarse, colocándose.

Entonces se acercó hasta sentarse en el borde de la cama.

Comprobó que estaba volviendo en sí, quizás con una gran resaca pero despertaba.

Salió para traer una caliente taza de café, el invitado estaba sentado, mirándo las paredes que no conocía.

Era la hora de hablar.

Tranquilo, estás en mi casa, anoche no te aguantabas de pie a causa de tu borrachera, decidí traerte hasta aquí y ducharte, si quieres irte no hay problema, ahora te traigo tu ropa, ya está seca.

El muchacho escuchaba sin entender nada, miraba sin decir ni parpadear.

Hasta que sintió la necesidad de salir una vez más al baño, mientras saltaba de la cama sin saber la dirección que tomar.

Nuestro anfitrión lo acompañó, ayudándole, limpiándole, poco después salían del aseo agarrados, y un sexo mostraba su estado.

El chico mucho más despierto, le agradecía sus cuidados, mientras que su cabeza decaída se fijaba en el sexo que luchaba por salir.

Entonces preguntó.

¿Eso, es por mí?

Creo que sí, lo siento, esa fue la respuesta tímida.

Creo que tengo la solución.

Una vez más sobre la cama, el chico sin dejar de mirar a los ojos se acercó hasta el sexo sobresaliente, en un intento de oler el aroma que desprendía la punta de su nariz rozó el glande que comenzó a sacar unas gotas.

El muchacho se deleitó con el olor a sexo hasta que se introdujo la punta por sus apretados labios, oprimiéndolos, disfrutando.

Así comenzaron a desnudarse, los dos cuerpos sin ropas, las manos unidas, y una boca succionando un pene, era digno de una foto.

Un juego de hombres, caricias complacidas, besos suculentos y tiernos que pedían más a cada intento de penetrar por las bocas.

Tactos ardientes.

En un compasado movimiento se acomodaron de forma que cada uno mamaba el pene del otro mientras que disfrutaban al hacerlo.

Era impresionante ver el tamaño de los pezones expuestos a los roces.

Una vez excitados las lenguas dejaron esa zona para rastrear el cuerpo entero.

Hasta acomodarse una vez más y humedecer el ano con saliva.

El placer se sentía en el aire, una penetración entre suspiros, dos bocas buscándose mientras que los cuellos se retorcían y alargaban encontrando la recompensa de los labios.

Lentamente, disfrutaron de sus cuerpos, no existía prisa, el tiempo perdió su sentido.

Uno penetraba al otro mientras las caricias en su sexo se continuaban, el chorro de semen que se esparció pintando la espalda mientras el glande recorría la espina dorsal arrastrando el líquido, era el turno de la otra verga.

Antes de comenzar unos lametazos, los músculos se dilataban esperando ser penetrados.

Hasta que sintió el frío acero de esa pieza ardiente contrastando con sus placeres, poco tiempo jugaron, el placer que sentían era inmenso, estallaron una vez más.

Exhaustos, sudorosos, jadeantes, buscaban una boca a la que unirse y así sellar el acto de aquella noche.

Poco después abrazados caían dormidos esta vez en la misma cama, en el mismo colchón.

Con tiempo, cariño, paciencia y amor, el muchacho dejó la bebida.

Ahora tenía algo por que luchar, abandonó la casa de su padre, ya no habrían más palizas.

Inició una vida nueva, estudios, contrastados con la labores de casa, mientras que noche tras noche esperaba a que el sonido de las llaves en la puerta le avisaran de que él llegaba.

Una vida cambiada, dos personas felices.

Merece la pena vivirla si encuentras una mano amiga, en este caso, el tesoro era su propia vida, su felicidad.

Deseo. Año 2004.

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