jueves, 3 de junio de 2010

Una duda resuelta entre tres



El problema de que una pareja no tenga los mismos gustos es difícil de llevar, uno pide lo que le atrae y el otro lo rehusa, eso sólo crea mal estar, por parte de los dos, en este caso lo mejor es sacar el tema por un casual y tantear el tema, no tener prisas y esperar el momento.

Porque estoy seguro que los momentos llegan solos, sin forzar.

Una noche tras invitar a mi mujer a cenar y con unas copas de más nos adentramos en un lugar que de entrada le resultó extraño, pero a mí no claro, gracias a la alegría y el mareo de las copas, entró y se sentó a mi lado, pedimos otra.

Miraba el espectáculo, la gente, la música y las parejas que se formaban delante de nosotros, se notaba el que no era la primera vez y los novatos, en sus actos, sus indecisiones etc.

No tardé en darme cuenta que en otro asiento en otra mesa y con otra copa un hombre no quitaba los ojos de encima de mi mujer.

Su cara angelical, sus curvas perfectas, su piel brillante, todo en ella desprende sensualidad, es su condición de ser, llamar la atención aún sin proponérselo.

Le dije que iba al aseo y con la mirada le propinaba un signo al hombre que no dejaba de mirarla, tras de mi entró en el baño.

Tras unas palabras quedó claro que quería acercarse a mi mujer, pero tuve que aclararle que no las tenía todas conmigo ya que ella no era tan liberal y no sabía si aceptaría.

Pareció no importarle, lo excitante era el intento.

Después de regresar a nuestros asientos y tras pasados unos minutos, el hombre de buen ver, se acercó hasta nuestra mesa, con un don de palabra increíble nos pidió permiso para sentarse con nosotros, ya que desde su rincón no se veía gran cosa.

Aceptamos y se colocó justo al lado de mi mujer, nos contó que vino con un grupo de personas y poco a poco haciendo parejas se fueron ahora estaba solo.

En ese momento cambió la música, tocaron tipo discotequera pero con ritmo y eso es precisamente lo que yo no tengo, gran excusa para sacar a mi mujer que es una diosa en la pista.

Ella no dejaba su cuerpo quieto por lo que el hombre me pidió permiso para sacarla a bailar, ella me miró como pidiendo mi decisión y para no meter la pata en toda la trama, le dije que si ella lo veía bien y le apetecía que adelante, estábamos para disfrutar y no merecía la pena que un pato como yo en la pista le arruinase la noche.

Ya en la pista la vista era excitante, las parejas se manoseaban dejando al descubierto sin pudor parte de sus cuerpos, sus encantos, lengua que arrasaban con toda la piel que se les cruzaba por delate, noté en el brillo de los ojos como mi mujer se excitaba, era la clásica mirada que me hacía al pedirme que la follara.

Se detuvieron a hablar pero sólo unos instantes, después continuaron, pensé, esto funciona.

Regresaron a la mesa, y de alguna manera extraña, aquel hombre era un imán para nosotros, por alguna razón mi mujer tenía ganas de irse a casa, y se disculpó, me temí lo peor, pero me extrañé cuando mirándome esperando mi aprobación, dijo, si está solo y le apetece una copa más que se venga a casa allí una vez me quite estos zapatos que me matan podemos hablar y tomar alguna copa.

Creo que los dos respiramos hondo, mis ojos aprobaron aquel comentario y el hombre se hizo el indeciso pero aceptó.

Una vez en casa, el ambiente se caldeaba, yo para calentar a mi mujer le tocaba los pezones bajo la bata, mientras hablábamos sentados, lo cierto es que hacía calor, como no sabía como iniciar el juego opté por quitarme la camisa con la excusa del calor sofocante del piso, e invité a que el hombre hiciera lo mismo.

No aceptó hasta que mi mujer le dijo que lo hiciera que ella no lo hacía por que no podía, a lo que en broma dijimos que porque no quería, creo que se nos vio el plumero, la cagamos.

Muy seria nos miró y mirándonos a los dos preguntó, ¿quereis que me desnude?

Ya no era tiempo de fingir, a la par dijimos que sería un placer.

Nos sorprendimos al ver que se quitaba la bata que tapaba su perfecto cuerpo.

Nuestros penes crecieron al verla tal y como vino al mundo.

Los pezones cobraron vida y los dos a la vez extendimos la mano para pasar los dedos por ellos.

Ella disfrutó con nuestras caricias, se dejó hacer sin límites, uno le chupaba el conejo y el otro la lamía las tetas.

En silencio y buscando en el bolsillo de la bata, que hacía poco se había quitado sacó un bote de aceite, la muy pillina lo abrió y se roció el cuerpo a la altura del cuello con el líquido oleoso.

Las manos de los dos pasearon por el cuerpo esparciendo la mezcla de sudor y de óleo.

La sensación de la piel era excitante, cada vez que mis dedos tocaban los del hombre sentía un escalofrío en mi cuerpo, ella se abrió de piernas para que le introdujéramos los dedos.

Completamente acoplados, los adentramos por el conejo mojado, mientras ella bajaba sus manos y las colocaba en nuestros penes erectos.

La palma de sus manos estaba llena de aceite, le era muy fácil deslizarlas y darnos placer.

Poco a poco se arrodilló en medio de nosotros, y agarrando los penes los chupó uno a uno.

De vez en cuando nuestros glandes chocaban y explotábamos en placer.

Los unía para chuparlos a la vez, masajearlos y exprimir nuestros huevos con suma maestría.

Cuando las dos pollas saltaban con espasmos, se giró hacia él y le ofreció su boca, abriéndose de piernas para mí y con la mano separó los cachetes de su culo para enseñarme el camino que tenía que tomar, mientras ella mamaba una vez más el pene del compañero.

La muy zorra se movía de miedo, como conocía mis reacciones sabía cuando estaba a punto y salió ágil de la penetración, esta vez abrió sus piernas para él y con la mano desplegó el conejo de par en par, entregándoselo.

Él le chupó el conejo mientras yo le chupaba la polla, hasta que pidió que la penetrara, de tal forma que el pene largo se le clavó por entre las piernas mientras gemía, pero yo no quería quedarme mirando y untando mis manos con el aceite, estimulé el ano del hombre mientras la penetraba, hasta que éste se abrió ante mis masajes, adentré mi verga por ese culo, mientras los pelos del contorno acariciaban mi penetración, de tal forma que ella estaba siendo follada por los dos, la intensidad de mis embestidas le llegaban de forma que la polla de él sacudía con mis movimientos mientras nuestros cuerpos se acoplaban con el de ella.

Mi mujer le pidió que saliera y dejara espacir su leche en su vientre, él acató la orden y la fuente de leche le llegó hasta la altura de la garganta, mientras la lengua buscaba esos restos, al ver la imagen yo me corrí, pero dentro del cuerpo de él.

La sensación me gustó era la primera vez que enculaba a un hombre.

Los gemidos de éste casi despiertan medio bloque de vecinos.

Pero mereció la pena.

Esa noche la pasamos juntos, amaneciendo los tres en la misma cama.

Salió de casa tras desayunar pero no sin intercambiar los teléfonos de contacto.

Sólo me quedó una duda, ¿mi mujer sabía lo que quería?, o ¿bien fue el calenton del momento?

Sea como sea me gustó y prefiero vivir con la duda.

Deseo. Año 2004.

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