jueves, 3 de junio de 2010

Sólo nosotras lo entendemos



Desde mi mayoría de edad vivo sola, mi carácter fuerte necesita independencia.

Poco control.

No hace mucho una pareja de novios con planes de boda compró el piso que daba puerta con puerta al mío.

Ella era preciosa, una envidia de mujer, simpática y dulce.

Congeniamos a la primera, la verdad es que era una chica colombiana, con ese perfecto cuerpo y caderas anchas moldeadas al son de la samba.

Llegó a España con una beca de estudios, conoció a Iván, y ahora estaba a punto de casarse.

Nada más tener el piso, se trasladó, así dejaba de pagar el alquiler pudiendo ahorrarse ese dinerillo y mientras tanto amueblaban y acondicionaban el piso.

Pasábamos mucho tiempo juntas, habando de todos los temas posibles.

Nos hicimos casi inseparables.

Y alguna que otra noche me la llevaba de marcha, cuando su novio no estaba en la ciudad a causa de algún viaje de negocios.

Gladis, estaba completamente enamorada, en nuestras múltiples confesiones se le notaba, pero una vez entrando más en el tema, dejó escapar un comentario que no me pasó por alto.

Él era un hombre muy posesivo en lo que al sexo se trataba, con eso quería decir que para él, lo primero era él, el disfrute para él, y una vez saciado, poco le importaba ya.

Gladis era como una droga para mí, esperaba cada día con ansia a hora del café, en la cual compartimos nuestro tiempo juntas.

Yo era adicta a las películas de sexo, las mismas que me llegaban a hacerme masturbar hasta acabar en éxtasis, con aquellas escenas.

De tal forma que cada vez que tocábamos ese tema en nuestras conversaciones en forma, casual la incitaba a contarme más.

Tomaban tal calibre en mi mente, que cada noche me acostaba visualizándola desnuda pero la única variación era que no estaba con Iván, si no que el cuerpo que desesperadamente pedía sus caricias era el mío.

Ese pensamiento me aturdía a la vez que me colocaba en la cima de mi placer.

Un día sumamente especial recuerdo que en sus ojos el brillo natural de su mirada estaba un poco confuso, comenzó a contarme mil y una cosas con diferentes temas, las palabras se le escapaban sin poder contenerlas, acababa de abrir la urna de su corazón y todo llegaba y desembocaba en una sola.

Mirándome, aceptó que lo que necesitaba era dulzura, sentimiento, calor de amor, no sólo sexo placentero.

Noté como temblaba, la hice regresar a casa, a micas, para poder estar tranquilas, necesitaba verla calmada, relajada, para poder ayudarla.

Una vez dentro, dejó aflorar sus sentimientos.

Necesitaba ser acariciada con amor, y no tenía lo que quería, se sentía mal, amada pero mal.

Me emocionó la forma, las expresiones y la gesticulación de sus manos al describirme que esperaba ella del sexo aparte de una penetración.

Sus manos pasaban por sus pechos, encima de su blusa, mientras la evidencia de sus pezones asomaba, bajaba con lentitud pausada por su vientre.

Deseé hacerla feliz, mientras secaba sus lágrimas.

El sentir de aquella forma tan cerca su cuerpo me impactó, ya que era algo especial, mis manos en su rostro, mientras ella me mostraba como quería ser acariciada.

Mis manos se acercaron a las suyas, agarrándolas continuando por encima de ellas sus sensuales movimientos, mientras mi sexo se humedecía y sus manos cada vez entraban en zonas más escondidas.

Fui consciente de que precisamente esa situación la visualizaba en solitario cada noche.

Dejé que mis manos hicieran la ruta de su cuerpo en solitario, me adentré por sus ropas, mis dedos escalaban sus pechos, mi boca se acercó a su cuello, mi rodilla abrió sus piernas dejando paso a mi mano que se acercaba.

Uní mi cuerpo al suyo, el contacto de los cuatro pechos calentó los cuerpos, mi rajilla subió hasta tocar su caliente sexo.

En ese momento las manos se acercaron a la cabeza de la otra, acariciando y enredando los mechones de pelo entre los dedos.

Se hizo un silencio placentero excitante, que sólo se rompía por nuestros jadeos.

Abrazadas buscamos un lugar donde acomodar los cuerpos sin separarnos, una vez recostados, mis manos se colocaron en su vientre, buscando la zona mas caliente, para poder introducirme por ella.

Sus piernas se abrían, mientras me despojó en parte mi blusa y acercó la lengua hasta mis senos, excitados.

Nuestras caras bajaron más hasta encontrarse, para adentrarse con las lenguas en las rajas, parece mentira pero no nececesitamos mucho más.

Como un rayo, estallamos en sudores fríos, y quemantes a la vez, gritamos mientras callábamos los gritos con una unión de bocas.

A partir de ese día, no importa si alguna tiene el periodo, por que existen muchas formas de complacernos, nos escondemos una vez más en mi casa y disfrutamos de nuestro sexo, nuestro cariño, caricias, amor, placer, sensibilidad, dulzura, y todo aquello que sólo otra mujer es capaz de dar.

Deseo. Año 2004.

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