
Todo el mundo la conocía como la extraña, apodo que se ganó a pulso por su forma de ser.
Mujer con muchos encantos pero poco dada a las relaciones vecinales, metida en su mundo, su casa y sus cosas, pocas veces se la veía hablar con nadie.
El carácter de Eulalia, se acentuó tras la muerte accidental de su marido.
Cuentan las malas lenguas que éste murió agonizando día tras días desde el mismo en el que se casó, hasta acabar consumido en su pena y tristeza, muchos son los que la culpan de tal tragedia, pero la realidad es que el secreto bien guardado de la muerte de Federico era muy diferente a la leyenda.
Eulalia, como te contaba, a pesar de ser viuda no superaba los 50 años, su cuerpo delgado, cuidado, al no tener niños y su firme busto la hacían deseada.
Al ser tan inalcanzable como la Luna, las lenguas hablaban horrores de su pasado.
La peculiar historia de esta mujer sólo la conocía Mirta, su criada, con la que llevaba desde mucho antes de casarse.
Las pocas veces que Eulalia salía de casa, eran contadas, para acudir a algún acto benéfico, y en congregaciones de misa.
Eulalia y Mirta se conocieron de niñas, sus adinerados padres educaron a Mirta para servir a Eulalia, descubriendo en sus juegos de niñas el placer de los cuerpos al unirse en uno solo.
Así pasaron los años, amándose en los pajares de la gran casa, bañándose desnudas en el estanque.
Descubriendo poco a poco cada una el cuerpo de la otra.
Crecieron, mientras intimaban, hasta el punto de no poder vivir la una sin la otra.
Eulalia, por cuestiones de política, tuvo que contraer matrimonio con Federico, un rico heredero, pero con pocos recursos amatorios.
Eulalia, se vio obligada a aceptar, pero como condición suplicó, que Mirta se fuera con ellos, a vivir.
Federico aceptó, no podía separar a la única amiga que tenía de su futura mujer.
Una vez casados, de nada sirvieron los romances por parte del marido, Eulalia no se dejaba amar.
Algo extraño se notaba entre esas dos mujeres, algo que Federico descubrió al poco de casarse, cuando una noche haciéndose endormido, vio como el cuerpo de su mujer salía de la habitación, semidesnudo, como cada noche, esa no era la única, esta vez se decidió a espiar los movimientos de su mujer, desapareciendo en las esquinas de los largos pasillos.
De lejos vio como su sombra entraba y se escondía por la puerta donde cada noche dormía Mirta.
Esta vez sin darse cuenta y presas de la pasión la puerta no acabó de cerrar en su totalidad, de manera que los ojos de Federico, pudieron espiar cada movimiento de las mujeres.
Una se abalanzó sobre la otra, en un abrazo de pasión mientras que con las bocas unidas se desnudaban con habilidad.
Por primera vez en meses, contempló el cuerpo de su mujer desnudo, las curvas de su silueta sin vestimenta, pero eran otras manos las que la hacían suya.
La sombra en la pared hacía que las secuencias fueran más excitantes, pero para un hombre de su época, eso era toda una deshonra, mentalmente organizó su vida para guardar ese secreto, mientras él amaba a su mujer y ella sentía asco por su cuerpo de hombre.
Sintió en su piel la sensación de apoderarse de esos cuerpos morenos, prietos, ardientes, mientras ellas ajenas a la mirada, continuaban con sus juegos de sexo, mamando cada una de los pechos de la otra, adentrándose por unas zonas que sólo podía imaginar escuchando los chasquidos que producían las penetraciones y la humedad.
La criada se arrodillaba para sacar su larga lengua mientras la deslizaba desde los tobillos y ascendiendo por la piel hasta entrar por la zona interior de los muslos, el cuerpo de su mujer se retorcía mientras agarraba la cabeza de la mujer arrodillada y la apretaba contra su sexo.
Poco después era Eulalia, la que con el cuerpo estirado de Mirta, le abría las piernas dejando el sexo totalmente abierto ante los ojos de Federico, para después acercar sus senos y pasar los pezones endurecidos por esa carne mojada.
La muchacha, gemía, su larga melena se dejaba caer por el lado de la cama barriendo el suelo.
Las cuatro manos no paraban de acariciar, pronto el olor a sexo llegaba hasta el olfato de Federico, estaba enloquecido, no sabía bien si de placer, excitación o rabia.
Las dos mujeres continuaban ajenas a todo.
Una tumbada y la otra a cuatro patas en forma opuesta, con las caderas agachadas mientras se intercambiaban lengüetazos sonoros que retumbaba en la cabeza del hombre.
La adrenalina ascendía.
Otro hombre se hubiera sacado la verga y se la estaría agitando, Federico optó por la ira, el odio, mientras sus ojos no podían dejar de mirar como los dedos entraban por las rajas, rosadas de cada una de ellas.
Cada vez más adentro, los sonidos de los chasquidos, el aroma, las gotas de sudor en los cuerpos perfectamente acoplados, las caras adornadas por los gestos y muecas de placer.
Hasta que cambiaron de posición, colocándose de forma que sus piernas abiertas ayudaran a que se unieran esos dos conejos mientras se frotaban uno contra el otro, las lenguas pasaban por los labios mientras cada una pellizcaba sus pezones.
Sin esperar mucho, empezaron a temblar, mientras se miraban.
Las caderas saltaban de la cama y se veía perfectamente como la piel sobrante del conejo rascaba, acariciaba la otra.
En ese momento, gimieron como locas, gritaron, sacudieron e incluso cruzaron sus lenguas para poco después abrazarse en una misma cama.
Federico sitió una punzada en el pecho, y su cuerpo cayó al suelo.
Nada se pudo hacer.
Después de un tiempo de duelo, fue enterrado en el panteón familiar, en su lápida una inscripción, recordaba al difunto.
De tu amantísima esposa.
Deseo. Año 2004.
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