
Sé que en un principio esta historia te puede parecer una fantasía, pero yo como protagonista de ella te aseguro que no es así, para que puedas entender algo he de ponerte en antecedentes.
Cuando yo tenía 14 años mi madre murió, una larga enfermedad arrastrada la fue apagando durante 5 años, hasta que por fin descansó en paz, yo la cuidaba como podía.
Mi niñez la pasé a su lado siendo sus ojos, sus manos, su enfermera y su hija, por eso mi padre siempre me ha dicho que nunca he sido niña, que he crecido adulta, pero no pienses que me obligaban, yo adoraba a mi madre y mi vida no era vida sin ella no estaba bien.
La primera noche que el cuerpo de mama ya no estaba en su cama, me derrumbé, lloré como nunca lo había hecho, mi padre me abrazó y con los ojos hinchados nos dormimos con un profundo y gran abrazo.
Así dormí durante los dos meses siguientes, abrazada a mi padre, entre su cuerpo y escuchando sus latidos en la misma cama.
Entre sueños me despertaba y recuerdo que me sentía protegida, que me acostumbraba a aquel roce y que no quería perderlo, tenía una especie de calor en mis entrañas.
Pero pronto descubrí que ese calor no me lo proporcionaban mis sueños, eran las caricias que mi padre me daba mientras mis ojos estaban cerrados.
Sus manos paseaban por todo mi cuerpo el cuerpo de su hija, entraban con tranquilidad y mucha ternura por mi sexo.
Una de esas noches le dije que sentía algo muy especial por él, temiendo que se enfadara, entonces recontó una historia.
Yo no era su hija, mi madre se casó con él sabiendo que le quedaba poca vida, yo soy el fruto de una violación, no se conocía a mi padre, y papa que siempre había estado enamorado de mama en silencio, aceptó casarse y así taparon la boca a todo el mundo, después hicieron las maletas y dejaron atrás las críticas, la familia y comenzaron una vida nueva en un lugar nuevo y lejano.
No sé como me sentí, mal, bien, triste, confundida.
Sólo sé que me encontré besándolo, abriendo mi boca para entregarle mi lengua.
Así pasamos años, hasta que por fin un día, le esperé desnuda, por aquel entonces él nunca había salido con otras mujeres nuestra vida, nuestro mundo rodaba entre nosotros dos, supongo que él esperaba con paciencia, de la misma manera que esperó a que mi madre diera el paso sin obligar, apoyando.
Pero por fin decidí entregarme a él, ya era mayor, tenía las cosas claras.
Por eso esa noche lo esperé sin ropas, sabía que mi vida era él, pero hasta ese día no pasábamos de caricias y besos, ya estaba preparada.
Entró por la puerta, yo permanecía calada en la oscuridad del comedor, él dejó como siempre sus llaves y su chaqueta y después entró para sentarse un rato como cada noche en su sofá.
Delante de ese sofá estaba yo, sin encender las luces se sentó, recostó su cuerpo y a medida que sus pupilas se acostumbraban a la penumbra me iba descubriendo a mí, mi desnudez, mi cuerpo, mi imagen delante de sus ojos.
Cuando supe que me estaba mirando me levanté, mis pechos apenas se movían, redondos y duros los acerqué hasta su boca y se los ofrecí, él mientras que parpadeaba abrió sus labios y sacando la lengua lamió uno y después otro.
Yo me senté sobre sus rodillas, con mis piernas abiertas, mirándolo frente a frente.
Notaba como crecía su pene por debajo de mi sexo, comencé a desabrocharle la blusa botón a botón, sin prisas, teníamos todo el tiempo del mundo para nosotros.
Dejé abierto su pecho, y con mucha nitidez y serenidad, comencé a acariciarle el bello para después pellizcar sus pezones de hombre, mis manos abrazaron su cuerpo desnudo, acercando mi boca hasta esos pezones para lamerlos.
Mi sexo comenzaba humedecerse, mis caderas se agitaron con tranquilidad proporcionando un roce continuo entre su sexo y el mío.
Una vez los dos estábamos calientes salté enseñándole mi culo, y le bajé los pantalones, inclinándome para por fin, meter ese aparato grande por mi boca.
Disfruté al hacerlo, sentí que con ello lo estaba haciendo mío.
Le estaba regalando y me estaba regalando a mi misma el premio a tan larga espera.
A su silencio, a su paciencia.
Me introduje esa parte de su cuerpo hasta que noté que no cabía nada más, entonces dediqué mis manos a sus testículos.
Él se agitaba, pero no dejaba de mantener su mirada fija en mis ojos.
Cuando su pene estaba duro, erecto morado por la tensión, una vez más me senté sobre sus rodillas y ayudada por mis manos, penetré su sexo en el mío.
Era mi primera vez, yo la deseaba, era consciente y entre la excitación y el deseo no me dejé llevar por el miedo o dolor, era consciente, y bajé mi cuerpo lentamente intentando que mi vagina se fuera acostumbrando poco a poco a tener un aparato tan grande dentro.
No me dolió en absoluto, cuando la tenía toda colocada, entonces comencé a dar saltos, a gemir porque sentía que tenía que hacerlo, era como si quisiera callar algo que no podía controlar y lo dejé libre.
Cada vez cabalgaba con más fuerza, mientras que mi padre me agarraba por el culo y lo apretaba ayudándome a saltar.
El contacto de sus dedos era electrizante, hasta que un ardor en mis entrañas, me hicieron perder el ritmo, me quemaba, me escocía, un tic sin razón se apoderaba de mis sentidos.
Entones y justo en ese momento desee besarle, darle mi lengua y sentir saborear su saliva.
Mientras que continuaba saltando esta vez con espasmos.
Así llegamos los dos a mojarnos por completo.
Con amor, con cariño.
Fue mi primera vez, no me dolió, la planeé yo, he querido contarla para decirte que las historias de sexo no tienen por que ser duras o fuertes.
Es mi historia particular, mi padre es mi pareja, somos felices, y ahora estoy embarazada de nuestro primer hijo.
No nos casaremos, pero si que nos mudaremos de ciudad.
Esta es mi experiencia, la mejor de mi vida, nadie me obligó, se lo entregué cuando quise y me vi capaz.
Ahora soy feliz, muy feliz.
Deseo. Año 2004.
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