
Una cosa está clara, cuando entra una mujer nueva en un puesto de trabajo en el que la mayoría son hombres, todos vamos a matar.
Es el caso de Sonia, la chica no es que fuera muy espectacular, pero tenía algo, un morbo especial que a mí en particular me levantaba hasta el ánimo.
No es ningún secreto que nada más verla entrar fui a por ella, con todos mis cañones y mejores tácticas.
A Sonia se le notaba la falta de pareja, tengo que decir que a la semana ya estábamos citados para salir, en esa primera cita, iríamos al cine, la cena al coger más confianza, tampoco era el caso de entrar a saco y que ella se asustara.
Pero me quedó bien claro que ella necesitaba tanto sexo como yo.
Los dos vivíamos en casa de nuestros padres por lo que además del coche en pocos lugares podía degustar su almeja.
He de reconocer que los dos teníamos un hambre atroz, necesitábamos caricias y relaciones, pero relaciones íntimas nada de tonterías.
Nos miramos la cartera y sumando unas cosas y otras, nos llegaba para alquilar una habitación.
Cuando me di cuenta de eso mi verga ya me decía que estaba viva.
Nada mas entrar por la puerta ya éramos un sólo cuerpo, nos repartíamos caricias abrazos y besos mientras que dejábamos que nuestros sexos se rozaran por encima de la ropa.
Que por cierto duró bien poco.
Sonia se adentró en el aseo, escuché como chasqueaba su orín en el agua, y eso no sé el por que me excitó muchísimo.
Después escuché el grifo como si dejara caer el agua.
Me encontré a mi mismo pidiéndole que no se lavara, quería oler todos sus jugos.
Para el sexo lo natural son las esencias, el olor, el delicado y sabroso olor a sexo, si lo tapas con colonias o jabones no es lo mismo.
A mí la mujer me gusta que huela a mujer.
Aceptó.
Y allí mismo comencé a tocar sus grandes tetas, sus muslos, mientras que ella dedicaba sus caricias a mi entrepierna que le respondía con saltitos y con gotitas que se llevaba a la boca.
Vi su lengua jugosa, mientras que con el contraste de la luz en su silueta doblada a mis pies se perfilaba perfectamente esa parte de piel de su sexo.
Mi polla creció aún más.
La chupaba como a un caramelo delicado, la metía y la sacaba mirándome fijamente con cara de viciosa.
Intenté tocar su coño sin apartarla de mi polla pero me era bastante difícil en esa postura.
Me dejé mamar, mientras que la miraba y encendía más mi deseo, esa imagen arrodillada a mis pies, era impresionante, la manera de mirarme, la forma de chupar.
Necesitaba oler su almeja, esa que estaba abierta de par en par y que no podía tocar.
Estaba casi al borde de mi placer, decidí frenarlo para compartirlo con ella, entonces la levanté.
Sus pechos me desafiaron mirándome a la cara, mientras que sus piernas abiertas me mostraban el secreto de su sexo, me abalancé sobre ese pellejo que colgaba, lo lamí, lo atrapé entre mis dientes, lo chupé y saqué todo su jugo.
Notaba en mi boca como poco a poco se abría para mí, expulsando líquidos, olores, aromas.
La habitación estaba llena de esos olores que tanto me gustaban.
No aguanté más, mientras que ella dominaba mi cabeza indicándome el camino como una ráfaga me levanté y casi sin dame tiempo a reaccionar la tenía bajo mi cuerpo penetrándola.
Mis caderas bombeaban y mis manos la apretaban contra mi cuerpo ella gemía, su melena rozaba mi cara en cada uno de sus movimientos.
Me aparté, de golpe, cuando ella más disfrutaba tuve el coraje de poder apartarme y colocarla de cuatro patas, yo la penetré por detrás mientras que con mis dedos acariciaba su clítoris.
Esa era la mejor manera de sentir placer, por que una mujer necesita roce, necesita agitación mientras la penetran, y me dediqué a dárselo, a masajearla hasta que mi semen se mezcló con sus aguas.
Esos líquidos nos dejaron manchar mucho más rápido y más fuerte.
Hasta que cansados y sudados fuimos aminorando la marcha.
Después nos acostamos, nos quedamos dormidos uno en brazos del otro.
Al despertar unas horas más tarde comenzamos a juguetear, mi verga estaba otra vez en forma y ahora más descansada.
Pero esa es otra follada eso está claro.
Deseo. Año 2004.
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