
Aún recuerdo como si fuera hoy mi niñez, la misma que pasé encerrado en aquel internado, solo chicos, la imagen de una mujer era un milagro, las visitas, pero poco más.
Recuerdo como escondidos hablábamos y cambiábamos pensamientos de como sería una mujer desnuda.
De esa manera comenzamos a descubrir con que pensamientos crecía nuestro pene, para después meternos en el aseo y pajearnos como locos, a menudo en solitario, pero también en grupos.
Después pasamos a adorar un viejo recorte de un diario, en él se anunciaban unas medias y con ese anuncio descubríamos algo más arriba de la rodilla un no se que nos ponía a mil.
Todos soñábamos con aquellas piernas, sabíamos que era lo que nos gustaba, imaginábamos como era eso que tienen ellas, pero el caso y la pregunta era, ¿Cómo se hacía?
Así pasaban los días incluso años, y el que aportaba una nueva información era el rey del dormitorio por una temporada ya que lo acribillábamos a preguntas.
Así crecimos, a alguno se le notaba una desviación, ya que en las duchas a menudo se escapaba alguna mano y acariciaba zonas que no le pertenecía.
Una vez incluso mi mejor amigo y yo llegamos hasta el extremo y la necesidad por saber que se sentía si te chupaban la polla, de esa manera ideamos una mamada, yo a él y el a mí.
Fue maravilloso, notar como te sorbían, como te chupaban y lamían todo tu sexo.
También recuerdo que me gustó lamer y comer.
Hasta que acabamos escupiendo eso blanco que tanto nos prohibían tocar y mirar.
Nos hacían creer que era malo, pero lo cierto es que tan malo no podía ser, ya que nos hacía pasar un buen rato.
La primera vez que salimos a la calle, al ver una chica, nos ruborizamos, por fin teníamos delante piernas reales, caderas y andares, conejos humeantes llamando al sexo.
Yo tenía que ir de esquina en esquina para evitar que se notara mi excitación, pero una vez lograba contenerla se me cruzaba otra chica con la falda más corta todavía.
Durante un mes trabajé repartiendo periódicos, antes de clase, mereció la pena el madrugon y las pocas horas de sueño.
La primera paga me la gasté en una mujer.
Ella era del oficio, estaba regordeta, pero con unos cántaros duros como rocas.
Por fin tenía unos entre mis manos, los besé, los acaricié, y cuando ella se acercó con su boca abierta a mi polla, me fui, sí, esa fue mi primera vez.
Continué con el reparto de periódicos hasta que ahorré para otra sesión.
Durante ese tiempo, me masturbé hasta que casi me salieron callos en las manos. Era un vicio.
Una vez con mis ahorros en el bolsillo, y con un poco más de experiencia, me acerqué a la zona donde las mujeres vendían sus cuerpos.
Las jovencitas eran caras, por lo que tras decepcionarme un poco, elegí a una mujer mayor, pero delgada.
Una vez más las manos expertas de mujer me desnudaron, mi cuerpo temblaba y cerraba mis ojos controlando mi cuerpo.
Esta vez llegó a chupármela, tal y como lo hacía mi compañero, pero mucho mejor, la lengua recorría todo mi pene, lo atrapaba y lo soltaba.
Se metía mi verga hasta el fondo, llegado este punto de placer, estallé otra vez.
Comencé a reunir más dinero.
Entre paja y paja, entre reparto y clases.
Por tercera vez y con más dinero, sabiendo lo que me costaba una a mi gusto, la alquilé, compré sus servicios.
Entramos en su casa, una habitación pequeña, adornada con una luz roja, se desnudó, yo sentí miedo por no poder aguantar lo suficiente.
Intentaba controlarme, quería una mamada y también quería mirar a fondo el conejo de una mujer.
Necesitaba saber a qué sabía, como olía tocarlo, morderlo.
Le pedí que me lo enseñara y me lance sobre él, su olor me excitó mucho, por unos instantes comprendí el comportamiento de un perro forzando a la perra.
Metí mi lengua mientras ella gemía.
Mi polla estaba dura, entonces le pedí que me chupara, vi como tragaba las gotas que salían, aguanté.
Esta vez aguanté, quería metérsela dentro, romperla, empujarla toda.
La aparté cuando sentí la necesidad de hacerlo, paré un poco y entonces chocándome encima de su cuerpo le abrí las piernas y la clavé lo más hondo que pude.
La chica chillaba, gemía, llegué a creerme que disfrutó.
Y por fin, estallé en su interior, su cuerpo se tragó cada gota de mi leche, cada parte de mi polla, mientras que yo la entraba y la sacaba.
Pasó el tiempo.
Salí del internado, encontré trabajo ya que mis estudios me permitieron acceder a un buen puesto.
El día que por primera vez abrí con mi llave la puerta de mi casa lloré.
Ahora no tengo pareja, pero tampoco necesito pagar para follar.
Sé hacerlo, y lo hago bien.
Atrás quedaron los reparos a media madrugada con bicicleta con la finalidad de reunir para pagar a una mujer.
Es una parte de mi vida.
Es mi forma de aprender como era un conejo.
Que era hacer sexo, o tal y como me decían pecar.
Pues bien, soy pecador y moriré siéndolo.
Deseo. Año 2004.
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