
No voy a entrar en detalles, para que esta historia se alargue, te pondré en antecedentes sólo los necesarios, y después al grano.
Por causas de trabajo, me ví de la noche a la mañana con la carta de despido en mis manos, era de los muchos elegidos para salir de la empresa, y yo no estaba dispuesto a que la cosa quedará así sin más.
Sabía que al salir de allí tenía mil puertas abiertas, poca gente no podía presumir de mi currículo, y por eso mismo, mi ego, y mi fuerte carácter me decían que tenía que dejar las cosas claras antes de dar carpetazo y un portazo de salida, cosa que no creo, por que mi estilo es mucho más eficaz, profesional y educado.
La última mañana de trabajo, decidido abrí la puerta del despacho de la subdirectora, llamando con mis nudillos en la madera.
Era una mujer impresionante, casada unos años mayor que yo, de las que insinúan pero no enseñan, siempre tapada de tal forma que un botón abierto era una pura provocación, sacada, mal humorada y mi idea de que no era capaz de realizar bien el trabajo que tenía ya que según tengo entendido, consiguió ese trabajo al casarse con su marido dueño de una empresa asociada.
A lo que estamos.
Llamé con toda corrección, pero no esperé el permiso de entrada, simplemente abrí la puerta y coloqué mi cuerpo dentro del despacho.
La imagen que vieron mis ojos no eran precisamente la de la subdirectora sería y correcta, más bien digamos que parpadee, pensando que se trataba de una puta, parecida a ella, que estaba suplantando su puesto.
Ella no se dio cuenta de mi presencia estaba demasiado ocupada con algo o con alguien a quien mi vista no alcanzaba.
Sólo se escuchaban suspiros y gemidos, un chapoteo de salivas que me hicieron descifrar el momento como el de una clásica y buena mamada en toda regla.
No tenía ya nada que perder, no me importaba, total estaba en la calle, por lo que adentré más mi cuerpo por aquella habitación.
Sentado en un sofá justo de espaldas a mi una cabeza, de hombre asomaba por el respaldo, se podía distinguir el culo de la mujer que se agitaba al son de las entadas y salidas de la mamada, mientras la cabeza del hombre se reclinaba disfrutando de la ocasión.
Me imaginé que ella pagaba por aquello, ya que parecía que la verga no le hacía mucho caso, ella la trabajaba con esmero, entre las manos y la boca, eso es lo que me indicaban mis oídos.
Continué en silencio, la situación me hacía sentir poderoso, la melena que estaba en el sofá no era la de su marido, ya que él era calvo, por lo que me daba perfecta cuenta de que la muy puta, estaba entre mis manos, el juego era mío y la partida ganada, era cuestión de pensar y hacer mi movimiento.
Para mi sorpresa, no estaban solos.
Más escondida un cuerpo de mujer se acariciaba su sexo sin muchas ganas, sentada con las piernas totalmente abiertas, dejando a la vista su pelado conejo en el que se podía distinguir un pequeño tatuaje y un poco más abajo un piercing.
Esa imagen sí que me puso a mil, siempre había soñado con follarme a una mujer con un aro en su pellejo sobrante, creo que tiene mucho morbo.
Y unido a ver el cuerpo de la puta de mi superiora en ese estado me ponía a mil.
Una voz, me hizo mirar hacia la chica de tatuaje mientras pensaba en lo bien que se lo montaba la jefa, una orgía en toda regla.
Repasemos, dos chicas, un hombre sentado, la puta mamando la verga del hombre y yo.
Era la oportunidad ideal para pasar un buen rato, no tenía nada que perder, ella no podía negar la escena, y no creo que se arriesgara a que su reputación cayera en picado, dando paso a perderlo todo.
Moraleja, yo que era el que más tenía que perder supuestamente, me sentía el rey del mambo.
Con mi mano en la boca, le indiqué silencio a la chica que se masturbaba, creo que la situación no le agradaba ya que me acató.
El culo de la mamadora, estaba justo a tiro, así que sin humedecerlo, ni tan solo estimularlo saqué mi verga de los pantalones y ella tan metida en su papel ni se dio cuenta, mientras que el hombre continuaba con los ojos cerrados, creo que era de asco por no verla, eso explica el por qué de su tardía trempera.
Allí mismo sin quitárme los pantalones se la hinqué de golpe, mientras ella asustada soltó la polla de su boca y gritó de dolor.
Entonces mientras mi boca se acercaba a su oreja y en tono muy pausado le ordené que no dejara al chaval a medias, que continuara mamando como ella sabía.
El chico me dedicó una sonrisa, mientras que a ella se le escapaban lágrimas de dolor.
En ese momento el chico si que alcanzó el grado necesario para correrse, la chica, se acercó hasta nosotros y pasando una de sus piernas por encima del cuello del chico le mostró su coño abierto.
El comenzó a chuparlo, a lamerlo mientras mi zorra, aullaba entre mamada y mamada.
Mi polla entraba y salía de su ano, a la vez que alguna gota de su sangre, eso me indicaba que le había roto el culo.
Me excitó a tal punto que mi leche salió en tres grandes chorros.
No tuve compasión, tampoco ella la tuvo conmigo.
Me la dejó brillante, le pedí al chico que se la follara, para que por lo menos sintiera placer, el chico aceptó encantado, creo que era la primea vez que no obedecía las órdenes de la puta.
Me dediqué a mirar el conejo tatuado y el aro, hasta que mi verga siempre deseosa de penetrar uno así en mis fantasías creció otra vez.
La penetré mientras ella saltaba, el aro rozaba mi polla, mi glande, el placer era intenso, bombeamos como locos y ante mi sorpresa no tardaríamos demasiado en dejar que nuestro orgasmo nos llenara de placer.
Como el chaval estaba en todo su apogeo, la chica se colocó delante de la puta obligándola a comerle el coño.
La muy zorra entre amenazas y lágrimas lo hacía, yo ya más sereno, rebusqué entre sus cajones, encontré una cámara de hacer fotografías.
Me sentí una artista dedicando mis mejores fotos a ver la expresión del momento, a mostrar en su plenitud aquel acto de infidelidad, a dejar plasmado lo que pasaba tras las puertas del despacho de la agria subdirectora.
Los dejé en su plenitud del acto mientras yo salía por la puerta cámara en mano.
A la mañana siguiente, me presenté en mi puesto ya no era mío, pero me presenté.
Nadie me dijo nada, ante mi sorpresa, ella no entró durante dos días por la puerta, y al hacerlo esquivaba mi mirada.
Eso pasó hace un año.
Ahora soy subdirector de mi empresa, ella dimitió tres meses después, se dio a las drogas y al alcohol y lo mejor del caso es que yo nunca le dije nada de lo sucedido, ni se lo mencioné, supongo que me tenía miedo.
Bueno digamos que una imprudencia mal planificada se acaba pagando, en mi empresa no hay putas, que nos humillen, todo funciona, y ante todo respeto por los demás, siempre una explicación da paso a una conversación y una posible solución.
Deseo. Año 2004.
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