martes, 1 de junio de 2010

No es más listo el que obliga, sino, el que espera



Hola, comenzaré mi historia haciendo que recapacites.

Si eres chica, sabrás lo que representa trabajar en un lugar donde todo son hombres menos tú, eso implica las miradas, los comentarios, los roces, las suposiciones, etc.

Y si eres chico, estoy segura de que sabes como se mira a una sola chica durante unas 8 horas al día, en un lugar donde no se puede ver otra cosa, que se piensa, que se dice, que se habla y lo que harías y haces.

Pues ese es mi caso.

Trabajo como secretaría en una mediana empresa, yo soy la única responsable de mi cargo aparte de mi superior un cerdo que me desnuda con la vista, demostrándome su poder cada vez que puede y odiándome por no sucumbir a sus caprichos, recordándome que me la tiene jurada cada vez que tiene oportunidad.

Un fallo en los ordenadores, me hicieron tener que llamar a la puerta de su despacho para dar explicaciones, me armé de valor, no es que adore mi trabajo, pero me mantengo gracias a él, no era el mejor momento para perderlo.

Entré a su voz y esperé a que me preguntara, mientras que en su silencio veía su cara de odio, deseo e ironía típica de alguien que está esperando el momento para pisarte.

Su ruda voz me despertó de mi semi inconsciencia.

Le comenté lo sucedido, pero él me atacó diciendo que era una incompetente, que ya era hora de que el jefe supiera que pasaba y que fuera recogiendo mis cosas.

No solté una sola lágrima, es lo que él esperaba, me di la vuelta y me encaminé hacia la puerta, sin ni siquiera responder, no lo merecía.

Supongo que esa actitud mía, lo encendió, entonces me hizo parar y otra vez su ruda voz con un toque de risa irónica me retumbó en los oídos, añadiendo:

No creas que esto quedará sólo en un despido, te pienso hacer tal historial que no puedas trabajar en tu vida.

Mis ojos emanaban chispas, entonces mostrando una serenidad que no tenía me giré mientras repreguntaba (lo que él esperaba).

¿Puedo hacer algo para solucionar el problema?

A mi edad estoy cansada de follar, pero con la diferencia de que lo hago con quien yo quiero, no con quien me obliga.

¡No!, sé lo que estás pensando, no me podía permitir el lujo de dejar que me despidieran, no era el momento.

Ví la baba asomando por la comisura de su boca, sentí asco, pero esperé una respuesta.

Bien mirado, (comenzó a decir lentamente) podrías saciar mi verga que crece cada vez que te ve, una mamada a conciencia, zanjaría el asunto.

Pero eso sí, la valoro yo.

Con todo el asco del mundo me acerqué hasta donde él estaba sentado, sus manos abrían su bragueta dejando al aire una tripa asquerosa, abultada, mientras el olor a sudor era insoportable, sentí nauseas.

Me coloqué entre la mesa y sus rodillas y mientras él sujetaba su verga yo lamía el glande lentamente para hacerme a la idea, pensar y tranquilizarme.

Estuve a punto de morderla al notar la presencia de su mano en mi seno, pero me retuve, no era el momento.

Agarré con fuerza esa polla pequeña y fofa y me la metí entera en la boca, me cabía toda, por lo que le dediqué unas lamidas a sus huevos mientras él agitaba su culo llamándome de todo.

Notaba como la tensión le ascendía, su agitación, sus manos me obligaban a metérmela toda, yo continuaba tapándome la nariz como podía.

Mientras cerraba los ojos para no poder ver nada.

Aquella imagen, la cremallera, sus manos, su boca, un asco tremendo, hasta que comenzó a sudar más.

El pene se le endureció.

El glande soltaba cada vez más a menudo sus gotas, deseaba que aquella tortura acabara, pero por otra parte no quería que llegara el final.

Estalló el muy cerdo en mi garganta sin avisar, recuerdo mis arcadas, mis vómitos, mi asco al salir y rasparme la boca.

A solas en el aseo lloré de impotencia.

Tenía que planear algo, pues a partir de aquella tarde yo era su esclava sexual, me hacía hacerle felaciones a diario.

Así pasé un mes, un buen día antes de ir a su despacho, me encargué de avisar al jefe citándolo en unos minutos en el despacho donde yo tenía que presentarme, me monté para que me gritara y recordara cual era mi faena, de forma que desde fuera se escuchara como me obligaba a mamar aquella asquerosa polla, la suerte era que el jefe se presentó en el momento adecuado y sin demora.

Supongo que te imaginas cual es mi puesto ahora ¿no?, él es el que tiene tal historial que creo que tendrá que mendigar para poder comer yo ocupo su despacho además de recibir una suculenta indemnización por su parte.

Deseo. Año 2004.

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