
Soy una mujer madurita, de 32 años, tengo una niña preciosa de 7, que realmente es un milagro de la naturaleza, tras ella un secreto que me duele, pero que cada vez que veo a mi hija, y los ojos de mi marido al espiar sus movimientos, desaparecen.
Te cuento, es como una gran daga penetrándome el corazón día tras día.
Me casé con Edu, a los 20 años, tras 3 de feliz matrimonio, decidimos ir a por un bebé, era el mejor momento de nuestras vidas todo iba viento en popa, el trabajo, la vida, nos metimos de lleno en ese intento.
Los meses pasaban, pero no tenía evidencias de embarazo, el tiempo unido al deseado embarazo se me hacía interminable, hasta que tras 9 meses intensos de sexo, decidí acudir sola al ginecólogo, sin comentárselo a Edu, estaba segura de que algo pasaba, era como un sexto sentido.
Tras realizarme miles de pruebas, ya que dejé bien claro que Edu, no tenía que saber nada hasta que fuera extremadamente necesario, me indicaron que en mi cuerpo no existía ninguna anomalía, dándome dos posibilidades, una continuar sin preocuparme esperando el embarazo de forma natural ya que tampoco era un tiempo de espera alarmante, y en segundo, que necesitaban el esperma de Edu, para realizar pruebas e ir ya a lo seguro.
No me quedó más remedio que decírselo, intenté quitarle importancia, se lo planteé de una forma muy natural.
El aceptó, pero supongo que el verme a mí tan tranquila no le dio mucha importancia.
Una mañana fuimos los dos al especialista, poco después tenían el botecito con el semen tan esperado.
Tardarían unos días en darnos una respuesta, yo aquella misma tarde acudí a entrevistarme con el doctor al que le expresé mi deseo de que antes de dar la noticia fuera la que fuera me la dijera a mí sola, ya que yo sabría encajarla mejor que mi marido y sabría como planteársela.
Dos días más tarde fui a por los resultados, estaba claro, jamás tendría un bebé de Edu.
Esa misma tarde simulé una llamada en la que saqué todas mis dotes de actriz.
Nada más colgar el teléfono, le comuniqué a mi marido que todo estaba correcto, que lo teníamos que trabajar y esperar, a menudo pasa en las parejas, que de tanto desearlo se tarda más al convertirse en una obsesión.
Amo a mi marido más que a nada en este mundo, daría mi vida por él, y juro que jamás me había planteado serle infiel.
Pero sabía lo que podía dañarle esa noticia.
Urge un plan.
Dos semanas después tras mi ciclo menstrual, comencé a salir de caza, busqué al hombre perfecto, inteligente, guapo, que me atrajera de alguna forma, sano, y lo atrapé en mis redes de mujer, en este caso se trataba de Alberto.
Era un amigo de toda la vida, siempre me ha deseado como mujer y me lo decía a menudo.
A mí, me atraía y eso le dio más puntos.
Una tarde simulé encontrármelo por casualidad, tomamos un refresco y con mis piernas bien a la vista no dejé de provocarle, yo sabía hasta donde llegaba su deseo por tenerme era algo que nunca callaba.
Le pedí un libro que yo sabía que tenía y con esa excusa nos dirigimos a su casa.
Una vez dentro, sin ser vista, rompí la cremallera de mi falda, y hice ver que no lo sabía, Alberto, me avisó del incidente, le pedí aguja e hilo para poder arreglar aquella cremallera ya que así no podía salir a la calle.
Me dejó un batín suyo, mientras yo cosía mi falda, pero la abertura delantera dejaba ver mis piernas y algo más.
De esa forma llegué a excitarle a conciencia.
Hablamos mucho, mientras él no dejaba de espiar mi movimientos intentando disimular su excitación.
Poco después, me acerqué y le besé en la frente agradeciéndole la ayuda, de tal forma que mis senos quedaron ante sus ojos, eso ya fue demasiado, me atrajo hacia su boca y sin pedirme permiso me besó entrando su lengua por ella, yo la absorbí, conciente de mi misión.
Alberto, no daba crédito a mi acercamiento ya que lo había intentado miles de veces y supongo que prefirió callar a perder la ocasión.
Sus manos apartaron mis ropas, sus dedos se colocaron en mis pezones, mientras que mi mano dejaba salir su pene goteante.
Mi intención no era la de tener una aventura, era clara y concisa, por lo que cuando noté que podía penetrarme, sin dar más preámbulos me senté sobre su cuerpo, y con la ayuda de mis manos, dejé que penetrara por mi sexo, en ese momento mi idea era clara, pero tengo que reconocer, que el tamaño de la barra de trabajo de Alberto, me gustaba cada vez más.
Empecé a cabalgar, entrando y saliendo provocando conscientemente un alivio rápido por su parte, pero me sorprendí a mi misma disfrutando al sentir como con sus dedos provocaban mi placer.
Me agité mientras el sorbía mis senos, sentí como si un niño mamara de ellos, me excitó, hasta que mi flujo se mezcló con el suyo, acababa de llenar mis entrañas con su semen, su oro.
Dejé de saltar paulatinamente, respiramos, y con miedo a que al levantarme expulsara todo su semen, lo besé provocando un juego de caricias.
Él tenía ganas, pero yo reaccioné mostrándome mal conmigo por lo que acababa de hacer, por lo que me vestí y tras pedirle perdón, salí de su casa.
Lo cierto es que me sentía mal, pero esperaba, rezaba para que aquella locura diera resultado.
9 meses después nació mi hija.
Edu, no tiene ni la menor idea, quiere otro, a lo que yo me niego diciéndole que mi embarazo y parto no fueron muy buenos, el me respeta, y se siente padre.
Yo soy la única persona que sabe quien es el verdadero padre.
Alberto, se casó un año después y nunca más hablamos de aquella aventura.
Hoy miro a mi alrededor, me siento segura de lo que hice, sé que ese esperma estaba sano, conocía a la persona que era el envase de mi hija, y mi marido se siente un hombre completo.
Por suerte, tenemos medios económicos para adoptar a otro niño, siempre tengo la excusa del miedo al parto ya que mi vida corrió peligro.
Los tres somos felices.
Y yo tengo mi secreto, a veces temo que algún día a causa de una enfermedad o cualquier cosa se descubra, pero hasta hoy vivo el día a día.
Deseo. Año 2004.
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