viernes, 4 de junio de 2010

Espionaje



Me gusta el sexo, todo lo relacionado con él, no me importa pagar, sólo sentirlo.

Mi culo ha tragado más horas de sofá mirando pelis porno que en la oficina, y a menudo me imagino asustando a las mujeres en plena calle mostrando mi cuerpo completamente desnudo.

Me excita y por eso no me siento diferente.

Mi tipo de mujer no existe, ya que me las comería a todas, delgadas o gordas altas o bajas.

Rubias o morenas, no importa lo realmente importante es que tengan coño y boca para mamar y meter.

Me gusta espiarlas, imagino que hacen en el baño, como orinan y después se secan con el papel y entonces deseo ser papel higiénico, o sillín de bicicleta, o braga.

Pero lo ideal sería poder ser un tampax, o por ejemplo unas buenas bolas chinas.

Me gustaría.

Ya de pequeño solía espiar a todas las mujeres que pasaban por la calle, mis horas de juego las pasaba en el bacón de casa, mirando y espiando a cada una de ellas.

Intentando imaginar en que pensaban o el color de su ropa interior.

Pero la primera vez que vi a una mujer desnuda fue espiando a la vecina, desde mi casa se ven todas las terrazas, ella solía tomar el Sol, y un día por fin convencida de que no habían miradas se quitó la parte de arriba.

Recuerdo que era un niño y hasta me asusté de la magnitud de mi polla.

Me descubrí a mi mismo paleándome como un loco, mientras recordaba ese cuerpo y ese par de tetas.

Mi tiempo se resumía en 6 letras, ESPIAR.

Ponerme cachondo mirando para después cuando podía pajearme como nunca.

Así crecí.

Y si eso pasaba de día, imagínate de noche, cuando una luz se encendía allí estaba yo, escondido tras mis cortinas, esperando que me regalaran un desnudo, noche tras noche, hora tras hora.

Y entre todas esas luces encendidas y apagadas una por la que tenía predilección, una vecina unos 7 años mayor que yo, le gustaba vestirse sexy y bailar delante del espejo, pero con el tiempo esos bailes que me dedicaba sin saberlo fueron pasando a mayores hasta que dijéramos me dedicaba un completo desnudo.

Cuando eso pasaba mi leche rociaba toda la pared, una gran cantidad salía disparada a chorro sin poder controlarla.

Y cuanta más leche salía más disfrutaba.

Hasta que por fin me llegó el mejor de los regalos que recuerdo (digo el mejor porque después dejé de ser virgen).

Era de noche, la luz se encendía, pero esa noche me extrañó porque era muy tarde, demasiado tarde, mi sexto sentido y mi iluminador de ilusiones se despertaron al notar la presencia de esa luz, aún con los ojos pegados, me asomé, y ante mí, a pocos metros era ella, medio desnuda, porque se le veía el bello, mi polla estaba enorme y deseaba ver más.

Sus manos, eran sus manos las que se acariciaban, ella sola, en su cama, en su habitación, justo delante de mis ojos y yo tan cerca y tan desconocido.

Vi como se metía el dedo, lo agitaba entre sus piernas que se abrían y cerraban con el placer, su boca, sus manos temblaban, pero ella continuaba penetrándose.

Estaba muy excitado, me sujeté para no caer mientras que yo con mi mano la misma que le hubiera metido a ella hasta la garganta me agarraba mi polla y la agitaba sin compasión.

Su cintura subía y bajaba, sacaba su lengua y relamía los labios, y ese dedo, ese dedo que no paraba de entrar y salir.

Tenía la sensación de que mi polla estaba a punto de estallar como el tapón de corcho en una botella de cava.

Mis ojos no podían dejar de mirar esa estampa, ver como se retorcía y callaba sus gritos de placer, la otra mano la usaba para pellizcarse los pezones, los estiraba mientras que yo pensaba que se los arrancaría pero me gustaba ver como lo hacía.

Sorprendido vi que eran dos los dedos que tenía dentro.

Y mi manoseo mano a mamo con mi polla aceleró su ritmo, me dolía, pero me excitaba.

Mi muñeca se quejaba de tanto movimiento, pero no podía parar.

Una vez mas la miré para darme cuenta de los cambios en su cara ella ya no se penetraba con énfasis, si no con fuerza, más lentamente, pero con mucha fuerza mientras que su cuerpo se retorcía, me di cuenta de que se estaba corriendo y yo la seguí.

Dejé un río de leche incrustada en el estocado de la pared, como tantas veces.

Se apagó aquella luz, y me acosté pensando en lo que acababa de ver.

Dormí como nunca.

Poco después pagando y gracias a mis acostumbradas pajas aguanté hasta penetrar a una mujer, mi polla resistió tanta presión, y a pesar de ser la primera, aguanté.

Aún miro, cada día, espío, es apasionante conocer a la gente que te rodea, pero aún es más apasionante si los conoces en su intimidad.

Deseo. Año 2004.

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