miércoles, 2 de junio de 2010

Esa voz



Me llamo Luis, tengo 29 años una pareja estable, un buen trabajo y pocas ganas de tener hijos, adoro el sexo, a todas horas, de día, de noche, por la mañana al amanecer con todas mis facultades a pie de guerra, en la ducha, en el aseo, en la mesa, no podría acabar de contar.

Todo esto viene a tema, porque además soy muy aficionado a mantener Cibersexo aparte de mis manualidades, ocultas.

Suelo entrar siempre en la misma sala caliente, yo voy a lo fijo, entrar mantener el contacto y cerrar.

No es necesario perder el tiempo.

Mantengo sexo con cam o sin ella, es un placer y me ayuda a relajarme montado en mis propias fantasías, disfruto como un loco esparciendo mi leche por todas partes, a menudo hasta mido la distancia en la que queda reflejada mi corrida.

Como te contaba, mantengo el sexo con 4 ó 5 chicas si no está la una es la otra, ya no me aventuro más, me gusta y punto, pero una tarde no estaban ninguna de ellas o bien estaba ya ocupadas, por lo que me tuve que buscar la vida enzarzándome en una nueva amistad.

Ella se llamaba Cecilia, no la vi, (de hecho es lo que menos importa), pero sí escuché su voz.

He de decirte que ese sonido me excitó más que mil imagenes, mucho mejor, era sensual, diferente, palabras que por ellas mismas proporcionaban caricias.

Sus palabras penetraban por mis oídos imaginando la forma de los labios mientras las decía, mi pene crecía como nunca, y comencé a imaginármela, a mi antojo, a mi forma de verla, amoldando a su voz la piel y la silueta perfecta.

Yo dejaba que me deleitara con esa dulzura mientras relataba erotismo, mi anatomía estaba siendo recorrida por mis manos sin dejar ni un sólo rincón por explorar, seguía paso a paso sus indicaciones, mientras que yo deseaba que no callara, y a la vez que ella estuviera disfrutando tanto como yo.

Mi descarga fue impresionante, cerramos el chat y Cecilia salió de mi vida, mientras mis manos aún estaban manchadas con mi propia leche, desee que no se alejara, no sé por qué, me atraía, me excitaba.

Su voz, su voz.

Por la noche, tras cenar extraño pero raro, no tenía ganas de mantener relaciones con mi mujer, supongo que ella respiró aliviada.

En mi mente esa voz que retumbaba una y otra vez.

No pude conciliar el sueño.

A eso de las 4 de la madrugada, tras entrar en el chat en su busca y sin localizarla, comencé a tocarme mientras mentalizaba su voz.

Imaginé que Cecilia estaba a mi lado, compartiendo mi cama, sin sábanas, totalmente desnudos.

Nada nos podía reprimir, las caricias nos calentaban, no existía nada más en el mundo, su voz ella y yo.

Mientras que nuestras lenguas se enredaban, las manos jugaban y regalaban caricias, mi polla estaba al límite de su poder, mi mente llena de su voz.

Yo mismo me extrañaba, suelo ser violento en el sexo, pero tanto romanticismo, me sucumbía, su voz, su voz.

Pecho a pecho, se notaban los latidos cada vez más acelerados, profundos, no callaban, bombeaban con fuerza la adrenalina que creábamos, mientras que en el ambiente el olor a sudor y sexo asomaba tímido pero con fuerza.

Las manos llegaban a las partes que más calientes teníamos, mientras que mi polla, comenzaba a pasear por su piel, rozando su espalda, mi glande rosado escupía de tal forma que agilizaba el deslizamiento, Cecilia, jadeaba a la vez que su cuerpo se arqueaba dándome signos de placer.

Poco después, esa misma pieza de mi sexo se colocaba por su cara, mejillas, labios hasta hacerse hueco para experimentar algo tan consagrado con su saliva, era una experta, mis deseos se veían complacidos con creces ante tanto desenfreno junto, el placer, la relajación, unidos con la tranquilidad y el sonido de su voz.

Pero mientras yo esperaba adentrarme por esa grieta de su rostro, Cecilia, se dedicó a estimularme más, mientras ella pasaba sus deseos por su mojada raja, impregnándolos de su aroma para después mostrármelos, mis dedos ya escarbaban sus carnes, escalando posiciones y descendiendo por las laderas de su piel hasta encontrar la cima de enredados matojos de pelo, corto, estrecho, llamándome a gritos, pidiéndome un acercamiento más profundo.

Cecilia, acercó mi verga hasta sus senos, en ellos dejó que se posara mi punta mientras que los unía para apretarlos entre sí dándome placer.

Mientras ella recorría la longitud de mi pene con los senos y lo que deseaba era tocar sus pezones, y pronto lo pude hacer, pero mientras tanto el deseo crecía.

Era tal mi calentura que temí no aguantar, mientras que mis dedos ya exploraban su interior, mis manos apretaban las carnes prietas y Cecilia no dejaba de susurrarme al oído, su voz, esa voz.

Alejándome de sus montañas, dejé que mi cabeza bajara por las curvas de su cuerpo, hasta anclar entre sus piernas, mi lengua necesitaba rozarla mientras los muslos se abrían dándome paso, permiso para adentrarme.

El recorrido no era mucho, comencé lento, pero el sentir y encontrar el centro de su placer mi lengua cobró vida propia, y se agitaba con rabia pero a la vez con una dulzura indescriptible, lamiendo a una velocidad vertiginosa, por fin escuché como me pedía que la penetrara.

Esa voz.

No era cuestión de declinar su invitación, ni el tiempo de espera, los dos necesitábamos acoplarnos, amarnos, mi verga comenzó a entrar por su conejo, mientras que mis manos recorrían su espalda, una vez estaba totalmente llena de mí los dos nos sentamos en la cama, ella rozaba su pubis contra el mío, era excitante, además sus ojos me miraban y por fin podía ver esos labios, esos gruesos labios dedicándome palabras.

Saltábamos, nos mirábamos, mientras la penetración y los roces nos daban lo que pedíamos.

Ese sentir que el placer se acercaba, era lo mejor de aquel acto, notar que tus entrañas se comprimían mientras tu pene era exprimido y vaciado.

La piel delicadamente arrastrada, mientras el mar de líquidos nos llenaba.

Estallé, mientras sus pechos apuntaban a mi boca, le llené

Es con mi leche, disfruté viendo como resbalaba por nuestras piernas, y el olor a la mezcla de sudores.

Abrí los ojos, ya no estaba su voz, mi mano aguanta una verga flácida, llena de semen por todas partes.

Cecilia no estaba.

Desde ese día la busco, no tengo noticias de ella.

Deseo tanto escuchar su voz.

Esta escena se repite día tras día, y su voz no está, no la encuentro.

Esa voz.

Deseo. Año 2004.

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