
Mi sueño siempre a sido el de encontrar a un hombre capaz de aguantar y eyacular con potencia, alguno a pasado por mi raja, pero una gran minoría, creo que los puedo contar con una sola mano.
Deseo que me den tanto como doy, y eso parece que no entre en el reglamento del sexo.
Soy exigente a cara de unos, y a mi modo de pensar sólo pido lo que me pertenece.
Casi toda relación comienza igual, el acercamiento de las bocas, y si el contacto te gusta, te entregas a él, intensificando y acalorando el cuerpo que comienza a dar señales de vida con cada acto, la adrenalina escala posiciones y se queman las energías mientras que la mente intensifica su tarea imaginando el después.
Deseando que ese después sea como el que piensas.
Ahora bien, imagínate esa esencia, un lugar solitario, el cuerpo ardiente, el sexo latiendo en tu sien como única idea, y dos cuerpos.
En plena calle, un coche aparcado sin dueño aparente.
Nadie, silencio, sólo el agitar de las ropas rozándose, el aliento, los ruidos de salivas.
Unos brazos firmes que te agarran y te sientan justo encima del capó, que se queja dejando escapar un chirrido como en forma de quejido por la inoportuna presencia de dos amantes semidesnudos, acariciándose cada milímetro de la piel.
Un roce, una mano apartando la lencería.
Otra abriendo botones, lenguas buscando descanso y a la vez calor intensificado por la humedad del contacto.
Piernas abiertas, mientras que un bulto aún vestido y enfundado, se contrae contra un sexo sin ataduras.
Las caricias se continúan, pero a medida que se acentúan, pasan a mayores, dejando de lado zonas que no dan placer y centrándose en las partes más calientes de la anatomía.
Una vez más el auto se queja, mientras la silueta de una mujer se apodera de su chapa, dejando que su espalda se recueste en ella.
El hombre bombea confiado en el freno de mano, el coche se agita pero sólo unos centímetros, lucha por no moverse mientras ese otro cuerpo continua forzando la cerradura de las piernas.
Una vez más las lenguas se unen para humedecer y asegurar el intento de penetración, esta misma saliva ayuda a recorrer el cuerpo, la piel, ayuda a deslizarse mientras que unos dedos penetran sin pedir permiso por una grieta que asoma caliente como un volcán en plena acción.
Entonces es hora de desenfundar, las manos de la chica llenas de su propia saliva surcan caminos hasta llegar a su sexo y ante los ojos de él, sostiene su dedo mojado.
Abierta de piernas, mientras lo introduce lentamente aguantando la mirada.
Lentamente, sin prisa, es excitante, la verga comienza a saltar sobre su propia piel, manchas de gotas el capó del auto, éste no suena, él también disfruta con la pareja de amantes.
Después de introducirlo por la raja, lo saca acercándolo hasta su nariz, para chuparlo, lleno una vez más de su saliva, lo coloca en su ano y se adentra por él, mientas que el chico se agita con fuerza, no aguanta el espectáculo, necesita descargar toda su virilidad en ese hueco que ahora está ocupado y no precisamente por su polla.
Ella lo atrae hasta que los cuerpos se rozan, mostrando el calor que emanan, pero no deja que le penetre, el hombre desea más y resopla excitado.
Mientras que la boca se le seca al respirar.
Entones y sin esperarlo el cuerpo de la chica gira pasando su pierna justo por encima del pene, quedando a cuatro patas sobre el capó mojado.
La vista es exquisita, inimaginable.
El bombeado trasero dedica unos ágiles contorneos al espectador que tiene como punto de mira su pito goteante.
Por fin florece ante él un hueco, uno de ellos se abre, pero para eso le dedica una vez más su lengua, que pasa sin separase de la piel de un hueco al otro, mientras que se introduce, ella gime y los músculos se relajan dejando que ese hueco se abra invitándole a entrar.
El glande saluda con su tacto en acto de presencia, y acaricia el clítoris de la chica pero se adentra por el hueco más estrecho, más apretado, más inexplorado, ella se deja, mientras que uno de sus dedos lo usa para acariciarse.
El pene y el dedo están compaginados de forma que el bombeo es idéntico.
Hasta que estallan, el coche resopla como antes lo hacía el hombre.
Lentamente tras la descarga, ese desasosiego comienza a cesar, se separan, dejando que los líquidos manchen la chapa.
Una boca, busca entonces una pieza que deseaba ser lamida, ella quería lamerla, pero después de sentirla, no como se acostumbra a hacer, el olor, el sabor después de su desahogo era mejor, más intenso, más gratificante, la leche tenía el sabor que ella quería comer el olor que necesitaba oler.
Por fin, cada uno regresa su ropa a su lugar, no dejan rastro de su acto, más que una chapa abollada, un deseo de reencontrarse y la humedad en sus cuerpos.
Deseo. Año 2004.
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