
¿Y por qué no sincerarnos?, contar lo que se quiera, sin miedos, ésta es mi experiencia y como mujer adulta asumo el reto a que se me entienda.
Casada, madre y mirando fríamente poco intensa en mis relaciones de amor, ya que mi marido supongo que está cansado o prefiere pagar por tenerlo o quizás se haya buscado una amante, ¿y?
Yo por mi parte he hecho lo mismo, necesito sentirme viva, joven y deseosa de relaciones nuevas, en las que me hagan sentir importante, soy lista o presumo de ello.
Consciente de que miles de ojos me desean, ya que mi cuerpo es casi perfecto a pesar de mi madurez.
Pero me adentré en el mundo del chat, con la mera intención de conocer gente sobre todo hombres dispuestos a casi todo por una relación.
De esa manera nadie me reconocería y disfrutaría.
No tardé en tener a miles de hombres deseando tenerme bajo su cuerpo, nunca enseñé fotos ni di mis señas jugaba y juego con ventaja.
Los hombres que me rodean, no me atraen, aparte de que soy consciente del daño que pueden hacerme.
No tardé en conocer a un chico mucho más joven que yo, pero eso no me impedía soñar y tener una relación esporádica.
Sentirme bien, llena y amada.
Ente Sergio y y, surgió un algo especial, llámalo química, no sé era extraño, pero nos atraíamos.
Hasta que tras muchas sesiones de sexo por Internet, los dos deseamos conocernos y de mutuo acuerdo entregarnos por fin a un sexo real, en tiempo real y con carne real.
Es sencillo inventarse un viaje, y así lo hice, una excusa y un montón de horas para mi sola. Quedamos en encontrarnos en otra ciudad, por fin Sergio, sería mi amante, mi inseminador, mi fiera.
Esa noche no concilié el sueño, mi deseo de aventura era más fuerte que yo, por la mañana tras ducharme y vestirme con mi ropa más sexy salí hacia el destino del sexo.
Sergio esperaba yo lo espié durante uno minutos jugaba con ventaja yo tenía una foto, él no tenía nada.
Me gustó su nerviosismo, su excitación, sus movimientos.
Por fin me acerqué.
Tras saludarnos, decidimos no prolongar la espera, teníamos claro que era lo que queríamos, y tomamos rumbo a un hotel.
Allí, dentro de la estancia sus manos de carne tocaron por primera vez mis senos.
Mis pezones respondieron a pie de guerra.
Mis manos lo desnudaron descubriendo el cuerpo y la piel de un chico joven deseoso de mantener relaciones, me susurraba, me lamía, mientras mi coño se mojaba de deseo, de calor.
Mis pechos crecían, endurecían al contacto de su lengua que emanaba calor, y al contacto de sus dedos dibujando mi piel como nunca lo habían hecho antes.
No dudé, a la hora de adentrarme por sus entrepiernas, mi boca se abrió para lamer y meterme en su totalidad aquel gran y duro pene por mi boca hasta llegar a mi garganta.
Sentí el deseo de antes, el calor de años atrás, el morbo de lo prohibido, pero no cesé.
Lo necesitaba al igual que lo necesito ahora.
Dejé su glande para besar su boca, pero con sus manos me rebajó mi cabeza hasta la altura de su pene otra vez, estaba claro mi mamada le gustaba y pedía más.
Por lo que me dediqué a fondo.
Una vez comenzaron a asomar sus gotas me separó y abriendo mis piernas me dedicó su lengua mojada en mi conejo caliente.
No apagaron mi calor, lo aumentaron mientras que mi cuerpo se agitaba como nunca.
Necesitaba que me deseara, por lo que una vez más dediqué mis lamidas a su glande, agitando la lengua en imitación de una serpiente, hasta que mi puntita se introdujo por la ranura minúscula de éste haciéndolo endurecer de golpe.
Lo forzaba con ternura y énfasis, mientras él gemía y aguantaba mi cabeza.
Mientras mis manos estiraban el pellejo hacia el nacimiento de sus testículos abultados.
Duros con los que jugueteé durante unos minutos, moviéndolos entre mis labios pellizcándolos y absorbiéndolos.
En ese momento sus ojos me indicaron que no aguantaban más, entonces abrí mis piernas deseosa de ser penetrada, necesitaba sentir una buena polla en mis entrañas, cada milímetro de su andadura, me estremecía, me calentaba, me excitaba.
Entre besos caricias perdidas y palabras sin sentido mientras que intentábamos reprimir promesas que sabíamos no cumpliríamos, llegamos a mezclar los jugos de nuestro cuerpo en la forma de orgasmo, placer, estado límite de excitación.
Poco después nos vestíamos y paliamos cada uno por su lado.
Sin señas, sin detalles, complacidos.
Hasta el día de hoy miles de hombres han comido de mi sexo, cada vez uno diferente, ¿y qué?
Me siento viva y necesito del sexo para amanecer, pues lo busco donde me lo dan.
Deseo. Año 2004.
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