sábado, 5 de junio de 2010

Chico busca chico



Un día como otro.

Un anuncio en la sección de contactos, un número tras un escrito pidiendo amistad.

Me pareció buena idea contactar, pocas palabras pero sencillas y detecté sinceridad tras ellas.

No tardé en descolgar el teléfono, mientras marcaba dígito tras dígito el número repasando para tener la certeza de no equivocarme.

Una voz, dulce, cálida, respondió a la segunda llamada.

Tras una conversación, le sucedió otra, tras la segunda el intercambio de teléfonos, hasta hacer de esas charlas una necesidad vital para animar el día, eran necesarias para sentirnos llenos.

Unos minutos, que se rompían al colgar el auricular diciendo un simple, hasta mañana.

Tras dos meses de conversaciones, por fin, no recuerdo quien lo propuso una cita, sólo habían pasado dos meses, pero entre dos personas que hablan cada día, que el hecho de depender del teléfono, de una voz, de una llamada, era como conocerse desde niños, inquietudes, gustos, miedos, alegrías, risas, llantos, un cómplice al otro lado de la línea.

Por fin nos citamos, para mi era muy importante cuidar mi imagen, sentirme bien, de Miguel, conocía sus gustos, sólo podía imaginármelo por medio de sus explicaciones.

Alto, robusto, ojos verdes, piel morena, y un pene con dimensiones extraordinarias.

Sólo pensaba y contaba las horas que me separaban de él.

Quedamos un sábado, en su ciudad, a unas tres horas de la mía, en un apartamento que tenía en las afueras, pero la primera cita, los primeros minutos serían en la cafetería de la estación, en donde yo llegaría y esperaría paciente con los sentimientos a flor de piel, que apareciera, o estuviera sentado tomando su cortado y el libro de Stefen King que nos indicaría quien era quien.

¿Excitante verdad?

Llegó la hora de la bajada en mi estación, mi paso era acelerado como mi corazón, lo notaba, la piel estaba erizada por la emoción del encuentro.

Abrí la puerta de la peculiar cafetería, de pronto mis ojos se cruzaron con otros que se clavaban en mis pupilas sin darme tregua a desviar la mirada buscando el libro.

Era Miguel, guapo, firme, recién afeitado y esperándome, con su humeante cortado.

Nos saludamos dándonos la mano, estábamos en medio de gente, no pudimos besarnos hasta unos minutos después cuando entramos en su coche.

Una vez dentro descubrí el tacto de sus manos, el olor de su piel.

Nos fundimos en el beso que tanto deseaba.

Arrancó el coche en dirección a nuestro destino.

Solitario, ajeno a miradas, verde, olor a árboles recién podados.

Bajamos casi sin mediar palabra, el deseo se apoderaba de nuestra mente, y sólo deseábamos estar solos, sin ninguna mirada furtiva que nos vigilara.

Entramos, una vez cerrada la puerta de la entrada, se acabaron los temores, el silencio desapareció, mientras nuestros cuerpos varoniles se unían para dar paso a las caricias, y explorar el cuerpo del otro.

Mis manos tocaban sin parar aquella cara, los ojos, mis dedos dibujaban con sus yemas el contorno de sus facciones, eran reales.

Recuerdo que en el afán de hacernos el uno con el otro y en medio del deseo y la excitación, le pedí que si podíamos ducharnos.

Me apetecía verlo desnudo, y agarrados de la mano entramos en el baño.

Miguel, abrió el grifo poco a poco el vaho del agua empañaba el espejo en el que nos veíamos reflejados, mientras las lenguas, se desplazaban sin límite por la piel, las manos aparecían por todas partes y el desnudo de nuestros cuerpos se difuminaba frente a la imagen empañada que hacía aumentar el deseo.

El pecho de Miguel era y es un poema, el bello que parcialmente lo cubría, me situaba a ver en él, el hombre que siempre he deseado, poseerlo, que me penetrara.

Nos adentramos entre besos debajo de la ducha.

Mis manos lo cubrieron de espuma, las suyas se mezclaban entre las gotas para formar parte de mi piel.

Los penes estaban erectos, era impresionante mirar las dimensiones, una sensación de placer y miedo por el tamaño se apoderaba de mis pensamientos haciendo que mi excitación creciera aún más.

Ver como el agua resbalaba por su piel arrastrando la espuma para dejarse posar en su glande y ver como las gotas caían una a una por la punta de su sexo, deseé abrir la boca bajo él y esperar a que cada una de ellas se alojase en mi garganta.

Miguel, en un momento de éxtasis visual, me agarró la mano y mientras él se llenaba de espuma me dio una cuchilla de afeitar.

Tuve el placer de rasurarlo, de sentir como cada pelo se cortaba, se sesgaba con mi movimiento de la cuchilla, puedo decir que era una sensación muy placentera comparable con el orgasmo.

Poco después de acariciar esa piel despojada de su vello, le pedí que me hiciera lo mismo.

Noté como me afeitaba, como mi cuerpo se excitaba al tacto y contacto de su piel de la cuchilla arrastrando una parte de mi cuerpo, más desnudo, más sensual.

No pude evitar arrodillarme bajo el chorro de agua y apoderarme de su miembro, mi boca se abría para tragar parte de su pene mezclado con el agua que hacía que se deslizara mejor, mi garganta estaba llena de él.

Su mano estimulaba mi ano, mientras yo absorbía cada gota de su líquido que asomaba por el hueco de su glande.

Chupé, lamí, estiré y succioné aquel aparato a mi antojo, entre sus gemidos y mi respiración, sus dedos se adentraban por mi culo haciendo que mi deseo estallara.

Miguel me puso en pie, colocándome con mi pecho mojado contra la pared.

De esa forma me enculó, mientras yo me masturbaba, mi mano arrastraba la piel de mi pene de una punta hacia su nacimiento.

Miguel me apretaba contra la pared de la ducha con sus movimientos, cada vez más acelerados.

Hasta que pude sentir como me decía en la oreja, me voy, Jaime. Me voy.

En ese instante, sentí el placer que ardía por mi culo, mientras mi orgasmo salpicaba la pared de la ducha, la mezcla del color blanco de mi leche se difuminaba con el azul y el agua transparente.

Los cuerpos aún agitados se separaron y al hacerlo el calor de su semen salió de mi interior, chorreando por mis muslos.

Nuestra bocas se unieron en un largo y mojado beso.

Salimos de la ducha, yo sequé con una toalla su cuerpo, él, el mío.

Y con tan sólo esa prenda, nos preparamos un café, calentito, sentados en el sofá.

Iniciamos una escalada más en el deseo, pero esa es otra historia y será contada en su momento.

Por ahora, Miguel es mío.

Y cada sábado, que es cuando tenemos tiempo para amarnos, nos reunimos, pasamos el fin de semana ocultos del mundo, para dar rienda suelta a nuestros cuerpos.

Deseo. Año 2004.

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