
No, no me lo esperaba, toda mi vida disimulando mi tendencia y después encontrarme con esto.
Me llamo Luis, soltero, vivo en casa de mis padres, hijo único, por eso aún me sentía más obligado a callar, mi madre no hubiera soportado que un día de buenas a primeras, su único hijo le diera la noticia de que era homosexual, callaba y me sentía mal conmigo mismo, me estaba engañando de tal forma que todo lo que me pasaba me hacía sentir mal, creo que estaba depresivo, mi caso no era la duda, mi caso era y es la certeza y mi impotencia no poder decirla abiertamente a gritos si hacía falta.
Me estaba hundiendo en un pozo.
Mi pozo, creado por mí, por mis miedos, por el amor hacia mi madre, pero antes o después tenía que salir y vivir mi vida, mi parte de vida, esa misma a la que yo me cerraba el paso.
Una noche en una discoteca en la que no había mucha gente, como tantas veces sentí la necesidad de ir al baño, no sé si por aburrimiento o por descargar mi vejiga.
Odio los aseos que se pagan estando aún dentro, en esta ocasión, la tenue luz se apagó dejándome a medias, no tuve más remedio que acabar y salir.
Estaba subiendo la cremallera de mi ajustado vaquero cuando una presencia a mis espaldas me hizo alzar un gritito de susto.
Era un amigo, precisamente el mismo que siempre contaba chistes de mal gusto en contra de los de mi condición sexual, yo le llamaba amigo por ir en nuestro grupo.
Estaba seguro que si salía a la luz mi sexualidad, dejaría de serlo.
Me asusté.
Intenté encontrar el interruptor para cerciorarme de que era él, pero no me dejó, con una voz serena y dura me llamó mientras él entraba en los aseos con puerta.
Intenté ver algo, mientras que seguía su voz, me llamaba, hasta que mi cuerpo se acomodó justo en la puerta del pequeño aseo.
Odiaba la oscuridad, y en ese momento tenía miedo, me encontré frente a él sin poder verle claramente la cara, hasta que noté la presencia de una mano encima de mi bragueta, sobre mi verga.
En segundos mi polla estaba durísima, grande, excitada por aquel tacto casi invisible.
Su voz me ordenó que me bajara el pantalón y yo falto de sexo obedecí, necesitaba esa descarga, necesitaba esa dosis de sexo para mantenerme vivo.
Sin proponérmelo, mis manos se acercaban hasta su cuerpo, descubrí con mi tacto que él estaba desnudo de cintura para abajo, o por lo menos hasta donde mis manos tocaron, eso me excitó mucho más.
La sensación de poder ser pillados me asustaba y a la vez me excitaba, el riesgo, el peligro.
Con prisas, como si el tiempo apremiara me ordenó que me dejara joder, me excitó mucho esa petición, mientras que en mis manos sostenía esa verga, no grande pero sí excitante.
Necesité llevármela a la boca, lamerla y saber que era real.
Usé mi saliva para lubricar aquella pieza, deseaba que me penetrara, que me entrara hasta notarla toda dentro.
Mi mano la ayudaba entrar por mi garganta de forma correcta, mientras que mis labios la perfilaban estirando su piel a mi paso.
Después de chupar y comer hasta los huevos el hizo lo mismo con la mía, ésta estaba goteando, le fue sencillo meterla en su boca.
Mi excitación era tal que no necesitaba casi lubricación. De todas formas mientras él mamaba yo mojaba con mi mano la suya dejando mi saliva, no quería que se secara, no tenía ganas de sentir daño, ya que como he dicho no era larga pero si muy gruesa.
Me gustó el pensar que él era el machito del grupo, me gustó y excitó verlo y notarlo entre mis piernas como una de las mujeres que solía describir.
Esta vez él hacía de mujer, esta vez él era el que mamaba la polla de otro hombre y yo disfrutaba con eso.
Entonces comenzó a penetrarme mientras lamía mi ano con un dedo, mi placer estaba llegando, esa situación impensable era demasiado para mi mente y no era necesaria una penetración para llegar a sentir el máximo de los placeres.
Lo miré una vez más, mientras chupaba me metía dos dedos, entonces lo aparté y mamé yo, él separó los dedos pero era mi estímulo, por lo que agarrándolo lo incité a que continuara.
Necesitaba comerme esa polla, estaba a punto de dejar mi leche esparcida por cualquier parte de aquel aseo.
Mamé como nunca, me gustaba ese olor, ese sabor, hasta que sus dedos hicieron de mi cuerpo un muñeco nacido para el placer, por fin mi pene dejó escapar mi semen blanquecino, y él se corría en mi cara.
Saboreé aquel manjar, y paseé su glande por mi piel hasta que con su ayuda me tragué todos los restos de semen.
Agitado, excitado, se agachó y mamó una vez más mi polla, también se tragó el semen que quedaba el muy cabron gemía de placer, su ritmo era tan frenético que si no llega a ser por que escuchamos pasos me lo hubiera hecho una vez más.
Nos separamos mientras que con disimulo nos separábamos para que no nos relacionaran.
Nos lavamos las manos y la cara.
Lo miré por última vez en aquel aseo, por el espejo, mientras que un dedo en su boca me indicaba silencio, secreto.
Callé, pero ahora tenía la certeza de que aquellos aires de machito no eran más que fachada, miedo a decir, a conocer, eso era más cobarde que lo mío.
Y me reí por dentro.
Deseo. Año 2004.
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