domingo, 30 de mayo de 2010

Y tú, ¿qué opinas?



Bueno como mujer tengo que decir que me complace mucho el sexo, y hablo de casi todo.

También sé lo que os gusta a los hombres, y es lo que normalmente no dejamos hacernos, por miedo, por dolor o simplemente por que NO.

En mi caso, creo que le di una buena lección a mi marido.

Tras unos años de casados, y yendo nuestras relaciones de sexo viento en popa, supongo que la costumbre lo cotidiano, el hablar con otros hombres y fantasear sobre estos temas, dicho sea de paso, un buen día se obsesionó con penetrarme pero por el ano.

Esa era una idea que no compartía, y le decía delicadamente que no, que me respetara que era lo único a lo que me negaba, por miedo al dolor.

Intenté hacérselo entender de mil formas, él parecía aceptarlo.

Perro la realidad era otra, de alguna forma en cada relación que manteníamos, parecía siempre y por un casual equivocarse de agujero, yo lo dejaba, pero siempre me dolía, por lo que acababa apartándome, un poco enojada, callando para no discutir, fría ante su insistencia y mucho más.

Lo único que lograba con esa actitud era la de demostrarme poco respeto y egoísmo por su parte.

No se daba por vencido en su insistencia, yo por mi parte veía que con esa conducta peligraba nuestra felicidad, pero de veras me daba terror hacerlo.

Tras mi segundo parto, digamos que lo pasé muy mal.

Intentaba entenderlo, ponerme en su situación y por más que pensaba no lo entendía, ya que si éramos plenamente felices en el sexo ¿por qué quería precisamente lo que yo temía?

En alguna ocasión llegó a forzarme sin lograrlo.

Un día viendo que lo nuestro cada vez iba para peor decidí esconder mis miedos, callar y darle una lección.

Si él la aceptaba, aceptaría a que me penetrara cuando él quisiera, pero si no lo aceptaba, me perdía a mí y a mi sexo, aparte de demostrarme que poco hombre era bajo esa apariencia de polla grande.

Una noche que preparé una sensual cena, le comuniqué que realizaría sus deseos, a condición de que luego me hiciera un regalo.

Sé que al escuchar esas palabras su verga creció, imagino que no escuchó ni siquiera que le estaba pidiendo a cambio un regalo.

Apenas cenó, estaba desesperado, loco, excitado, la verga le salía por encima del pijama.

Esa noche me las apañé para estar solos sin niños, era una noche especial en nuestras vidas.

Por fin mi ano se abriría para él como una flor, era mi regalo, entre la cena, las velas, y el no tener que estar pensando en que los niños se podían despertar, la excitación estaba servida.

La cama estaba totalmente preparada para la ocasión.

Nos denudamos, él forcejeaba con mi cuerpo para penetrarme lo antes posible.

Lo distancié un poco con mi mirada pícara, mis labios lo provocaban sacando la lengua.

Acerqué un botecito de aceite y colocando mi culo ante sus ojos, me estimulé a conciencia el ano, hasta que pude penetrar uno de mis dedos.

Lo miré y le recordé que me tenía que hacer un regalo, ciego de deseo asumía con la cabeza sin poder articular palabra.

Hice que su cuerpo se estirara en la cama.

Me senté encima de él, con la intención de ser yo la dueña de mis movimientos esperando hacerme menos daño.

Y con mucha paciencia, escondiendo mi miedo, me fui sentando sobre su polla dura y excitada.

Me sentía extraña, me dolía y apretaba mis labios.

La apartaba de mi cuerpo, mirándolo y recordándole la promesa.

Si la recuerdo mi vida, tendrás tu regalo, pero no me hagas esperar más que tengo ganas de clavártela, me muero por metértela.

Esa era su respuesta.

Esta vez impregné su polla con el aceite, esperando que disminuyera mi dolor.

Me senté otra vez sobre él.

Su glande se me clavaba como una estaca, mientras él sentía convulsiones, gemía y cerraba los ojos de placer.

Creo que tenía entero su capullo en mi culo cuando unas gotas de sangre resbalaban por mis labios debido a los mordiscos de mis encías ante el dolor, pero no dije nada, él no hacia ni caso.

Sólo buscaba su placer, su sueño, por fin era uno más de los compañeros de fábrica que hablarían del placer que da meterla por el culo.

Una vez más replanteé mi insistencia en que al finalizar quería mi regalo.

Me juró que lo tendría mientras que el tono de su voz era entre desesperado y en el justo punto de complaciente para que yo no cesara en mi posición.

Cuando noté que el glande me penetraba con toda su totalidad, adentré lentamente la longitud del resto de carne por mi hueco negro, a medida de no hacerme más daño.

Me costó contener las lagrimas en mis ojos, entré lo máximo que pude, creo que hasta los huevos, una vez estaba toda, me agité cabalgando, pero mi carrera duró poco, el calor de la leche me inundaba y como si agresión se tratara empujaba mis tripas a la expulsión de aquella cosa extraña de mi cuerpo.

Él descargó todo dentro de mí regocijándose de ello y exprimiendo al máximo el placer.

Dolorida dejé que permaneciera en mi todo el tiempo que quiso, luchando por no salir inmediatamente de encima de su cuerpo.

¿Te ha gustado mi vida?

No esperé respuesta, no podía hablar, ahora quiero mi regalo.

Le até las manos y los pies, después le vendé los ojos, a un ritmo muy sensual.

No puedes moverte, ni quitarte la venda, me di cuenta de que sí podía hacerlo, y reforcé mis ataduras en las barras de la cama.

Salí de la habitación, para darle morbo al asunto e intrigar su excitación, mientras yo descargaba en el aseo su leche y mi dolor.

Regresé, le coloqué cojines en su vientre, hasta que su culo me miraba fijamente, él no paraba de preguntar, en ese momento me di cuenta de que tenía que haberle tapado también la boca.

Mientras le susurraba que jamás olvidaría el placer que le iba a dar con mi masaje.

Pareció tranquilizarse.

Me unté las manos con el mismo aceite de antes e inicié mi masaje por los hombros, su cuerpo se relajaba, mis manos descendían, hasta vaciar parcialmente el bote en la raja de su culo.

Allí profundicé, no era la primera vez.

La posición me ayudó a penetrarle con mi dedo, él gemía, y movía lentamente.

Cuando su ano estaba abierto esperando otra penetración de mi dedo, algo más grande se apoderó de su culo, era una polla de látex recién comprada, calculé su mismo tamaño y lentamente la metí tal y como recordaba haberlo hecho en mi ano.

Gemía de dolor, preguntaba y como respuesta mi silencio.

Me preguntaba que era, que le sacara eso que le hacía daño, lloró como un niño pero al final pareció gustarle.

Mientras yo gozaba de la imagen me masturbaba con mi otra mano, saqué el consolador de su ano, después de llegar a mi orgasmo.

Le quité las ataduras y vendajes.

Me miró y enfadado, me levantó la mano, alegando que él era muy hombre para eso, que le había hecho daño.

Sólo respondí, quería darte el mismo placer que tú a mi, mi vida.

Añadiendo, la próxima vez me compraré una de esas que se atan a la cintura y podré sentirme lo más parecido a tí cuando me penetras ¿Qué te parece mi amor?

Solo apareció una lágrima en sus ojos, el silencio se cortaba.

Hasta hoy nunca más lo ha intentado.

Me llamo, Anna, tengo 33 años, dos hijos que son mi vida, un cuerpo que desean la mayoría de los hombres que conozco y un marido que es un cabrón, luego dicen de las mujeres que nos separamos que el problema es por no saber mantener contento al hombre.

Y tú, ¿qué opinas?

Deseo. Año 2004.

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