lunes, 31 de mayo de 2010

Una vida entera esperando



Tengo el recuerdo de mi madre, soltera, trabajadora cuidando de mí, y combinando el esfuerzo con el trabajo para poder salir adelante.

Las horas de descanso se las pasaba planchando ropa para gente que le pagaba por ello, su única distracción entre trabajo y trabajo era la de escuchar la radio, no podíamos permitirnos el lujo de tener tele en casa, por aquel entonces sólo los que vivían desahogadamente lograban ver la peculiar pantalla, los demás se acercaban al bar más cercano para disfrutar de las imágenes.

Regreso a mi recuerdo que es la base de mi historia.

Mi madre, cansada, con una pierna sobre un pequeño trozo de madera para así poder apoyar sus hinchados pies, dedicando su escaso tiempo de descanso para ganar más dinero con el que poder comprar el pan, y pagar el alquiler de aquel cuchitril.

Todas las horas eran iguales, todas menos una, en la que el volumen de la radio subía, era la voz de un hombre, una voz, dulce pero penetrante, se daba a conocer como Luismi, en ese momento la cara de mi madre cambiaba, sus ojos adquirían un brillo sobrenatural, manejaba la plancha como si flotara, mientras que mi mirada de niño notaba la diferencia.

Poco a poco crecí, mucho más rápido de lo que las madres desean, perdí mi inocencia y esa voz continuaba en la radio, día tras día.

Mi madre amaba esa voz, poco le importaba el físico de Luismi, era ya como de la familia, pero no dejaba de ser un sueño, una fantasía más la que ayudaba a mi madre a continuar.

Yo crecí, trabajaba en el hospital de mi ciudad como celador, nuestras vidas eran mucho más diferentes a las de años antes, pero la radio continuaba en el mismo lugar y se encendía a la misma hora.

Sólo que Luismi, ya no estaba, la tristeza en los cansados ojos de mi madre se notaban, sus fuerzas la vencían.

Sólo le quedaban sus sueños y fantasías, esperando cada tarde esa voz, que nunca llegaba.

Una mañana como tantas el sonido de las sirenas de las ambulancias empañaba la tranquilidad del hospital, me tocó a mi recibir al paciente, el resultado de un grave accidente de coche debido a la espesa niebla en la carretera.

Sólo era una persona de tantas, a la que tenía que acomodar, mientras el doctor diagnosticaba el estado.

No suelo leer los nombres, pero algo me dijo que en este caso lo hiciera.

Luis Miguel, Fuentes, García.

Me sonaba familiar, pero por más que lo pensaba nadie en concreto me venía a la mente, pero ese nombre no dejó de acompañarme durante todo el día.

Justo a la hora en la que mi madre seguramente encendía la radio de casa, me amartilló la idea, la pista de aquel nombre cuyo cuerpo estaba en coma.

Se trataba de Luismi, me emocioné, lo tenía delante, el sueño de mi madre.

No conté nada en casa, para no entristecer a mi madre, él estaba en coma, no era una buna noticia para una persona que se había pasado toda su vida soñando con él, con una mirada un abrazo que no llegaba por ser un imposible.

Tardó unos días y sin esperarlo salió del coma, entonces le dije a mi madre que se vistiera con su mejor traje y me la llevé al hospital.

Ella estaba extrañada pero no decía nada.

Entramos en la habitación, yo ya me las había ingeniado para hacerme amigo de él, le conté parte de la vida de mi madre de sus sueños y el me contó parte de la suya, de sus éxitos acompañados de fracasos, su vida con mujeres que sólo querían su dinero y vivir de su fama.

Mi madre, nada más abrir la puerta, cambió su expresión, no se veía ni el cuerpo en la cama cuando aquella mirada vidriosa, aquella cara radiante afloraba tras años de espera.

Los presenté, mientras se besaron las mejillas, los dejé a solas, eran las mismas voces de hace años, la voz es algo que cuesta mucho de cambiar.

Mi madre parecía una niña, coqueteaba, sin dejar de ser adulta y sensata.

Sus visitas eran diarias, pasaba las horas a su lado, le ayudaba a caminar, fue el apoyo de Luismi, hasta que se recuperó, hasta que un día le comunicó que le daban el alta.

Eso significaba la partida.

Yo espiaba, sin ser visto, mi madre lloró como nunca, Luismi, como pudo se acercó a la puerta y la cerró para que nadie entrara, desde mi rincón secreto, no dejé de espiar la felicidad y las lágrimas de los dos.

Por fin los vi unidos en un abrazo, tras ese abrazo llegaron los besos, tímidos, pero poco a poco perdían el miedo y se adentraban en algo más profundo, Luismi, desnudó el cuerpo de mi madre, estaba bien conservada, besó con ternura cada parte de su piel, lamió sus pezones, mientras ella le hablaba al oído palabras que yo no podía escuchar.

Mi madre por primera vez, desde que tengo memoria, irradiaba felicidad, entregó su cuerpo a Luismi, mientras le dedicaba caricias, agitó sus genitales, succionándolos hasta que el pene le pedía más.

Tras mi escondite, se notaba la inexperiencia de mi madre, por lo que él tomó la iniciativa, la amó, la abrazó recostándola en la cama blanca.

Dejó que sus manos pasaran por su cuerpo, seguidas de los labios, sus piernas se abrieron para dar cabida a una boca tan soñada.

Para nada era obscena esa imagen, era la mejor película de amor que mis ojos habían visto nunca, mientras ellos se amaban mis lágrimas brotaban.

Los gestos de placer que nacían de mi madre, eran estrellas que iluminaban la habitación.

Lentamente, él colocó su dolorido cuerpo sobre el de la mujer que tanto había esperado, se entregó a él, mientras que la bombeaba con dulzura.

Ella, acariciaba su espalda, tocaba su culo, y gemía.

Así pasaron la mayor parte de la tarde, siendo conscientes de que era una despedida.

Abrazados, hablando.

Por fin abrieron la cerrada puerta.

Un rato después entré para acompañar a mi madre a casa, estaban besándose como niños, las manos entre cruzadas.

Mi madre, temblorosa, pero decidida me dijo.

Hijo, me temo que a partir de esta noche seremos una boca más en casa.

Luismi, la miró preguntando, ¿estás segura?

Llevo toda una vida esperando esto, ¿tú crees que te voy a dejar escapar?

Estas tan solo como yo, no quiero nada de tí, tengo mi trabajo, sólo quiero recuperar mis años perdidos, con mi sueño y mi sueño tiene nombre, ese nombre es el tuyo.

Dime, ¿acaso tienes dónde ir?,¿alguien que te espere?

Yo quiero morir a tu lado, y la verdad no me queda mucho de vida, ¿no crees que lo mejor es vivirla juntos?

Mis ojos no veían, tuve que salir de la habitación, ellos continuan juntos, amándose como esa primera vez en la cama de un hospital.

Yo ahora tengo pareja, un hijo, y otro en camino.

Por fin mi madre es feliz.

Esta historia es real, quizás no sea del tono que esperabas, pero puedo asegurarte que si esa tarde no hubiera habido sexo, el final no sería el mismo.

Deseo. Año 2004.

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