domingo, 30 de mayo de 2010

Una parte de mi historia



Para mi fue un trauma el que cuando mi madre tenia clientes en la habitación de al lado y mientras escuchaba los sonidos de la venta al rato ese mismo señor que acababa de pagar a mi madre entrara en mi habitación y me obligara ha mantener relaciones con él.

Después de un tiempo me acostumbré e incluso esperaba esa visita, mi cuerpo necesitaba ya esa dosis de satisfacción, mezcla de vaselina con carne diaria.

Pasó el tiempo y era evidente mi condición sexual, poco aprobada pero marcada por una serie de sucesos que pasaron a lo largo de mi vida.

Mi madre murió y el ayuntamiento me internó en un colegio de monjes, como era una persona tímida, el paso de los años y mis pocas salidas del centro sumadas al no verme nunca en compañía femenina, se dio por sentado que yo quería ser cura.

Cuando lo cierto, es que me daba pánico salir a la calle, allí me sentía protegido, e incluso encontré a un compañero que me ayudaba y me apoyaba en todo.

Así pasaron los años, con relaciones entre unos y otros, ocultas y calladas, tapadas por un gran libro al que adorábamos y desnudos bajo nuestras sotanas.

Llegué a ser maestro y cada vez que miraba los ojos de aquellos niños, mi verga se encendía pero jamás toqué a uno de ellos, no quería que sintieran lo que yo cuando era pequeño.

Las noches eran las cómplices de mis masturbaciones pensando en Miguel, con aquellas piernas fuertes que mostraba a la hora de los entrenos, con Juan, al que pude ver desnudo una tarde en los vestuarios y desde que calibré su tamaño sueño con él a diario.

Pero mi mejor recuerdo estaba entre mis hojas escrito.

El diario que no soltaba nunca, incluso lo arrastraba hasta la capilla y releía mientras el resto de mis compañeros realizaban sus plegarias.

Carlos, mi compañero de pared.

El dormía en la celda paralela a la mía, las paredes me dejan escuchar sus gemidos, cada noche cuando está en pleno trance solitario de su placer.

Una noche, por causas que no vienen al caso, nuestro pasillo quedó desierto de monjes, ya que estaban en otra ciudad recaudando fondos, Carlos, entró en mi celda, para comentarme unas cosas de la misa de la tarde.

Sé que fue una excusa, pero me gustó que por primera vez entrara otra persona en mis cuatro paredes, estábamos solos, éramos conscientes.

Miré su cuerpo cubierto aún por la vestimenta, y me acerqué, yo estaba seguro de que él era de mi condición sexual, pero él no lo sabía.

Di el primer paso y me quité mis ropas mostrando mi pene erguido que rebotaba con mi respiración.

Su mirada me dejó aún más excitado, se acercó a mí y sin decir nada rozó mis labios con los suyos, sacando la lengua.

Lentamente nos entrábamos las salivas mezclándolas, mientras yo lo despejaba de sus ropas que cayeron con un golpe seco al suelo.

Ya nada podía pararnos, éramos dos hombres con un claro deseo.

Su pene me causó sensación al ver su tamaño, temí que me penetrara mientras mi ano se dilataba al imaginarlo dentro.

Nos abrazamos cayendo unidos en mi colchón.

Mi boca lamió su pene mientras él hacía lo mismo con el mío, sus dedos acariciaban mi ano estimulándolo para la penetración, entró por mi culo, con lenta maniobra, consciente del dolor de un desgarro, la saliva que dejaba caer desde la altura de su boca, ayudaba a lubricar la penetración, y comenzó manchar con más fuerza una vez estaba toda su verga alojada en mi interior.

Las sacudidas hacían que mi pene rozara el colchón proporcionándome el placer del contacto que necesitaba para sacar mi leche.

Con mucha ternura pero con rapidez sacó su verga de mi ano, entendí que hacía lo que le pedí salir para que mi boca se alimentara de su esencia varonil y esparcirla por mi garganta.

Mientras sus manos masturbaban mi pene mi boca tragaba y lamía la leche que salió en tres chorros.

Mirándome, me dijo que era mi turno.

Me colocó estirado en mi cama y se sentó encima de mi cuerpo.

Ayudado con una mano, enfocó y mostró el camino a mi pene para que entrara en su ano apretado.

Milímetro a milímetro, se sentaba sobre mi cuerpo, mientras mis ojos miraban como crecía una vez mas su verga con cada movimiento.

Era enorme, con sólo levantar un poco mi cabeza y sacando mi lengua le podía chupar el glande a la vez que él me cabalgaba.

Se agachaba y me entregaba su boca para reanudar el salto una vez más.

Su pene golpeaba mi pecho con cada salto.

Mi excitación era tal que retardaba mi corrida.

Los huevos de Carlos, acariciaban el pelo de mi nacimiento del sexo.

Aquella imagen la mantendré en mente toda mi vida.

Hasta que una gota me avisó de que abriera mi boca pues Carlos, estallaba.

Una vez más, la leche salió disparada mi cabeza se agitaba para atraparla toda en mi garganta, mi lengua buscaba las gotas que quedaban en mis labios, y entonces noté como las contracciones de mi pene y gritando su nombre, exploté en su interior.

El placer que sentí es indescriptible.

Mientras él saltaba yo lamía y me corría.

Bajó exhausto y chupó mi pene, ardiente, lo dejó limpio, brillante.

Esa noche sabiendo que no nos molestaría nadie la pasamos juntos.

Yo no pude dormir mirando su cuerpo agarrado al mío.

Estoy seguro de que elegí bien mi vida, aquí tengo todo lo que necesito para ser feliz y no puedo ser atacado por nadie.

Esta es una pequeña parte de mi historia.

Quizás algún día no muy lejano te cuente algo más.

Deseo. Año 2004.

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