domingo, 30 de mayo de 2010

Seis meses de gestación



No tengo muy claro si todo lo que me sucede en esta vida se debe a mi carácter, lo cierto es que a menudo me sorprendo.

Haciendo un repaso por las distintas épocas recuerdo con una claridad que me aturde una de las mejores experiencias de mi vida.

Dejando aparte el tiempo que tardé en asimilar aquel hecho.

Siempre he estudiado, acababa una cosa y comenzaba otra parecida o totalmente diferente, el caso es estar y sentirme activa.

En los años de mi vida que la maternidad te llama, estudié para comadrona, por eso cuando Pilar, mi amiga me dijo que su cuñada Gina, está embarazada y que ella creía que necesitaba ayuda, me ofrecí por entero a ayudarla.

Supuse que quizás tenía la típica depresión de embarazada.

Quedamos en que iría sola, ya que si me acompañaba Pili, Gina, seguramente no me contaría nada de lo que la preocupaba.

Yo conocía a Gina de haberla visto alguna vez hablando con Pili, eso rompía un poco el hielo.

Al día siguiente, llamé a la puerta de Gina.

Me asombró ver lo guapa que estaba, con aquellos brillantes ojos verdes, el brillo en su piel sin pintar.

Es la típica mujer de belleza natural.

Te aseguro que vista de espaldas no parecía que en su barriga pataleaba una personita de 6 meses de gestación.

Estábamos acercándonos al verano, y el día era perfecto, caluroso y soleado.

Nos sentamos con un refresco natural, se notaba que Gina, cuidaba su embarazo, a primera vista no parecía que le pasara nada.

Me agradeció mi visita, y comentamos muchas dudas que tenía sobre el parto.

Un poco más entradas en confianza, dejó una pregunta al aire, se trataba sobre sexo, al pronunciase sobre ese tema la cara le cambió.

Ella creía que no era normal tener tantos deseos sexuales en su estado.

La tranquilicé, con la explicación más clara que sabía.

Una mujer embarazada, normalmente, suele necesitar más sexo que nunca, e incluso disfruta y se satisface mucho antes que si no estuviera embarazada.

La explicación es sencilla, no existe el temor a un embarazo por que ya lo está, si la mujer no tiene náuseas, ni mal estar, es sexualmente más activa que de normal.

Pareció tranquilizarse, pero algo me dejó dudosa.

Tuve que escarbar más en el tema, para sacarlo todo a la luz.

Jaime, su marido, no la tocaba desde el día que el Test dio positivo, con la excusa de que temía dañar el bebé.

Ella se sentía rechazada, tenía la impresión de que su barriga, asqueaba a su marido.

La tranquilicé e incluso, le prometí dejarle unos artículos que trataban del tema para que los dejara a la vista ya que si ella se los daba no los leería pensando que era una emboscada por su parte.

Pareció tranquilizarse mucho.

Le pedí si le apetecía que me mostrara la barriguita.

Ella encantada, no tardó en levantarse el bluson para dejar al descubierto una hermosa barriga que mostraba la magia de ser mujer, un ombligo que sobresalía indicaba la vida que había dentro de esa cavidad diminuta.

En ese momento me hizo otra pregunta, con total naturalidad se levantó aún más la blusa y sacando un pecho al aire me pregunto si era normal que a los seis meses de los pezones ya salieran manchas de líquido espeso.

Es normal, tu pecho se está preparando para alimentar a ese regalo que tienes en tu cuerpo, tranquila, no pasa nada.

De todas formas le hice un tacto para comprobar que todo estuviera normal.

No me di cuenta de cómo cerraba los ojos, hasta que alcé la mirada para decirle que todo era correcto.

La piel de sus mamas era tersa, brillante, sedosa, me incitaba a tocarla, y a ella parecía que le gustara, hasta que me dijo, necesito tanto unas caricias.

No entendía que fuerza me hacía acariciar y masajear esos pezones que no eran los míos.

Mi mano se deslizaba por ellos hasta encontrar la abultada barriga, era como un imán que me atraía hasta su piel deseando no soltarla, mientras ella disfrutaba con mi tacto.

Decidí llegar más allá, preguntándole si notaba algún cambio en su sexo.

Instintivamente, colocó su mano sobre él, esa imagen me excitó.

Si, noto como si estuviera más abultado.

Se bajó las bragas y sentándose en el sofá, me mostró los labios y su hinchazón.

Extendí mi mano conciente de que no era una exploración como las otras, deseando adentrarme por esos abultados labios, introducirme por ellos y ver como gozaba.

Tacté un poco y me asombré al notar como su respiración se aceleraba, cerraba los ojos y ligeramente abría las piernas.

Mi dedo entró un poco más, mientras mis bragas se notaban húmedas al contacto de aquella piel caliente, deseosa de cualquier clase de sexo.

Gina, recostó su cabeza en un colíndelos que adornaban el sofá, su mata de pelo rizada la hacían una verdadera musa del amor.

Mi dedo entraba por su sexo mientras mis ojos la miraban y reanimaba más a continuar con aquel juego de caricias inesperadas y placeres dormidos.

Ver como gemía, me humedeció aún más mi conejo, mis bragas ardían al contacto de mi propio flujo.

Mientras el dedo permanecía dentro caminando hacia lo más profundo mi boca se acercó a mamar de sus pezones despuntados, duros.

Mis labios mamaron y apretaron con delicadeza aquellas dos perlas marrones, bajé la lengua poco a poco, acomodándola en su clítoris sobresaliente, mientras mi dedo aún caminaba por su interior.

Deseaba pasar mis pechos desnudos por aquella barriga, y así lo hice, ella sudaba, pero aún reseca a pesar de su excitación, me acerqué para ensalivar aquella zona que pedía a gritos mis caricias.

Le abrí las piernas, para poder trabajar con comodidad, sólo un empujón con mi barbilla bastó para que ella se abriera de par en par para mí.

Separé con cuidado, delicadeza, y amor aquellos labios grandes, hinchados que me excitaban, saqué mi lengua, roja, grande larga y la pasee por aquella zona inexplorada para mí.

Ella acariciaba mis pechos como podía, despistando la barriga, pero le complacía tocar mis pezones.

Necesitaba ese contacto, tenerla, sentir el calor de sus senos contra los míos.

Como pude me coloqué de forma que nuestros sexos rozasen uno contra el otro, nos costó pero pronto nos agitamos y el placer latía en nuestros clítoris.

Mi cuerpo más ágil se movía con más fuerza que el de ella, pero sin duda alguna, el roce de los trozos de carne que nos sobresalían nos daba el placer que necesitábamos para seguir rozando.

Una vez comenzamos a desprender flujos nos separamos y con los dedos y las lenguas la una a la otra nos dimos todo el placer capaz de sentir en nuestros cuerpos.

No necesitamos mucho más que estirar con los labios de aquellas pieles mientras introducíamos un dedo y la lengua agitada movía nuestros botones duros.

Llegamos a mojar el suelo, los gemidos eran tonificantes, el aroma a sexo puro, se olía en los cuerpos, en el aire.

Descansamos abrazadas y noté como el bebé saltó feliz, dicen que cuando la madre tiene un orgasmo el feto lo siente como tal y coactiva.

Durante los tres meses restantes, acudía a animarla una o dos veces por semana.

Decidimos dejar los artículos para otra embarazada que los necesitara más que ella, con una sonrisa cómplice.

Y después del parto, nos las apañamos para que de alguna manera también fuera víctima de la depresión post-parto.

Continuamos viéndonos, cada una tiene su pareja, pero a menudo necesitamos amarnos para sentirnos vivas.

Deseo. Año 2004.

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