miércoles, 5 de mayo de 2010

Una entrevista productiva



¡Quién no ha padecido alguna vez, la terrible experiencia que supone una entrevista de trabajo! Te encuentras al borde del infarto por los nervios, te sientes analizada, fiscalizada y escudriñada por un personaje no siempre agradable y casi nunca, sincero. La semana pasada padecí varias de estas entrevistas, claro que con un resultado muy dispar ...

A las once me encontraba en un hotel vestida para “matar” con un vestido muy elegante pero sexy, dispuesta a conseguir trabajo y a impresionar gratamente a mi entrevistador. No es que fuera como una “buscona” pero he de reconocer que el vestido resaltaba todos y cada uno de mis encantos naturales.

Enseguida vino el entrevistador: un chico joven y muy seguro de sí mismo. Pese a todo, pareció ponerse nervioso también él porque al intentar entrar a la sala, lo hicimos al mismo tiempo y no pudimos evitar chocar frente a frente. El incidente hizo que me relajara bastante y todo fue más cordial a partir de entonces.

La sala era bastante estrecha, y sentados como estabamos uno a cada lado de la mesa, nuestras rodillas se rozaban al cambiar de postura. En cuanto a él, era muy atractivo con esa cara de niño empollón que tanto nos enternece a las mujeres. La verdad es que el roce de sus rodillas empezó a producirme un cosquilleo especial en la nuca.

Durante el “interrogatorio”, hubo un par de preguntas que me parecieron fuera de contexto, pero que ya conocía que se usan para calibrar el “aguante” del entrevistado: que si tenía novio, que si vivíamos juntos, etc. A mí me dio la risa y le contesté con desparpajo: “Estoy dispuesta a dejarle si tú me lo pides”. En verdad que no tenía doble intención, pero la cosa fue a más y me dejé llevar. Siguió haciendo preguntas comprometidas y yo contestándolas del mismo modo. En un momento, sin pensarlo mucho, recordé una película, me quité el zapato y acaricié su pierna con el pie desnudo. Solo pretendía jugar un poco con él, nada más pero mi acción tuvo consecuencias más fuertes. Lejos de amilanarse, me agarró el pie, lo acarició y se lo llevó a la bragueta. Le seguí el juego, aunque ya pasábamos a palabras mayores y no era eso lo que quería. Noté su pene enorme bajo mi pie y me excité un poco, luego recapacité, pensé en mi pareja y retiré el pie. Pero mi inocente entrevistador se había transformado en un sátiro de ojos inyectados en sangre, que se inclinó sobre mí desde el otro lado de la mesa y me dijo:

- ¿Qué pasa, putita primero me calientas y luego te arrepientes? - Y sujetándome la cabeza, me dio un beso apretado en la boca. Me asusté pensando que iba a intentar forzarme pero un segundo más tarde, me dedicó la más tierna de sus sonrisas, se puso de pie, me hizo levantar amablemente y cogiéndome por la cintura, se disculpó:

- Perdóname, pero es que me gustas mucho y me has puesto como una moto con tus caricias ... - Sin embargo, no me dejó elección, fue empujándome hasta apoyarme en la mesa, volvió a besarme con fuerza y metió la mano bajo mi falda. Quería resistirme, creedlo pero no pude. Su actitud decidida me puso a cien y anuló toda mi capacidad de rechazarle.

No se anduvo por las ramas, la mano bajo mi falda no hizo mas que apartarme la ropa interior, desabrochar sus pantalones y sin más preámbulos, me penetró con fuerza, haciéndome lanzar un grito ahogado. Yo, que siempre obligaba a mi pareja a hacer un calentamiento larguísimo porque si no me hacía daño, estaba ahora allí, gozando como una perra en celo, pese al desgarro que de seguro me había producido.

Luego, no satisfecho con las duras embestidas que me propinaba de frente, me hizo girarme y apoyar los codos sobre la mesa. En esta postura la penetración era mucho más profunda. Notaba su pene golpeando mi útero con violencia, lo que me producía dolor pero sobretodo un placer desconocido, tan fuerte, tan intenso que hizo que tuviera un orgasmo tras otro, hasta que se retiró e insistió en correrse sobre mi cara. No pude negarme: acababa de tener al menos tres orgasmos seguidos, de los que aún no me había recuperado. Apenas se la había agarrado, cuando su semen, brotó a presión y se estrelló contra mi boca y mis mejillas, extendiéndose por todo mi rostro, mientras él ronroneaba y mascullaba obscenidades. A continuación, él mismo me limpió de su semen antes de volver a tumbarme sobre la mesa para lamer las heridas que había provocado. El escozor de la saliva y la maestría de su lengua hicieron que me corriera una vez más y derramara mis jugos entre sus labios.

No conseguí el empleo, no encajaba con el perfil solicitado, no obstante, mi novio está encantado con el lado salvaje que se me ha despertado “de repente”, por lo que considero que fue una entrevista de lo más productiva.

Sanke. Año 2003.

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