
Este era el escueto anuncio del periódico al que Marta decidió acudir para ganarse algún dinero extra. Tenía experiencia en cuidados a personas mayores ya que su abuela había vivido con ella muchos años. Cuando llegó a la dirección indicada, un señor de unos ochenta años pero con una aparente salud de hierro le abrió la puerta. Ella pensó que sería a su esposa a la que debería cuidar porque era evidente que el anciano era más que capaz de valerse por sí mismo.
Muy amablemente la hizo tomar asiento en el salón y le trajo un refresco. Ante la sorpresa de Marta, el anciano, con pinta de profesor retirado, le contó que era él quién necesitaba de su ayuda pero ella seguía sin tenerlo claro. Al fin se dejó de rodeos y observando el desparpajo de la chica, le comentó:
- Mira, llevo más de veinte años viudo, y aunque como comprenderás el “pajarito” ya no me funciona y sé que me queda poco tiempo, no me gustaría dejar este mundo sin hacer gozar a una chica una vez más. No te pido que hagas nada, sólo que me dejes mirarte y tocarte hasta donde tú quieras. Te pagaré bien y no te haré daño ni nada malo. Por favor, no le niegues su última cena a este condenado.
Marta no salía de su asombro: aquel viejo verde le estaba proponiendo tener sexo con él y por dinero. Estaba a punto de levantarse y salir corriendo de allí después de darle una bofetada al viejo, pero entonces le miró a los ojos y pensó que algún día habrían sido los de un chico joven y atractivo, con ilusiones como ella y no pudo evitar sentir lástima, así que con todas las dudas del mundo, le dijo que lo haría por él.
El anciano, loco de alegría la llevó a la habitación y la tumbó sobre la enorme cama de cabecero de hierro forjado. Todo estaba escrupulosamente limpio y ordenado. Una vez tumbada, se empeñó en desvestirla él mismo, y lo hizo poco a poco, deleitándose con cada prenda que le quitaba. Al fin la dejó desnuda y la colocó con las piernas un poco abiertas, boca arriba y con las manos bajo la cabeza. No dejaba de observarla, con la mirada escudriñadora de un pintor antes de plasmar a su modelo. Marta, así radiografiada, empezó primero sintiéndose incómoda pero pronto se encontró bien, incluso le gustaba. Nadie la había mirado de aquella forma; como si fuera la persona más bella del mundo. Y realmente a él se lo parecía. Hacía tanto tiempo que no veía una piel tan blanca, tan tersa, unos pechos tan turgentes, grandes como melones, duros, unas curvas tan prominentes como perfectas, un coño tan fresco y ávido. Empezó a acariciarla, primero con timidez, luego con ansia, las piernas, el pecho, el trasero, la espalda mientras ella se dejaba hacer cada vez más excitada. De pronto se detuvo y con tono respetuoso, le dio las gracias y le dijo que era suficiente. Sin embargo Marta estaba empapada y no pensaba irse así a casa por lo que se sorprendió a sí misma pidiéndole al viejo que por favor, le comiera las tetas. Éste con lágrimas en los ojos, incrédulo, se acercó hasta ella y con cautela se las besó. Pero ella le insistió en que se las chupara y se las mordiera, cosa que hizo con sumo gusto. Mientras la salida chica, se sobaba el clítoris con ansia dispuesta a apagar el calor que sentía. Ante esto, el antaño gran amante, retiró su mano, se colocó entre las piernas de ella y comenzó a comerle la chorreante raja con auténtica maestría. Marta gemía de placer ante las sabias lamidas del anciano que simultaneaba con la introducción de dos de sus dedos en el coño de la jovencita. Ella mientras tanto se autopellizcaba los pezones con violencia hasta que como ocurre casi siempre con alguien que lleva mucho sin tener sexo, se corrió en la boca desdentada del octogenario, que sorbió con avidez hasta la última gota de flujo que salió de ella.
Cuando Marta se recuperó, vio que el pantalón del anciano mostraba una sospechosa mancha a la altura de la bragueta. Sonrió con ternura. El abuelo dio una buena suma a la chica, llorando de agradecimiento. Marta la aceptó a disgusto: pero si había sido ella la que había disfrutado más, aunque se metió el dinero en el bolsillo y se dirigió a la puerta.
Un año más tarde, lamentaba la muerte de su peculiar amante que durante todo ese tiempo, estuvo haciéndola gozar y aumentando su cuenta corriente. Todo el mundo que asistió al sepelio, se asombró de la cara sonriente que mostraba el difunto al que habían hallado muerto desnudo en la cama.
Sanke. Año 2003.
Muy amablemente la hizo tomar asiento en el salón y le trajo un refresco. Ante la sorpresa de Marta, el anciano, con pinta de profesor retirado, le contó que era él quién necesitaba de su ayuda pero ella seguía sin tenerlo claro. Al fin se dejó de rodeos y observando el desparpajo de la chica, le comentó:
- Mira, llevo más de veinte años viudo, y aunque como comprenderás el “pajarito” ya no me funciona y sé que me queda poco tiempo, no me gustaría dejar este mundo sin hacer gozar a una chica una vez más. No te pido que hagas nada, sólo que me dejes mirarte y tocarte hasta donde tú quieras. Te pagaré bien y no te haré daño ni nada malo. Por favor, no le niegues su última cena a este condenado.
Marta no salía de su asombro: aquel viejo verde le estaba proponiendo tener sexo con él y por dinero. Estaba a punto de levantarse y salir corriendo de allí después de darle una bofetada al viejo, pero entonces le miró a los ojos y pensó que algún día habrían sido los de un chico joven y atractivo, con ilusiones como ella y no pudo evitar sentir lástima, así que con todas las dudas del mundo, le dijo que lo haría por él.
El anciano, loco de alegría la llevó a la habitación y la tumbó sobre la enorme cama de cabecero de hierro forjado. Todo estaba escrupulosamente limpio y ordenado. Una vez tumbada, se empeñó en desvestirla él mismo, y lo hizo poco a poco, deleitándose con cada prenda que le quitaba. Al fin la dejó desnuda y la colocó con las piernas un poco abiertas, boca arriba y con las manos bajo la cabeza. No dejaba de observarla, con la mirada escudriñadora de un pintor antes de plasmar a su modelo. Marta, así radiografiada, empezó primero sintiéndose incómoda pero pronto se encontró bien, incluso le gustaba. Nadie la había mirado de aquella forma; como si fuera la persona más bella del mundo. Y realmente a él se lo parecía. Hacía tanto tiempo que no veía una piel tan blanca, tan tersa, unos pechos tan turgentes, grandes como melones, duros, unas curvas tan prominentes como perfectas, un coño tan fresco y ávido. Empezó a acariciarla, primero con timidez, luego con ansia, las piernas, el pecho, el trasero, la espalda mientras ella se dejaba hacer cada vez más excitada. De pronto se detuvo y con tono respetuoso, le dio las gracias y le dijo que era suficiente. Sin embargo Marta estaba empapada y no pensaba irse así a casa por lo que se sorprendió a sí misma pidiéndole al viejo que por favor, le comiera las tetas. Éste con lágrimas en los ojos, incrédulo, se acercó hasta ella y con cautela se las besó. Pero ella le insistió en que se las chupara y se las mordiera, cosa que hizo con sumo gusto. Mientras la salida chica, se sobaba el clítoris con ansia dispuesta a apagar el calor que sentía. Ante esto, el antaño gran amante, retiró su mano, se colocó entre las piernas de ella y comenzó a comerle la chorreante raja con auténtica maestría. Marta gemía de placer ante las sabias lamidas del anciano que simultaneaba con la introducción de dos de sus dedos en el coño de la jovencita. Ella mientras tanto se autopellizcaba los pezones con violencia hasta que como ocurre casi siempre con alguien que lleva mucho sin tener sexo, se corrió en la boca desdentada del octogenario, que sorbió con avidez hasta la última gota de flujo que salió de ella.
Cuando Marta se recuperó, vio que el pantalón del anciano mostraba una sospechosa mancha a la altura de la bragueta. Sonrió con ternura. El abuelo dio una buena suma a la chica, llorando de agradecimiento. Marta la aceptó a disgusto: pero si había sido ella la que había disfrutado más, aunque se metió el dinero en el bolsillo y se dirigió a la puerta.
Un año más tarde, lamentaba la muerte de su peculiar amante que durante todo ese tiempo, estuvo haciéndola gozar y aumentando su cuenta corriente. Todo el mundo que asistió al sepelio, se asombró de la cara sonriente que mostraba el difunto al que habían hallado muerto desnudo en la cama.
Sanke. Año 2003.
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