miércoles, 5 de mayo de 2010

Abrasados en el bus



Una noche de sábado, Mónica volvía de marcha en uno de esos autobuses nocturnos que pasan tan de cuando en cuando que siempre van atiborrados, sobre todo de gente joven que como ella regresa a casa tras una noche de juerga y alcohol.

El autobús ya venía lleno pero en su parada subió tal masa de gente que el conductor casi no podía cerrar las puertas. Mónica acabó en la parte central pegada a la ventana. Apenas podía moverse. Con una mano se sujetaba a una barra y la otra la apoyaba contra el cristal. Era primavera pero allí dentro hacía más de cuarenta grados a pesar de que todas las ventanillas superiores estaban abiertas de par en par. Por suerte, ella iba como siempre ligerita de ropa: bajo la cazadora vaquera sólo llevaba un top sin tirantes y una minifalda muy, muy mini, con medias, liguero, el tanga y las botas altas. Esa era toda su vestimenta que junto con el frescor del cristal, le harían más llevaderos los veinticinco minutos de camino que la separaban de su casa.

Cuando tan solo llevaba unos metros de camino, Mónica sintió que la persona que estaba justo detrás de ella se “pegaba” sospechosamente a su espalda. Giró la cabeza con dificultad y comprobó que era el mismo chico que no le había quitado ojo en la parada. Era bastante guapo por lo que a Mónica no le importó nada tenerlo tan cerca. Al poco tiempo notó que su admirador, cuya bragueta se frotaba contra su culo con el traqueteo del vehículo, empezaba a estar muy, muy “contento”. Podía notar su miembro durísimo sobre los glúteos, lo cual la estaba poniendo tan caliente que no dudó en contonearse y restregarse contra el excitado muchacho. Todo esto aprovechando que con toda la gente que les rodeaba, era muy difícil percatarse de la escena.

En un momento dado, el joven se cansó de los frotes y viendo la actitud receptiva de Mónica, se decidió a ir más allá. Aprovechó la escasa longitud de la falda para meterle mano sin pudor, introduciéndole dos dedos en su vagina encharcada. Ella disfrutaba de la furtiva experiencia y se dejaba hacer, ardiendo de deseo y disimulando como podía. Pero él era sin duda, un chico muy osado y de los que no pierden una buena oportunidad, y tras comprobar que ella también estaba dispuesta a todo, se desabrochó un par de botones del pantalón, sacó su pene y lo colocó entre aquellas redondas carnes, que se entreabrieron para recibirlo. Luego, un frenazo brusco hizo el resto y en un instante, el ariete en toda su longitud, se hallaba dentro del culito prieto de Mónica. Para completar, la mano de antes, se deslizó esta vez por la parte superior delantera de la falda y se ocupó de trabajarle el clítoris para compensar la “intromisión” trasera. Aunque ella no parecía nada molesta por el altar de sacrificio elegido por su amante y ahora se las arreglaba para ocultar la mano de él y para moverse sin levantar sospechas. Lo más duro era sin duda evitar poner cara de placer, gemir, o pedirle a gritos que se la clavara más y más. Procuraba pegar la cara contra el cristal que pronto se hallaba totalmente lleno de vaho.

Tras unos minutos de caricias, numerosas embestidas y un par de frenazos definitivos, Mónica se corrió dejando escapar un leve gemido que no llamó la atención de sus ruidosos vecinos de transporte. Sólo él se percató de la evidente prueba de su orgasmo y enfebrecido por éste, castigó más fuertemente la estrecha abertura para derramar a continuación, su semen a grandes borbotones en lo más profundo de su recto.

Mónica volvió en sí para percatarse de que llegaban a su parada. Sin más, se giró, y se despidió de él con un prometedor “nos vemos” antes de escapar entre la gente y saltar fuera del autobús como si nada hubiera sucedido.

Un par de semanas más tarde, a la misma hora del sábado, Mónica esperaba de nuevo el autobús nocturno cuando vio venir al mismo chico con el que había practicado sexo en aquel transporte público atiborrado de gente.

Al principio se puso un poco nerviosa: él le gustaba pero no sabía cómo iba a reaccionar después de su último encuentro. No obstante, pronto se le pasó todo cuando observó que se dirigía hacia ella tranquilamente con una sonrisa en los labios.

- Hola, creía que no volvería a verte. Estuve esperándote el viernes y el sábado pasados, y ayer también.

- ¿Y eso?. ¿Es que acaso habíamos quedado?.

- No, pero como dijiste que ya nos veríamos ...

El chico se acercó a ella y Mónica notó un calor intenso que le subía desde los muslos. Podía sentir su respiración en la oreja, cálida, provocándole un estremecimiento en la espalda, en la nuca. De nuevo sus defensas se bloquearon y buscó sus labios ávida de deseo. Él se sorprendió un instante pero enseguida reaccionó y le devolvió el beso con pasión, introduciéndole la lengua y jugando con ella dentro de su boca.

El autobús no venía por lo que esta vez, improvisaron un nuevo tálamo en un pequeño portal a escasos metros de la parada. Ella le introdujo la mano en el pantalón mientras caminaban, acariciándole el pene y completando su incipiente erección. Una vez en el portal, protegidos por la penumbra, él le levantó la blusa y acarició, mordió y lamió sus pechos mientras ella jadeaba de placer que aumentó considerablemente cuando le apretó el clítoris con un dedo mientras le mordía el cuello. Al mismo tiempo, Mónica se metió su dedo corazón en la boca y comenzó a chuparlo con fuerza mientras continuaba masturbándola.

Una luz se encendió en la escalera, dejándoles al descubierto. Aun así siguieron besándose y él no retiró su mano del interior de las bragas. Alguien pasó por su lado, muy cerca y con toda probabilidad se percató de la acción, lo cual aumentó la excitación de Mónica, quien en cuanto oyó cerrarse la puerta de nuevo, se arrodilló y tras liberar su pene del pantalón y la ropa interior, se lo introdujo en la boca casi por completo haciéndole lanzar gritos de placer. Era una habilidad innata en ella muy considerada por sus amantes que apenas lograban contenerse unos minutos ante aquellos labios succionadores y una boca que parecía no tener fondo. Pero esta vez no tenía la intención de provocarle un orgasmo tan pronto, así que cuando presentía que su amante estaba a punto de eyacular, se retiró y apoyándose en la pared, se deshizo de las bragas y le atrajo hacia sí hasta tenerlo dentro.

Aunque la experiencia anal de la vez anterior fue muy intensa, el goce que le producía los envites de su pene en lo más profundo de su vagina, era muy superior. A cada acometida, procuraba contraer sus músculos de modo que la opresión del pene era mucho mayor, muy parecida a la ejercida por su estrecho agujero trasero por lo que el joven amante disfrutó tanto como entonces del encuentro con la ardiente muchacha. Se concentraba para no correrse a la primera de cambio y estar a la altura debida, hasta que ella le susurró al oído:

- No pares que estoy a punto de ... ¡¡ahhh!!- y se convulsionó, presa de unos terribles espasmos durante unos segundos. Él también estaba muy cerca pero ella le detuvo y volvió a metérsela en la boca para que se derramara allí. Como ayuda ante el inminente orgasmo del chico, se las arregló para introducirle un dedo en el ano, detalle que precipitó el disparo del semen contra el fondo de su garganta y un grito de placer que despertó a varios vecinos del inmueble.

Apenas tuvieron tiempo de escapar entre risas ante las amenazas de los inquilinos, y pillar por los pelos el autobús que les volvería a separar unos metros más tarde con la promesa de volver a encontrarse “un sábado de estos”.

Sanke. Año 2003.

No hay comentarios:

Entradas más populares del blog