
No sé por qué pero aquella noche no podía dormir. Estaba intranquila, tenía calor y la cama parecía más incomoda que de costumbre. Así que cuando alguien empezó a hurgar en la puerta de entrada, le oí perfectamente.
Al principio pensé que eran imaginaciones mías, luego, que sería algún vecino abriendo su puerta, pero cuando oí la campanita china de mi puerta, una de esas que cuelgan justo delante y suenan al abrirse, comprendí que alguien había entrado en mi casa. Pensé llamar por teléfono pero el fijo estaba en el salón y el móvil ... en el bolso. ¡Joder por qué siempre lo dejaré ahí!
¿Qué hacer entonces?. Mi habitación no tenía cerradura con llave, vivía en un quinto, si gritaba por la ventana, con los vecinos que tenía, nadie movería un dedo. Decidí no moverme, hacerme la dormida, dejar que robara y ya lo pagaría el seguro.
El ladrón debía saber que yo estaba allí porque no entraba en el cuarto, pese a que estaba revisando cada armario, cada cajón, incluso le oí abrir la nevera. Por fin terminó su trabajo y pensé que se iría. Ya no revolvía nada. Pero no fue así. Sin abrir los ojos, por si acaso me veía en la penumbra, sentí que estaba a mi lado. Sentía su respiración. Estaba muy asustada, no sabía si iba a matarme o si sólo comprobaba que estaba dormida. Cogió el bote de somníferos que tenía en la mesilla y debió pensar que había tomado alguno porque susurró sin miedo a que me despertara:
- ¡Ya decía yo que tenías un sueño demasiado profundo! ¡Cómo os gusta a las tías meteros esta mierda!
A continuación, y ante mi sorpresa (que intenté disimular cómo pude), retiró el edredón de encima de mí. “¿Qué hace éste?” pensé. Pronto lo iba a descubrir. Yo estaba tumbada boca abajo y sólo llevaba puesto una camiseta con lo que quedé totalmente desnuda de cintura para abajo. Entonces empezó a acariciarme muy despacio desde la pantorrilla hacia arriba. Yo no quería moverme. ¿Y si sacaba un cuchillo y me cortaba el cuello? Mejor le dejaba sobarme un poco y ya se cansaría.
Pero no fue así, continuó acariciándome las piernas, los muslos, los glúteos, la espalda hasta que consiguió excitarme. Era una mezcla de miedo y deseo pero no quería que parara. Y no estaba dispuesto a hacerlo al parecer. Su respiración también era agitada ahora. Llegado un momento, me cogió por el hombro y con suavidad, me dio la vuelta, colocándome boca arriba y dejándome totalmente a su merced.
Procuré que la cara me quedara escondida entre las almohadas para que me fuera más fácil fingir que seguía dormida. Él no se preocupó más de eso. Estaba muy ocupado. No podía verle pero seguro que su pene estaba a punto de reventarle la bragueta. Ahora empezó a tocarme los pechos, primero despacio, rozándome tan solo. Pero poco a poco, sus caricias se hicieron más intensas, incluso violentas para acabar retorciéndome los pezones con los dedos poniéndome a cien. Por último, deslizó su mano entre mis piernas y comprobó que ya estaba encharcada.
Me abrió las piernas, se bajó los pantalones y con cuidado, se subió encima de mí con las manos apoyadas en la cama para no aplastarme y que la falta de aire me despertara. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para penetrarme con lo húmeda que estaba y cuando la tuvo dentro soltó un gemido sordo de satisfacción contenida.
Allí estaba yo, con un desconocido violándome, sin poder moverme, y con unas ganas locas de clavarle las uñas en el trasero y apretarle contra mí y pedirle que me la metiera más y más. Pero no iba a hacer nada de eso. No sabía cómo podía reaccionar. Por mucho que me estuviera gustando, no estaba segura de que no fuera a matarme si se sentía descubierto. De modo que opté por seguir quieta, controlando la respiración y disfrutando del momento.
Se movía muy despacio, penetrándome a medias sin querer empujar con fuerza como estoy segura de que desearía; eso precisamente lo hacía aún más placentero porque me hacía ir subiendo paso a paso, aumentando mi ritmo cardiaco, latido a latido. Entonces llegué a un punto de excitación en el que deseaba que me embistiera con todas sus fuerzas, que me la clavara hasta lo más hondo y pese a que continuaba sin moverme, debió notarlo, quizás mi vagina le apretara con más fuerza ahora o los pezones estuvieran más erectos que antes o tan solo que él se encontraba en el mismo punto que yo, lo cierto es que empezó a cabalgar sobre mí con una fuerza brutal, olvidando por completo la compostura que había guardado hasta el momento: ahora sólo había una prioridad en su cabeza y cuando el orgasmo se acerca no queda sitio en ningún rincón del cuerpo para la prudencia. Me agarró los pechos de nuevo, los pellizcó con fuerza sin dejar de acometerme hasta que sus movimientos se convirtieron en convulsiones. En ese momento, entre la tortura a mis pezones y la riada de semen que acababa de vaciar dentro de mí, ocurrió lo que estaba evitando todo el tiempo: tuve un orgasmo tan bestial que no pude contener un “aggggghhh” de placer que escapó de mis labios.
Pensé que me había descubierto, que ahora no podía seguir creyendo que estaba dormida. Por suerte me equivoqué. Sonrió y dijo en voz baja:
- Bonito sueño acabas de tener gracias a mí.
Y sin más, se apartó, salió de la cama y se abrochó los pantalones. Fue al baño, y tuvo la delicadeza de limpiarme la entrepierna de donde empezaba a manar su leche. Luego volvió a taparme con el edredón y se fue por donde había venido.
Seguí sin moverme hasta que me quedé dormida. A la mañana siguiente, pensé que todo había sido un sueño hasta que me levanté y encontré toda la casa, patas arriba.
Sanke. Año 2003.
Al principio pensé que eran imaginaciones mías, luego, que sería algún vecino abriendo su puerta, pero cuando oí la campanita china de mi puerta, una de esas que cuelgan justo delante y suenan al abrirse, comprendí que alguien había entrado en mi casa. Pensé llamar por teléfono pero el fijo estaba en el salón y el móvil ... en el bolso. ¡Joder por qué siempre lo dejaré ahí!
¿Qué hacer entonces?. Mi habitación no tenía cerradura con llave, vivía en un quinto, si gritaba por la ventana, con los vecinos que tenía, nadie movería un dedo. Decidí no moverme, hacerme la dormida, dejar que robara y ya lo pagaría el seguro.
El ladrón debía saber que yo estaba allí porque no entraba en el cuarto, pese a que estaba revisando cada armario, cada cajón, incluso le oí abrir la nevera. Por fin terminó su trabajo y pensé que se iría. Ya no revolvía nada. Pero no fue así. Sin abrir los ojos, por si acaso me veía en la penumbra, sentí que estaba a mi lado. Sentía su respiración. Estaba muy asustada, no sabía si iba a matarme o si sólo comprobaba que estaba dormida. Cogió el bote de somníferos que tenía en la mesilla y debió pensar que había tomado alguno porque susurró sin miedo a que me despertara:
- ¡Ya decía yo que tenías un sueño demasiado profundo! ¡Cómo os gusta a las tías meteros esta mierda!
A continuación, y ante mi sorpresa (que intenté disimular cómo pude), retiró el edredón de encima de mí. “¿Qué hace éste?” pensé. Pronto lo iba a descubrir. Yo estaba tumbada boca abajo y sólo llevaba puesto una camiseta con lo que quedé totalmente desnuda de cintura para abajo. Entonces empezó a acariciarme muy despacio desde la pantorrilla hacia arriba. Yo no quería moverme. ¿Y si sacaba un cuchillo y me cortaba el cuello? Mejor le dejaba sobarme un poco y ya se cansaría.
Pero no fue así, continuó acariciándome las piernas, los muslos, los glúteos, la espalda hasta que consiguió excitarme. Era una mezcla de miedo y deseo pero no quería que parara. Y no estaba dispuesto a hacerlo al parecer. Su respiración también era agitada ahora. Llegado un momento, me cogió por el hombro y con suavidad, me dio la vuelta, colocándome boca arriba y dejándome totalmente a su merced.
Procuré que la cara me quedara escondida entre las almohadas para que me fuera más fácil fingir que seguía dormida. Él no se preocupó más de eso. Estaba muy ocupado. No podía verle pero seguro que su pene estaba a punto de reventarle la bragueta. Ahora empezó a tocarme los pechos, primero despacio, rozándome tan solo. Pero poco a poco, sus caricias se hicieron más intensas, incluso violentas para acabar retorciéndome los pezones con los dedos poniéndome a cien. Por último, deslizó su mano entre mis piernas y comprobó que ya estaba encharcada.
Me abrió las piernas, se bajó los pantalones y con cuidado, se subió encima de mí con las manos apoyadas en la cama para no aplastarme y que la falta de aire me despertara. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para penetrarme con lo húmeda que estaba y cuando la tuvo dentro soltó un gemido sordo de satisfacción contenida.
Allí estaba yo, con un desconocido violándome, sin poder moverme, y con unas ganas locas de clavarle las uñas en el trasero y apretarle contra mí y pedirle que me la metiera más y más. Pero no iba a hacer nada de eso. No sabía cómo podía reaccionar. Por mucho que me estuviera gustando, no estaba segura de que no fuera a matarme si se sentía descubierto. De modo que opté por seguir quieta, controlando la respiración y disfrutando del momento.
Se movía muy despacio, penetrándome a medias sin querer empujar con fuerza como estoy segura de que desearía; eso precisamente lo hacía aún más placentero porque me hacía ir subiendo paso a paso, aumentando mi ritmo cardiaco, latido a latido. Entonces llegué a un punto de excitación en el que deseaba que me embistiera con todas sus fuerzas, que me la clavara hasta lo más hondo y pese a que continuaba sin moverme, debió notarlo, quizás mi vagina le apretara con más fuerza ahora o los pezones estuvieran más erectos que antes o tan solo que él se encontraba en el mismo punto que yo, lo cierto es que empezó a cabalgar sobre mí con una fuerza brutal, olvidando por completo la compostura que había guardado hasta el momento: ahora sólo había una prioridad en su cabeza y cuando el orgasmo se acerca no queda sitio en ningún rincón del cuerpo para la prudencia. Me agarró los pechos de nuevo, los pellizcó con fuerza sin dejar de acometerme hasta que sus movimientos se convirtieron en convulsiones. En ese momento, entre la tortura a mis pezones y la riada de semen que acababa de vaciar dentro de mí, ocurrió lo que estaba evitando todo el tiempo: tuve un orgasmo tan bestial que no pude contener un “aggggghhh” de placer que escapó de mis labios.
Pensé que me había descubierto, que ahora no podía seguir creyendo que estaba dormida. Por suerte me equivoqué. Sonrió y dijo en voz baja:
- Bonito sueño acabas de tener gracias a mí.
Y sin más, se apartó, salió de la cama y se abrochó los pantalones. Fue al baño, y tuvo la delicadeza de limpiarme la entrepierna de donde empezaba a manar su leche. Luego volvió a taparme con el edredón y se fue por donde había venido.
Seguí sin moverme hasta que me quedé dormida. A la mañana siguiente, pensé que todo había sido un sueño hasta que me levanté y encontré toda la casa, patas arriba.
Sanke. Año 2003.
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