
Las aglomeraciones en las grandes ciudades producen una extraña sensación: la de ir caminando entre miles de personas, rozándote con el alma de otros, sintiendo sus vidas al pasar y ... nada más. Te cruzas con alguien, le miras y sientes la certeza de que no volverás a verle, probablemente, jamás. Sin embargo hay ocasiones en las que esta regla no se cumple.
La primera vez que le vi, fue en el Metro, el lugar más común para que te ocurra lo que acabo de describir; era por la mañana temprano, cuando todo el mundo lleva todavía impresa en el rostro, la caricia de la almohada. Entré en el vagón y encontré un asiento libre entre una señora gorda y un obrero con zapatillas llenas de pintura y cemento; había mucha gente pese a ser verano, agosto en concreto, y estar la ciudad semivacía.
Apenas llevaba unos segundos allí cuando empecé a notar una brisa cálida, casi imperceptible, que me envolvía. Pensé que el calor que hacía ya a esas horas de la mañana y el movimiento me estaban mareando ... algo me impulsó entonces a girar la cabeza y mirar hacia mi izquierda hasta chocar con él, o mejor dicho, algo intangible de mi ser chocó con otro tanto suyo y no pudimos despegar nuestra miradas, en todo el trayecto. Sus enormes ojos azules eran como un lago de agua helada en el que estuviera sumergida desde el momento mismo en que le descubrí allí, a escasos metros, apoyado en la puerta. De pronto, el tren se detuvo y se bajó ... Tan solo tuve tiempo de comprobar, una vez que el tren reanudó su marcha, que allí, caminando entre la gente como suspendido del resto, seguía mirándome. Imaginé, claro está, que jamás volvería a verle, y sin embargo, curiosamente, no me afectó demasiado; lo que más conmovió mi alma, fue lo que había sentido, lo que me había hecho sentir aquel chico con tan solo una mirada: No había sido un "flechazo", sino algo más caliente, y no en el corazón, sino en la piel.
Dos meses más tarde, una tarde aún veraniega del mes de octubre, con el incidente más que olvidado, iba paseando por la calle sola y, lo sentí de nuevo: un calor febril comenzó a inundarme desde las rodillas, hasta la nuca. Levanté la vista, para descubrir que, de frente, por la misma acera, venía él. Pasó por mi lado sin verme y cuando se encontraba a unos centímetros, me envolvió con su olor cálido, salado, a piel suave, a cabellos mojados, el aroma de algo delicioso, que me hacía la boca, agua y una ola de sangre cubrió mi cara, mi pecho, mi vientre, rompiendo en mis muslos, encharcándolo todo. Continué caminando, conmocionada, sin saber a dónde iba. La gente me observaba como si llevara algo escrito en la frente, ¿acaso ellos también lo percibían?, ¿no sería que me había impregnado con su olor embriagador y ahora yo misma, lo esparcía?.
Apenas empezaba a recuperarme, y a salir del asombro que me produjo la coincidencia de haberle visto de nuevo, cuando volvió a aparecer como salido de la nada (en realidad había dado la vuelta a la manzana). Esta vez algo en mi mente, reaccionó por mí, impulsó mis piernas y me colocó justo delante de él.
No le dije nada porque en lo único que pensaba era en besarle, en abrazarle, ¡qué sé yo!.
- Te conozco, ¿verdad?.- Comenzó él, al fin, lanzando contra mí su aliento dulce y fresco.
- ¡Ajá!- Fue mi torpe respuesta, mientras asentía con la cabeza, para dar más fuerza a mi media mentira.
De nuevo, me perdí en el azul de sus ojos, comprobando como sus pupilas crecían y unas gotitas de sudor, adornaban su labio superior. Evidentemente, él también lo estaba sintiendo y quizás recordaba dónde me había visto.
- ¿Dónde vas?.
- No sé ... sólo paseaba.- Le contesté echando a andar de nuevo, pero, ahora, con él a mi lado.
Su brazo me rozaba a cada paso, lo descubrió y dejó de balancearlo para abandonarlo allí, junto al mío, haciéndome sudar. Ahora sí que lo veía claro: aquello no era más que deseo, un deseo que había roto las barreras del raciocinio y salía a flote, intenso, liberado, como el de un animal, estimulado por un aroma, el de la piel humana.
Caminamos un rato, sin hablar apenas, diciendo tonterías que no oíamos hasta llegar, de casualidad, a un parque. Estaba lleno de gente que se refugiaba bajo los árboles, del sol terrible.
Nos sentamos en un banco, en el que ya había dos personas, (apenas las vi) por lo que tuvimos que colocarnos muy cerca el uno del otro. Ahora podía verle bien y apreciar todos los detalles de su bonito rostro, enmarcado por un pelo largo, rizado y rubio. En aquel momento, sin añadir nada, nos besamos una y otra vez, de un modo tan ardiente y carnal que los otros ocupantes, huyeron escandalizados.
Al principio, besarle supuso un alivio, una descarga de la tensión acumulada, sin embargo, a medida que el beso se prolongaba, el fenómeno se invertía y las oleadas sanguíneas se sucedieron en ambos, templando, humedeciendo, endureciendo lugares, puntos ... Los abrazos se hicieron más intensos, y aún lo fueron más cuando, cambiando de postura, nos sentamos a horcajadas y nuestras pelvis se unieron como a fuego, obligándome a colocar mis muslos sobre los suyos y a abrir las piernas, totalmente. Tan solo la ropa y la gente, nos impedía entrar en profundidades.
Entretanto, en el fondo de mi mente, la voz casi imperceptible de mi conciencia, se preguntaba: "¿Qué está pasando aquí?", no obstante acabó ahogándose en sangre y hormonas, segundos después. Ahora, despegó sus labios con esfuerzo de los míos, me empujó hacia atrás y se puso en pie de un salto. Me agarró de la mano, tirando de mí hasta casi hacerme perder el equilibrio.
Anduvimos, o más bien, corrimos unos metros por el césped, hasta llegar a un rincón apartado, rodeado por arbustos, ideal para "parejitas" enamoradas, aunque lo nuestro, no era otra cosa que deseo, un sentimiento irracional más propio de animales en celo que de personas civilizadas.
Oscurecía ya, en el instante en que nos tumbamos en el césped. Se colocó a mi lado, se giró y comenzamos de nuevo a besarnos con fuerza, con la diferencia de que, esta vez, las manos entraron en el juego y se fundían con la piel de mis pechos, las suyas, y de su espalda, las mías. Luego bajó y bajó hasta que sus dedos se hundieron en mi sexo, donde apretaron, acariciaron la carne hasta empaparse. Llegados a este punto y con un movimiento casi instantáneo, libró sus caderas del chandal, del slip y entró en mí con la misma facilidad que sus dedos, sin quitarme la ropa interior, tan solo apartándola. Nunca había hecho el amor de aquella forma, nunca había tenido todas aquellas sensaciones tan intensas. Me era imposible diferenciar cuando tenía un orgasmo, de cuando, no, porque desde el momento en que le tuve dentro, los espasmos no dejaron de sucederse. Estaba fuera de mí, absolutamente abandonada a sus embestidas y a los mordiscos terribles que me propinaba en los pezones y me hacían retorcer de placer y dolor al mismo tiempo. Entonces sentí su caliente oleada de vida en mi interior y los espasmos se convirtieron en sacudidas. Jamás me había corrido de aquel modo, incluso me pareció haber perdido el conocimiento, no veía nada ... Luego vino la luz y con ella la razón. Nos miramos brevemente y, avergonzados, nos incorporamos en silencio y cada uno, huyó por su lado ... Entre los árboles, una figura huraña, encorvada, como un duende mitológico, espiaba nuestros pasos mientras se limpiaba con un pañuelo de papel, los restos de su sesión de masturbación. No habíamos sido los únicos en dejarse llevar por la lujuria ...
Sanke. Año 2003.
La primera vez que le vi, fue en el Metro, el lugar más común para que te ocurra lo que acabo de describir; era por la mañana temprano, cuando todo el mundo lleva todavía impresa en el rostro, la caricia de la almohada. Entré en el vagón y encontré un asiento libre entre una señora gorda y un obrero con zapatillas llenas de pintura y cemento; había mucha gente pese a ser verano, agosto en concreto, y estar la ciudad semivacía.
Apenas llevaba unos segundos allí cuando empecé a notar una brisa cálida, casi imperceptible, que me envolvía. Pensé que el calor que hacía ya a esas horas de la mañana y el movimiento me estaban mareando ... algo me impulsó entonces a girar la cabeza y mirar hacia mi izquierda hasta chocar con él, o mejor dicho, algo intangible de mi ser chocó con otro tanto suyo y no pudimos despegar nuestra miradas, en todo el trayecto. Sus enormes ojos azules eran como un lago de agua helada en el que estuviera sumergida desde el momento mismo en que le descubrí allí, a escasos metros, apoyado en la puerta. De pronto, el tren se detuvo y se bajó ... Tan solo tuve tiempo de comprobar, una vez que el tren reanudó su marcha, que allí, caminando entre la gente como suspendido del resto, seguía mirándome. Imaginé, claro está, que jamás volvería a verle, y sin embargo, curiosamente, no me afectó demasiado; lo que más conmovió mi alma, fue lo que había sentido, lo que me había hecho sentir aquel chico con tan solo una mirada: No había sido un "flechazo", sino algo más caliente, y no en el corazón, sino en la piel.
Dos meses más tarde, una tarde aún veraniega del mes de octubre, con el incidente más que olvidado, iba paseando por la calle sola y, lo sentí de nuevo: un calor febril comenzó a inundarme desde las rodillas, hasta la nuca. Levanté la vista, para descubrir que, de frente, por la misma acera, venía él. Pasó por mi lado sin verme y cuando se encontraba a unos centímetros, me envolvió con su olor cálido, salado, a piel suave, a cabellos mojados, el aroma de algo delicioso, que me hacía la boca, agua y una ola de sangre cubrió mi cara, mi pecho, mi vientre, rompiendo en mis muslos, encharcándolo todo. Continué caminando, conmocionada, sin saber a dónde iba. La gente me observaba como si llevara algo escrito en la frente, ¿acaso ellos también lo percibían?, ¿no sería que me había impregnado con su olor embriagador y ahora yo misma, lo esparcía?.
Apenas empezaba a recuperarme, y a salir del asombro que me produjo la coincidencia de haberle visto de nuevo, cuando volvió a aparecer como salido de la nada (en realidad había dado la vuelta a la manzana). Esta vez algo en mi mente, reaccionó por mí, impulsó mis piernas y me colocó justo delante de él.
No le dije nada porque en lo único que pensaba era en besarle, en abrazarle, ¡qué sé yo!.
- Te conozco, ¿verdad?.- Comenzó él, al fin, lanzando contra mí su aliento dulce y fresco.
- ¡Ajá!- Fue mi torpe respuesta, mientras asentía con la cabeza, para dar más fuerza a mi media mentira.
De nuevo, me perdí en el azul de sus ojos, comprobando como sus pupilas crecían y unas gotitas de sudor, adornaban su labio superior. Evidentemente, él también lo estaba sintiendo y quizás recordaba dónde me había visto.
- ¿Dónde vas?.
- No sé ... sólo paseaba.- Le contesté echando a andar de nuevo, pero, ahora, con él a mi lado.
Su brazo me rozaba a cada paso, lo descubrió y dejó de balancearlo para abandonarlo allí, junto al mío, haciéndome sudar. Ahora sí que lo veía claro: aquello no era más que deseo, un deseo que había roto las barreras del raciocinio y salía a flote, intenso, liberado, como el de un animal, estimulado por un aroma, el de la piel humana.
Caminamos un rato, sin hablar apenas, diciendo tonterías que no oíamos hasta llegar, de casualidad, a un parque. Estaba lleno de gente que se refugiaba bajo los árboles, del sol terrible.
Nos sentamos en un banco, en el que ya había dos personas, (apenas las vi) por lo que tuvimos que colocarnos muy cerca el uno del otro. Ahora podía verle bien y apreciar todos los detalles de su bonito rostro, enmarcado por un pelo largo, rizado y rubio. En aquel momento, sin añadir nada, nos besamos una y otra vez, de un modo tan ardiente y carnal que los otros ocupantes, huyeron escandalizados.
Al principio, besarle supuso un alivio, una descarga de la tensión acumulada, sin embargo, a medida que el beso se prolongaba, el fenómeno se invertía y las oleadas sanguíneas se sucedieron en ambos, templando, humedeciendo, endureciendo lugares, puntos ... Los abrazos se hicieron más intensos, y aún lo fueron más cuando, cambiando de postura, nos sentamos a horcajadas y nuestras pelvis se unieron como a fuego, obligándome a colocar mis muslos sobre los suyos y a abrir las piernas, totalmente. Tan solo la ropa y la gente, nos impedía entrar en profundidades.
Entretanto, en el fondo de mi mente, la voz casi imperceptible de mi conciencia, se preguntaba: "¿Qué está pasando aquí?", no obstante acabó ahogándose en sangre y hormonas, segundos después. Ahora, despegó sus labios con esfuerzo de los míos, me empujó hacia atrás y se puso en pie de un salto. Me agarró de la mano, tirando de mí hasta casi hacerme perder el equilibrio.
Anduvimos, o más bien, corrimos unos metros por el césped, hasta llegar a un rincón apartado, rodeado por arbustos, ideal para "parejitas" enamoradas, aunque lo nuestro, no era otra cosa que deseo, un sentimiento irracional más propio de animales en celo que de personas civilizadas.
Oscurecía ya, en el instante en que nos tumbamos en el césped. Se colocó a mi lado, se giró y comenzamos de nuevo a besarnos con fuerza, con la diferencia de que, esta vez, las manos entraron en el juego y se fundían con la piel de mis pechos, las suyas, y de su espalda, las mías. Luego bajó y bajó hasta que sus dedos se hundieron en mi sexo, donde apretaron, acariciaron la carne hasta empaparse. Llegados a este punto y con un movimiento casi instantáneo, libró sus caderas del chandal, del slip y entró en mí con la misma facilidad que sus dedos, sin quitarme la ropa interior, tan solo apartándola. Nunca había hecho el amor de aquella forma, nunca había tenido todas aquellas sensaciones tan intensas. Me era imposible diferenciar cuando tenía un orgasmo, de cuando, no, porque desde el momento en que le tuve dentro, los espasmos no dejaron de sucederse. Estaba fuera de mí, absolutamente abandonada a sus embestidas y a los mordiscos terribles que me propinaba en los pezones y me hacían retorcer de placer y dolor al mismo tiempo. Entonces sentí su caliente oleada de vida en mi interior y los espasmos se convirtieron en sacudidas. Jamás me había corrido de aquel modo, incluso me pareció haber perdido el conocimiento, no veía nada ... Luego vino la luz y con ella la razón. Nos miramos brevemente y, avergonzados, nos incorporamos en silencio y cada uno, huyó por su lado ... Entre los árboles, una figura huraña, encorvada, como un duende mitológico, espiaba nuestros pasos mientras se limpiaba con un pañuelo de papel, los restos de su sesión de masturbación. No habíamos sido los únicos en dejarse llevar por la lujuria ...
Sanke. Año 2003.
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