jueves, 27 de mayo de 2010

Tan solo un roce



Me hace gracia pensar en lo que puede llegar a suponer, un roce.

Tan solo un roce, es capaz de despertar más deseo, más pasiones que muchas otras cosas.

Aún me queman los labios, cuando paso mi dedo por ellos, y pienso en los tuyos, acercándose, pidiéndome tan solo eso, un simple beso.

Un beso que poco después pasó a ser, toda una experiencia de sexo, de sentidos desbordados, sin poder frenarlos.

Te vi alejarte, con tus pasos seguros, pero no tardé en correr tras de tí, con una sola intención, la de retenerte.

Esta vez, el roce llegó más allá de lo que esperábamos.

No existía nadie más que nosotros en aquella sala llena de gente.

Las manos situadas en la cintura y alrededor de tu cuello, mis pies, en la situación de puntillas para poder llegar sin que tu tuvieras que inclinar la cabeza.

Entregándote mi boca entreabierta, para fundirla entre la tuya.

Una lengua intentaba abrirse camino, pero mis labios sólo apretaban cada uno de los tuyos, intentando hacerte llegar toda la intensidad de aquel contacto.

Mis dientes escondidos, asomaron, para mordisquear, la parte central de tu boca, la parte más voluptuosa de la carne de tus labios.

Los hice míos y no dejé que salieras por aquella puerta que se abría y cerraba sin cesar a causa de la célula de contacto.

Agarrados de la mano, esta vez si, sin dejar que te escaparas, te conduje hacia el lugar más escondido de la sala.

Una vez inmensos en nuestra intimidad.

Por fin dejé que una de tus manos ascendiera por mi pierna.

La coloqué yo misma, ya no tenía ganas de esconder, de callar y quería sentirte como hombre.

Apoyada en la pared, tu músculo crecía entre mi vientre y mi mano.

Mis piernas se separaban dando paso a una parte más cómplice de la aventura.

La calidez de tu movimiento entre miedoso y deseoso, encendía más mi cuerpo.

Por lo que una vez más me contraía hacia él.

Marcando en tu piel cada bulto de mi cuerpo, mis pechos duros, apretados contra tu pecho.

Mis pezones, gritando, se contraían y querían salir de la prisión de los sostenes.

Hasta que una de tus manos los liberó sin tener que pelearse con mi sostén.

Tu cabeza descendió hasta ellos, mientras no dejabas de acariciar mis piernas por la parte interior de éstas.

Rozando cada vez más mi sexo.

Sé que traspasaba mi braguita, la humedad de mi deseo.

Mientras mis manos se dedicaban a sacar tu pene de tu pantalón.

Era necesario sentirlo entre mis manos, acariciarlo, y masturbarte, con el propósito de que me lo hincaras en esa postura.

Mi falda, por un lado arrugada dando cabida a tu mano, y por el otro tapando ligeramente, nuestros dedos, nuestras manos que trabajaban sin cesar, quemándonos.

Los labios los unimos una vez más …. era como una señal, los dos estábamos de acuerdo con lo que venía a continuación.

Lo sellamos con el chapoteo de las lenguas enredándose.

Mi cuello se ladeó para que pudieras descender por él, y bajaras tu lengua hasta mi pezón que te lo pedía a gritos.

Un dedo estaba ya situado dentro de mi sexo. Las braguitas apartadas.

Mi mano apretaba tu culo contra mi cuerpo …..

Hasta que gracias a Dios, la penetración no se hizo esperar.

Empujabas, entrabas en mí, y salías, mi cuerpo se agitaba, entre el tuyo y la pared.

Mi mano te adentraba con mi fuerza.

Mi voz te susurraba en tu oreja.

SÏ … más ……. adentro.

Asiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Y podía notar como se contraían tus glúteos al hacer el esfuerzo por penetrarme y entrar lo más adentro posible.

Una vez, hallado el estado máximo de placer, acercaste tu boca a mi oído y situado así, gemías, solo para mí.

Demostrándome, el placer de aquel acto, de tu necesidad por sentirme tuya.

Y lo era, era tuya como nunca lo había sido de nadie.

La electricidad de mi cuerpo, contraía mi sexo.

Los latidos que sin cesar se repetían, comprimían tu pene.

Hasta el punto de llegar a tu orgasmo.

Dentro de mí, de mi cuerpo.

No pares, no dejes de moverte ahora.

Mi vida ya casi llegó.

Mis caderas se agitaron, mis pies temblaban y mi placer dejó caer y resbalar el líquido de mi orgasmo.

Sin dejar de acariciar tus genitales mientras me penetrabas apoyada en la pared.

Una vez saciados, nos miramos, y de nuevo unimos los labios, sellando aquel secreto.

Aquel placer.

Mi sexo late cada vez que te recuerdo, el calor de mis entrañas no cesa y quiero que regreses.

Aún así, te dejé partir, acababa de quedarme con lo mejor de tí, lo mejor que me podías regalar.

Acababa de quedarme, con tu esencia, tu placer y el saber que te sentías tan saciado como yo.

Deseo. Año 2003.

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