miércoles, 5 de mayo de 2010

A solas con su padre



Mi amiga Teresa es una chica preciosa. Siempre que salimos juntas acaba llevándose de calle a los mejores chicos. Y claro ese físico suyo tuvo que heredarlo de alguien. Cuando conocí a su padre, comprendí de dónde venía tanta belleza. Teresa tiene como yo, 19 años y su padre, 43. Es director adjunto de una empresa y el ejecutivo más guapo que he visto jamás. Alto, moreno, con rasgos andaluces y unos enormes ojos verdes, tiene además un cuerpo esculpido con muchas horas de gimnasio. Sólo tiene dos fallos terribles: Está casado y es el padre de mi mejor amiga, ¡qué pena!.

Teresa se ríe de mí cuando le digo que su padre está buenísimo y dice que es un viejo y un aburrido. Pero yo creo que es muy atento y amable y siempre que me topo con él en su casa, me gasta bromas y me mima. Aunque nunca me ha mirado de forma lasciva. Para él sigo siendo la niña de la coleta, que no salía de la piscina en toda la tarde cuando iba a jugar allí.

Los viernes normalmente me quedo a dormir con Tere porque ella tiene coche y la dejan salir hasta muy tarde. El último viernes que dormí allí, volvimos a casa muy pronto. Llovía y nos aburríamos en la disco viendo a los mismos de siempre. Cuando llegamos, su padre estaba en el salón viendo la tele delante de la chimenea. Parecía un poco triste. Había discutido con su mujer. Teresa le dio dos besos y se sentó a su lado para hacerle carantoñas.

- ¿No me das dos besos, tú?- Me preguntó al ver que yo me había sentado en el sillón al otro lado del fuego. Fue la primera vez que noté un brillo en sus ojos distinto. Le di los dos besos y me los devolvió esmerándose en cada uno.

Nos quedamos los tres charlando un buen rato y acabamos hablando de uno de los temas que más me interesan: la historia antigua. A Tere todo esto le aburre así que se fue a la cama y nos dejó inmersos en un debate sobre quienes eran intelectualmente superiores: griegos o romanos.

Al poco rato de quedarnos a solas intenté coquetear con él, así que me senté en la alfombra con la excusa de acercarme al fuego y coloqué los pies sobre el borde de la chimenea, con lo cual la falda se me subió hasta casi las caderas. Faltaba un centímetro para que se viera mi bonito tanga rosa. Él simuló no haberse dado cuenta y continuó hablando como si nada, hasta que poco a poco, la conversación fue girando en torno a la bisexualidad grecorromana.

Ahora sí que se le escapaba alguna miradilla y su frente se iba cubriendo de pequeñas gotas de sudor. Seguimos hablando de orgías, de sodomía, de antiguas técnicas anticonceptivas y el ambiente se fue caldeando. Su mirada iba transformándose: ya no me veía como una niña, sus ojos se clavaban en mis pechos intentando ver a través de la ropa. No puede evitar que se me endurecieran los pezones, así escudriñados y como no llevaba sujetador bajo el top de lycra, el efecto fue visible al instante. Se puso nervioso y se levantó de un salto:

- ¿Quieres una copa?. Yo voy a tomar un poco de brandy para que me ayude a dormir.

Pero yo no necesitaba más alcohol así que rechacé amablemente su oferta aunque cuando volvió a sentarse, le pedí un sorbito para lo que tuve que acercarme desde mi sitio en la alfombra y apoyar el brazo en su muslo. Este gesto fue crucial, ya no me dejó ir. Me retuvo a su lado, recogió la copa que yo le tendía y se bebió el contenido de golpe. Sentí su mano en mi nuca, caliente, reconfortante y acaricié su brazo con mi mejilla, cerrando los ojos. Entonces me besó, de una forma muy casta en la frente, para continuar haciéndolo en mis ojos, en las mejillas hasta que acabó besándome en la boca con auténtica pasión. Creí estar soñando. Con la de veces que había imaginado una escena como esa, convencida de que nunca se iba a hacer realidad.

Le devolví el beso por supuesto, con el mismo ímpetu y para borrar todo tipo de reparo por su parte, llevé su mano hasta mi entrepierna. Quería que me follara enseguida, antes de que Teresa o su madre pudieran bajar y sorprendernos pero él seguía cauto y la dejó sobre mi muslo así que volví a conducirla, me aparté el tanga y le obligué a tocarme, a que hundiera sus dedos en mi rajita empapada, sin dejar un instante de besarle, de morderle la lengua y los labios. Por fin se soltó el pelo, me colocó a su lado en el sofá y llevó mi cabeza hasta su bragueta. Se la saqué rápidamente y metí su miembro, que aún no estaba duro del todo, hasta el fondo de mi boca. Se la chupé con la misma fruición que le había besado. Mientras él, tiró de mi tanga hasta romperlo e introdujo un dedo en mi culo. Yo que seguía siendo virgen por ese lado, emití un gemido de sorpresa que terminó de encenderle. Su pene creció instantáneamente en mi boca hasta producirme arcadas por el gran tamaño. “ Uy, esto está sin estrenar”, susurró con lascivia y sin darme tiempo a reaccionar, me apartó, se puso de pie, me giró en el sofá y se dispuso a penetrarme por detrás. Me opuse, consciente de que iba a ser doloroso pero él me tranquilizó, prometiendo que tendría cuidado y que me gustaría. A la vez, me metía las manos bajo el top y me sobaba los pezones. Mi vagina abierta, ante el roce de su pene, se movía pidiendo un poco de atención y él solícito, me dio gusto hincándomela lentamente varias veces. Era tan enorme que notaba como golpeaba mi útero en cada impulso produciéndome un enorme placer. Soltó entonces uno de mis pechos para clavarme el dedo en un clítoris hinchadísimo. Yo gozaba conteniendo mis gemidos contra el sofá cuando, en un movimiento rápido, me sodomizó de golpe, introduciendo su gigante ariete en toda su longitud. Sentí un fuerte dolor, lancé un grito ahogado sobre el cojín y apreté involuntariamente. Emitió un gruñido sordo de puro gusto ante mi acción y lejos de detenerse, dijo "ya ha pasado lo peor ahora te va a gustar” y comenzó a cabalgarme sin compasión, rompiendo mi culo virginal aunque sin descuidar mi clítoris. Dolía mucho, en efecto pero también comencé a experimentar un placer distinto, muy profundo, mezclado con el daño que me hacía y que extrañamente lo aumentaba, hasta que por fin se corrió dentro de mi recto, haciendo arder mis heridas y provocándome un orgasmo tal que hasta me hice pis sobre el sofá de cuero y la alfombra.

A continuación, avergonzada y dolorida, me coloqué la ropa y me fui a casa sin mirarle siquiera. No lo niego, me gustó, pero nunca más he vuelto a casa de Teresa.

Sanke. Año 2003.

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