miércoles, 5 de mayo de 2010

El secreto para seducirla



Ella es una chica peculiar, lo supe desde siempre y más aún cuando presencié una de sus sesiones de masturbación desde mi ventana. Tiene un cuerpo increíble, con piernas largas, tetas duras y más curvas que una carretera de montaña, además de una cara preciosa, pero es tan fría y esquiva con los hombres que todos pensábamos en el barrio que era lesbiana.

Por los cotilleos del vecindario, me enteré de que no tenía novio, de que rechazaba a todos los tíos que se le acercaban y que nunca se le había conocido una relación amorosa de ningún tipo. Pero para mí era un motivo para levantarme de la cama cada día, saber que iba a verla unos minutos, cuando entrara en su despacho, única habitación de su casa que veo desde la mía.

Como decía, una mañana miré como siempre hacía la casa, aún a sabiendas de que a esas horas, nunca entraba en el despacho. Solía hacerlo antes de dormir, cuando se sentaba unos minutos delante del ordenador, imagino que a revisar su agenda para el día siguiente. Sin embargo aquella mañana sí entró y como en mis mejores sueños, ligera de ropa: llevaba un camisón de raso muy corto y escotado, que apenas conseguía sujetar sus pechos juguetones, cuyos pezones se clavaban en la tela. ¡Qué visión!. Aún la tengo grabada en la retina.

Se movía de un lado para otro, como si buscara algo, que al fin encontró en un cajón de su escritorio. Parecían un par de esos clips metálicos en forma de pinza para sujetar hojas o revistas. Una vez los tuvo en su poder hizo algo que me heló la sangre y me produjo una tremenda erección al mismo tiempo: Se sentó en el borde del escritorio de frente a la ventana, ajena a su oculto espectador, se bajó el camisón hasta la cintura y ... ¡oh sorpresa!, se colocó un clip en cada pezón. Aquello debía doler, pienso yo, pero a ella parecía gustarle aunque su cara era una mezcla de ambos sentimientos.

Con los pezones atrapados por el metal, su excitación debió elevarse hasta las nubes porque a continuación, abrió las piernas, puso cada pie en una esquina de la mesa y empezó a masturbarse con ansiedad. A cada movimiento de sus caderas, las pinzas saltaban arriba y abajo y con ellas los pezones, haciendo que enloqueciera más y más y que aumentara el ritmo y la fuerza de sus movimientos, hasta que paró de golpe y vi como se relajaba en un orgasmo. ¡Joder, y yo, allí inmóvil para que no me descubriera!. Acto seguido se quitó las pinzas, se masajeó los pezones para que recuperaran el riego sanguíneo y se fue sin más. Necesité tres pajas para recuperarme de lo que acababa de ver.

Decidí que tenía que conocerla, como fuera y me dejé arrastrar por mi “cerebro” hasta su casa. Y justo cuando iba a salir del ascensor, me di de bruces con ella. Sin mirarme me preguntó si bajaba y dije que sí.

Le hice una pregunta estúpida para romper el hielo y ella viéndolas venir, puso su peor cara y se preparó para lanzarme una de sus hirientes frases "espantahombres”. No le di tiempo para ello, ante el fracaso inminente, estiré el brazo con rapidez y le retorcí el pezón derecho con fuerza a través de la camiseta y el sujetador deportivo. No sé por qué lo hice. Fue un impulso, casi un reflejo.

Primero se sobresaltó, perpleja por mi osadía, y se quedó paralizada unos segundos. Entonces justo cuando esperaba oír sus gritos pidiendo auxilio o recibir una bofetada, la vi sucumbir al deseo. Fue como pulsar un interruptor. Emocionado, por mi astucia y mi buena suerte, me hice con el otro pezón, lo torturé de igual manera y acabé con la última brizna de resistencia que pudiera quedarle. Entonces ya gemía y se retorcía contra la pared de espejo. En un tris, se quitó la camiseta y el sujetador y me rogó que se los mordiera, una y otra vez, cosa que hice con auténtico placer hasta que casi sangraban deleitándome con su sabor salado, penetrante, único. Estaba fuera de sí, como una gata en celo, se subió la falda, me desabrochó el pantalón y un instante después follábamos como locos de pie en el ascensor sin ni siquiera dar al botón de parada, expuestos a que en cualquier momento alguien nos sorprendiera en plena acción. En ningún momento me permitió dejar de castigarle los pechos hasta que estalló en un orgasmo terrible que provocó que yo también me corriera dentro de ella.

Fue una locura memorable e imprudente pero me abrió algo más que las puertas de su casa. Todavía hoy soy sus “pinzas” y espero que por mucho tiempo, tan sólo por ser el único capaz de “adivinar” su secreto.

Sanke. Año 2003.

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