lunes, 31 de mayo de 2010

Que bien mamas puñetera



Ya no soy niña niña, pero tampoco hace mucho que lo fui y como tal viví mis años de sueños, el despertar de mis hormonas.

¿Quién no ha tenido alguna vez que pasar el verano en la playa compartiendo apartamentos minúsculos con la familia? Entre ellos primos, tíos, etc.

Pues yo fui una más.

Deseando que llegara el caluroso agosto para perderme en la playa de algún lugar donde lucir mi cuerpo de niña a mujer en pleno cambio y apogeo.

Lógicamente mis padres no dejaban que se me acercara una mosca, pero de eso me encargaba yo, no somos ni son y ni serán tontos los adolescentes.

Podíamos parecer ingenuos, pero de eso nada.

Un día en el que me atraía mucho mi primo Ivan, el cual era un año menor que yo, pero con un cuerpo lleno de hormonas y en su plenitud, pero te estoy mintiendo …

¿Para qué engañarte?, a mis 18 años recién cumplidos estaba cansada de hacer mamadas, algún polvo rápido y poco placer, solía masturbarme y cansada de las eyaculaciones precoces que sólo acababan en saciedad y buscando mi placer al llegar a casa, entre mis sábanas y con mis manos.

A mí quien me atraía era su padre, maduro unos 40 años, seguro de sí mismo, y ese verano en concreto me dediqué a adorarlo, de manera que el cariño de sobrina se transformó en algo más.

Era deseo de una mujercita que tenía sus encantos a flor de piel.

No era sencillo encontrarme con él a solas, tenía que batallar con toda una familia, que él se dejara.

Pero me las ingenié.

Una mañana en la que unos hacían planes para ir de compras y otros para ir a la playa, yo decidí que amanecería con un dolor intenso de cabeza sabía que a él no le gustaban las compras y que intentaba dormir mucho, su lema es que estar de vacaciones era destrozar el colchón.

Cada cual se fue para donde quiso menos yo y él ya que él dormía.

Me coloqué en el baño esperando que se levantara, me pasé una hora entera, desnuda en silencio, intentando escuchar un indicio de su despertar, hasta que por fin sus pasos me indicaban que se acercaba.

Él se suponía solo, por lo que entró en el aseo sin llamar yo hice como si me desnudará para ducharme, pero me quedé perpleja al ver el tamaño de su verga con la trempera matutina.

Entró medio dormido y al verme con la verga en su mano dispuesto a descargar todo el aguante de la noche me pidió perdón, yo tapándome con la poca ropa que había (y con mucha puñetería) le dije que no pasaba nada, que la culpa era mía por no poner el cerrojo, pero que mi dolor de cabeza no me había permitido pensar en ello, que meara sin problemas al fin y al cabo era su sobrina, no había nada de malo.

Él descargó su orín guardado sin quitarme el ojo de encima, yo notaba como mi coño se humedecía, su mirada me excitaba tanto como a él pues su pene no bajaba.

Entonces intenté pasarme un poco de crema protectora por la espalda, y al no llegar, le pregunté si él podría ponérmela, aceptó, como no.

El contacto de sus dedos sobre mi espalda, rozando mi cintura, mojando mi piel con la crema que hacía que se calentara mi piel, esparciendo cada gota de blanca crema haciéndome imaginar que era su leche.

Me sentía excitada, necesitaba más, por lo que me di la vuelta y le dediqué mi mejor posición de pechos para que continuara, de esa forma sus manos no dejaron mi cuerpo sin protección.

Cada vez tenía más claro que tenía que hacerlo mío, necesitaba una verga dura, que aguantara, que supiera lo que hacerle a una mujer, le deseaba, hasta que se lo dije, siendo consciente de que eso podía ser una bofetada o una contestación mala.

Muy a contrario, comenzó a adelantar sus actos metiendo sus dedos por entre mis muslos hasta entonces cerrados el uno contra el otro, yo los abrí esperando el contacto, me sentí húmeda, mojada, más que nunca.

Sin dejar de acariciarme me dijo que estaba caliente y él tenía el remedio, pero que tenía que ser nuestro secreto.

Con esas palabras y sin querer me dio a entender que para él continuaba siendo una niña.

No pude responder, sólo gemía, mis piernas se abrían dejando que él se acercara con su lengua intentando apagar mi fuego.

Cada vez la penetraba más, hasta que le dije que necesitaba algo más profundo para apagar el calor que sentía ya que me nacía en mis entrañas y que su lengua no llegaba hasta allí.

Sin prensárselo, imagino que él no sabía las mamadas que yo era capaz de hacer, me penetró, apoyada en la pared, mi espalda rozaba con los azules azulejos, mientras ya penetrada saltaba a la vez que él entraba una y otra vez.

Así estuvimos un rato, sus manos se dedicaban a mis senos, su lengua entraba a formar parte de mis rosados pezones, y continuaba bombeando, mi placer estaba servido, acostumbrada al poco aguante de los chicos de piedad con él llegué a saber que era el placer, me humedecí, mientras el líquido resbalaba por mis piernas, temblé entre sus brazos y entonces él se apartó y comenzó a agitarse el pene con sus manos, yo le aparté y sacando mi lengua la pasé por su glande que olía a mi sexo.

Lamí y mostré mi lengua agitada, la pasé por la punta y me metí por completo el pene en la garganta, entonces él agarrando mi cabeza comenzó a soltar chorros en mi cara, mientras mis ojos se cerraban para no dejar entrar una gota en mis pupilas, mi boca estaba llena, y tragué hasta sentirme llena y complacida.

Al acabar, me di cuenta de la mirada de mi tío.

Ahora ya no me miraba como a una niña, ya era una mujer.

Solo dijo, que bien mamas puñetera.

Deseo. Año 2004.

No hay comentarios:

Entradas más populares del blog