
El centro de mi relato es sencillo, necesitaba descansar, mirando revistas, encontré un lugar no demasiado alejado, en plena naturaleza donde te ofrecían toda clase de técnicas de relajación, masajes estancia y las comidas.
Llamé, el precio no me pareció nada abusivo y decidí por una vez en mi vida disfrutar de un fin de semana para mí solo y con otra forma de ver la vida.
El primer día lo pasé entre el pequeño pero natural lago y la cama, necesitaba dormir, poco después sentí hambre y me acerqué a la sala que era el comedor para llenar el estómago, el lugar disponía de casetas de campo, por lo que no teníamos la necesidad de cruzarnos continuamente, me sentía independiente, libre.
Una vez en la mesa, mis ojos descubrieron un grupo de chicas, entre ellas destacaba una en especial, esa noche soñé con su melena, con sus manos, sus gestos y amanecí mojado como cuando era un adolescente.
El resto del día me dediqué a buscar esa predecía, esos ojos, pero durante la mañana no la encontré.
Después de comer, y durante mi salida, ella entraba, decidí esperar afuera como si mirara el paisaje hasta que ella salió, se acercó a mi lado a disfrutar del acantilado bajo nuestros pies, y así comenzamos a hablar, era muy inteligente.
Le pedí que me acompañara hasta mi cabaña, tenía unas notas y libros sobre temas interesantes, ella mirándome aceptó, sus compañeras esa tarde decidieron acostarse un poco.
Una vez dentro, se sentó mientras yo rebuscaba entre mis cosas, de reojo espiaba sus movimientos, el solo verla sentada cerca de mi cama, me excitaba.
Sus piernas, largas, fuertes, sumadas al ligero sueter sin mangas que me mostraba la desnudez de sus pechos marcando los pezones, me ponían a mil, pero no era el momento de lanzarme.
Por fin encontré el libro que tanto buscaba, me asenté a su lado y con el pasar de las hojas llegó un momento en el que nuestros dedos se rozaban, mi pene estaba oculto por el libro, menos mal, porque el tamaño era excepcional, no sabía si salir a la calle, o esperar a que ella se fuera para degustar una de mis mayores pajas.
Pero entre ese vaivén de manos, los ojos, las miradas clavadas, el calor, el lugar donde estábamos, sin apenas darnos cuenta, porque no sé a ciencia cierta quien dio pie a quien, nos encontramos intercambiando algo más que palabras, eran los labios, las bocas, las lenguas.
Después ya pasamos a mayores, la situación era como en un cuento, muy romántica, nada cursi, pero excitante.
Mis manos entraron por entre sus piernas, intentando hacer un hueco entre su pantalón y su piel, me era muy difícil.
Ella estaba tan ardiente como yo, ya que se lo quitó y así aceleramos el trabajo, mi verga comenzaba a dejar escapar su líquido, mi boca no se separaba de la de ella, necesitaba ese contacto, como si temiera que al separarme desapareciera.
Entre tanto intercambios de salivas, las manos no paraban, mi verga creció aún más al notar el tacto de sus manos que la masajeaban.
Entonces me decidí a hacerla mía, entregando mi boca a los placeres de su sexo, el olor a éste me encendían más, mis dedos la penetraban mientras mi boca la hacía gemir, sus manos no dejaban mi sexo quieto, de manera que aceleró mi deseo por poseerla.
La tumbé sobre mi colchón, mi boca dejó su sexo y sus jugos para aferrarme y mamar de sus senos, estábamos tan excitados que no apartamos más ropa, ella se agitaba entre mis brazos, hasta que se acercó hacia mi sexo y lo lamió mientras me miraba con ojos de fiera.
Esa mirada, ese contacto, el olor a sexo que nacía y crecía de nuestros cuerpos inundando la habitación.
Notaba como sus labios se aferraban a mi pene, para chuparlo, sus dedos perfilaban mis venas mientras pellizcaban mis genitales, mi cabeza no podía sostenerse y mi boca soltaba ruidos parecidos a gemidos, mientras intentaba pronunciar su nombre, entonces me di cuenta de que no sabía como se llamaba, pero no era el momento de preguntarlo.
Dejé que chupara mi verga hasta que comencé a notar las convulsiones previas a mi orgasmo, tuve que retenerme, quería poseerla, entrar en su cuerpo, amarla mientras la adoraba, era perfecta.
De manera que con mis manos le aparté la cabeza acercándome y besado esos labios con aroma a mi sexo, le introduje la lengua, los dedos hasta que ella se retorcía, entonces, con toda la suavidad que sé, la penetré, mirándola, no dejé de hacerlo, necesitaba verla, ver su cara, su expresión.
Noté como la penetraba, como mi verga, pasaba por su recinto forzoso, apretado, eso me daba mucho placer, comencé a bombear, una y otra vez, su espalda se arqueaba, hasta colocarse a mi altura para después dejarla caer.
Necesitaba estallar, pero también quería que ella disfrutara, no podía aguantar más, por lo que intenté salir un momento, los pies de ella aferrándose a mi trasero me empujaban hacia dentro.
Entonces recuerdo su voz al decirme:
No salgas, háztelo, necesito sentir el calor de tu chorro bañando, necesito sentirte, estoy al borde.
Eso fue demasiado, estallé sin control, y ella tras de mí, los dos nos agitamos semidesnudo sobre mi caza.
Mi semen llenó sus entrañas, mientras que a la vez se deslizaba por nuestras piernas.
Después, unidos nos quedamos dormidos.
Esa misma tarde se mudó de cabaña, nos amamos a todas horas, dejó a sus amigas, y pasé los dos días más inolvidables de mi vida, después ella se fue por su lado y yo por el mío.
Ahora sé su nombre, pero nada más, por mi parte, a menudo al recordarlo se me escapa una lágrima, porque fue algo más que una simple aventura, fue algo más que un fin de semana de sexo, dejó huella en mí.
Deseo. Año 2004.
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