domingo, 30 de mayo de 2010

Nadie es un juego, ¿o sí?



Digamos que soy una mujer más, como tantas, miles de nosotras nos consumimos en casa, siendo fieles, mientras que nuestra pareja para lo único que nos necesita es para desahogarse una o dos veces por semana, sin importarle en absoluto como te hayas quedado tú.

Por lo tanto, este es un relato dedicado a mujeres.

Digamos que es mi experiencia, y he pensado en ayudar a las que estén hartas de sentirse esclavas, usadas, utilizadas y poco valoradas.

Yo soy una de tantas, no soy fea, tampoco una belleza en potencia, ya que gracias a Dios, la perfección no existe.

Pero, he de reconocer que levanto miradas a mi paso, la gente que me conoce lo sabe, soy simpática abierta, y el defecto es estar casada con la persona equivocada.

Cansada de sentirme una más, la que está en la cama cuando él lo necesita, la que lava y mantiene la casa al día, a parte de trabajar mis ocho horas.

Cansada de que por ser la mujer tengo que asumir en hacerlo todo y no poder quejarme.

Harta de que jamás se me dedique una bonita frase o un detalle, por pequeño que sea, un buen día, después de llorar como solía hacer a menudo, en silencio, callada, a solas, me miré al espejo.

Mi cuerpo es bonito, tengo curvas, mis ojos, son muy sensuales, tengo una mirada impresionante.

Decidí salir a la calle, dejar las camas, la comida, la faena, y sacar partido de mi cuerpo, intentar sentirme satisfecha, llena y una mujer por unas horas.

Me vestí dedicando un poco más de tiempo, me pinté como suelo hacerlo cada día, en mi apariencia nada hacia sospechar que por dentro era diferente.

Salí a la calle, subí a mi coche y me dirigí a otra ciudad.

Allí nadie me conocía.

Decidida, me senté en un bar a tomar un café, no tardaron en llegar las miradas, una revista era mi única compañera, mis ojos la leían sin prestarle demasiada atención.

De vez en cando alzaba mi vista y sonreía a la mirada que me estaba desnudando en aquel momento.

No tardó en sentarse a mi lado un chico, más o menos de mi edad, con una tonta excusa, lo cierto es que lo estaba esperando.

Comenzamos a hablar, no quería parecer una persona fácil, no lo he sido nunca.

Su compañía me gustaba, nos reímos, compartimos ideas y para poner un poco de intriga, me despedí mirando con prisa mi reloj.

El chico, me dio el número de su móvil.

Estaba segura de que lo haría, la verdad, su compañía me gustaba, era guapo, atento, y yo tenía y tengo claro lo que buscaba.

Prometí llamarlo si regresaba.

Tardé unos tres días en hacerlo, me estaba haciendo la importante, y de paso al llamar pasados esos días, sabría si se acordaba de mi o simplemente era una más.

Nada más saludarle, me llamó por mi nombre, eso me indicó que me estaba esperando, que mi presencia le dejó huella.

Quedamos para esa tarde, y nos reunimos.

Llegué tarde unos cinco minutos, cosa rara en mí, ya que amo la puntualidad, pero tenía que hacerme esperar.

Nos saludamos con un beso, y comenzamos otra charla esta vez mucho más profunda.

Llegamos a tocar muchos temas, hasta que le conté que a parte de trabajar me gustaba mucho escribir y que era autora de relatos eróticos.

Noté como sus ojos me miraban incrédulos.

Por lo que en forma de conversación comencé a relatar lo que me venía en mente como si en ese momento estuviera delante de este ordenador.

Sus ojos me miraban asombrados, su sexo crecía, cada vez más hasta que no pudo ocultarlo y me lo dijo. Yo era consciente de lo que está haciéndole, y continué.

Llamémosle, Juan, no pudo más y me pidió mi cuerpo.

Por primera vez en vida acepté a otro hombre que no era mi marido.

Estoy segura de que él me es infiel, y yo soy de carne y hueso.

Me llevó hasta su casa, una vez dentro, nos besamos como niños, como si fueran nuestros primeros besos, la pasión nacía, me sentía en la pubertad otra vez.

Estaba excitada, como hacía tiempo que no lo había estado, Juan, me agarró en brazos, (el sueño de toda mujer) y así besándonos, me llevó hasta su cama, donde sin soltarme me colocó sin dejar de besarme.

Esta vez, y lo tenía claro yo era la que iba a disfrutar del sexo.

Me entregué a él, dejé que chupara mi cuerpo de mujer, comenzó por los dedos de mis pies, sentí como el calor del que tanto se habla comenzaba a asomar por mis entrañas, la humedad de mi sexo se hacía latente al escuchar los chasquidos de éste en cada uno de mis movimientos.

Su lengua recorrió cada parte de mis piernas, para pararse en mi monte bien depilado, lo pasó por alto y se detuvo en mis pechos.

Estaba excitada, era mi turno, tenía que demostrarle que sabía lo que hacía, quería que me viera como a una mujer, una gran mujer.

Y así lo hice.

Me entregué en cuerpo y alma, empecé por su nuca, mientras mis pezones dibujaban su espalda, mi lengua recorría su cuello, así que cada vez que yo bajaba mis pechos estaban más abajo, mis manos agarraban su pecho mientras mis dedos tocaban sus pezones que endurecían al contacto.

Hasta llegar a su pene, grande que ya daba muestras de lubricarse.

Arrodillada en su espalda, le entregué mi lengua para que las salivas se hicieran una sola.

Mis manos, estaban en sus genitales.

Me moví para entonces colocarme delante de él, y sin dejar de mirarle a los ojos, le mostré mi boca, mi lengua, y lentamente, le mostré como me la introducía por ella.

Mientras mis labios se adentraban mi lengua acariciaba su glande, morado, podía tocar y contar sus venas.

Dejé ese sexo para meterme un testículo en la boca, con la lengua lo paseaba de un lado a otro de mi boca.

Él suspiraba, tranquilo relajado, sin brusquedad, estaba bien, excitado, pero tranquilo yo con mis caricias, le daba tranquilidad, eso me gustaba.

Entonces, le ofrecí mi sexo, hasta entonces sin explorar por él, dejé que me chupara, lo deseaba, mi cuerpo temblaba como el de una niña.

Sentí el contacto de una lengua en mis labios, el calor del aliento en mi clítoris, necesitaba una descarga eléctrica a modo de lengüetazos que él me ofreció sin tener que pedirlos.

Cuando mi sexo estaba apunto, me asenté sobre él, mientras que con mis manos mantenía su espalda recta, con el fin de que al penetrarme me diera el roce con su vientre en mi zona más sensible.

Sentí como sus testículos palmeaban en mi trasero, noté a cada momento el roce que necesitaba para poder tener mi orgasmo.

SÍ, mi orgasmo, aquel que hacía años que no sentía.

Entonces, mientras mi mano agarraba uno de sus huevos y mi lengua lamía uno de sus pezones, me avisó de que estallaba, yo salté más, con más fuerza, con furia, a la vez que comprimía mi raja, y le amenazaba con dejar sin aparcamiento a su pene.

Eso fue demasiado para él y noté el calor de su leche en mis entrañas, me agité mientras gemía tal y como sé que le gusta escucharlo a un hombre, hasta que él aflojó su paso, entonces me dediqué a mi, sin dejar que sacara su sexo del mío, salté, ondeé mi cintura, rocé mi clítoris, dibujé círculos, salté y encontré lo que buscaba mientras que mi mirada lo desafiaba.

Me llené del calor amargo que tanto placer me daba y que apenas recordaba.

Disfruté cada segundo que duró.

Me regocijé saltando, y girando sobre ese pene que ahora me pertenecía.

Cuando acabamos, nos vestimos, abrazados durante unos minutos me preguntó si nos volveríamos a ver.

No hubo respuesta, Juan, no sabía nada de mí, ni mi verdadero nombre, nada.

Yo me sentí mujer por unas horas, y tomé una decisión.

Quiero ser mujer, pero con el mimo que me merezco, con las caricias, me he planteado muchas cosas.

Una de ellas es ayudarte a tí, si eres hombre a que valores lo que tienes y si eres mujer y te sientes como yo, a que salgas de tu escondite, ninguna flor florece a oscuras, necesita aire, Sol y una bonita palabra para sacar todo su colorido y su aroma.

De Juan, no sé nada, sólo que me busca, que espera una llamada.

Lo siento por él, al fin y al cabo es un hombre, otro hombre más, uno de los que cuando ya te tienen te olvidan.

Deseo. Año 2004.

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