
Somos mayorcitos, ¿para qué andarnos con rodeos?
Me llamo Juanmi, tengo 32 años, estoy casado con una de las maravillas del mundo, el cuerpo de Daniela, mi mujer, le quita el hipo hasta a los ciegos, además de ser cariñosa, dulce, guapa, total, una mujer de bandera, a la que no le quito el ojo de encima.
Con ella tengo sexo cada noche, pronto pensaremos en tener descendencia, pero por ahora, disfrutamos y realizamos fantasías.
Una de ellas, fue inesperada, normalmente las planeamos de manera que los dos estemos de acuerdo.
Yo conservo grandes amistades de mi época de estudiante, hace cosa de un mes, recibí una llamada que me alegró, ya que aquella voz hacía años que no la escuchaba, era Marcelo, un compañero que me comunicaba que venía a nuestra ciudad a pasar unos días, y me preguntaba si podíamos quedar.
Miré a Daniela, con la mirada ella sabía perfectamente lo que le quería preguntar y asintió con una sonrisa.
Le pedí a Marcelo, que pasara esos días en casa, así se ahorraría unos billetes, e incluso le comenté que intentaría pedir algunos días libres para poder estar juntos.
Sin más nos despedimos hasta su llegada.
En el trabajo me debían muchas horas, por lo que no fue difícil conseguir dos días de fiesta.
Estamos en verano, por lo que el mismo día que Marcelo llegó, pensamos en ir a la playa, a él le gustaba mucho y donde vivía estaba muy lejos del mar teniéndose que conformar con la piscina.
Tras los besos y las presentaciones, (me di perfecta cuenta del estado hipnótico que Daniela, causaba en él), nos dispusimos a ponernos los bañadores y salir camino a las cálidas arenas y el verde mar.
Daniela, con ese cuerpo, y su minúsculo bikini que resaltaba su perfecta figura, me excitaba y eso que es toda mía, por eso me hago la idea de lo que puede pasar cuando otro hombre la ve por primera vez.
Los ojos de Marcelo eran una constante lucha por apartarse del cuerpo de Daniela, esa situación me excitaba más todavía, el ver como mi mejor amigo la devoraba, me envidiaba, se la comía con la vista, y a Daniela no le parecía desagradable le sonreía y coqueteaba con toda naturalidad.
Pasmos la tarde hablando, bañándonos y en fin una tarde de playa.
Llegamos a casa, dispuestos a ducharnos y salir a cenar fuera, la noche era joven, como nosotros y era una ocasión especial.
Si Daniela era espectacular en bikini, mejor no te cuento como estaba con aquel TOP de gasa trasparente, y la minifalda que resaltaba sus piernas, deseando que subiera un poco para ver lo prohibido, mientras las pupilas se perdían en el bronceado de su piel.
Noté como el estado de Marcelo subía, y no veas de que modo.
Salimos, cenamos, mientras mis manos pasaban por debajo de la mesa y metía uno de mis dedos por la estrechez de la falda de mi mujer, sé que eso la ponía, me encantaba excitarla, calentarla y así al llegar a casa, fundir nuestros cuerpos como si fuera la primera vez.
Acudimos a una sala de baile, pero Marcelo, no vio nada que le llamara la atención, era tarde, salimos de regreso a casa.
Cuando los ojos de Marcelo, se ausentaron por un momento del cuerpo de mi mujer, le dije a Daniela, lo mucho que le excitaba a Marcelo, mirarla, y lo excitado que estaba yo de ver con orgullo, que era la envidia de todos, seguro que esa noche Marcelo se pajearía pensando en el cuerpo que era mío.
Llegamos a casa, nos pusimos cómodos y nos apeteció tomar una copa antes de acostarnos, Daniela, se cambió, quitándose los tacones.
Hasta con ropa de ir por casa, excitaba a las piedras.
Mientras hablábamos, mi mano no dejaba de acariciar la piel de mi mujer, ella se excitaba, tal y como dejaban ver sus pezones endureciéndose, Marcelo, excitado miraba la estampa sin poder apartar la vista.
Le pregunté a Daniela, si le apetecía tener relaciones esa noche, colorada mirando a Marcelo, respondió que como cada noche, no podría vivir sin el sexo.
Eso significaba que aceptaba que Marcelo, formara parte en nuestro ritual.
Mirando el estado de su entrepierna decidí que era hora de que dejara de sufrir, ofreciéndole uno de los pechos de Daniela, para que mamara de ellos.
Con los ojos como platos, se acercó, nos miró y se abalanzó sobre su presa, lamiendo aquella parte dura, mientras yo ya le tenía los dedos metidos en su raja.
Marcelo, lamía, chupaba, y tocaba, los pechos de Daniela.
Le dejé paso, y se adentró por el clítoris mojado mientras que las manos de ella, manoseaban la verga desconocida.
Mi boca estaba en el culo, metía mi saliva por su raja, con la idea de precalentarla.
Marcelo, se acostó, incitando a Daniela a que se acoplara sobre él, la penetró ante mis ojos, me excitó mucho ver con pelos y señales como entra una polla en la raja de una mujer.
Daniela cabalgaba sobre el cuerpo de Marcelo, yo miraba, mientras mantenía mi verga a punto.
Cuando noté que el culo de Daniela, estaba a punto, mojé con mi saliva la punta de mi polla, y saltando sus movimientos la penetraba lentamente, ella rebajó el ritmo, hasta que mi glande le coronaba el ano, comenzó a gritar de placer.
Mi polla entraba cada vez más, nos costaba movernos, pero he de decir que el poco espacio que nos quedaba, hacía que aquel estado de morbosidad aumentara nuestros deseos.
Los tres gemíamos, dudábamos.
Noté como Daniela, se corría tres veces en poco espacio de tiempo, sin dejar de penetrarla.
Con sus gestos me indicó que saliera, y al hacerlo también ella saltó del cuerpo de Marcelo, se arrodilló delante de nosotros y agarrando una polla con cada mano, hizo que nuestros glandes chocaran.
Esa sensación, no la había tenido nunca, me gustó, unida al calor de su lengua que se repartía entre la polla de Marcelo y la mía.
Daniela, sabía cuando uno estaba a punto, y oprimiendo su mano frenaba la corrida, haciendo que el placer fuera más intenso, tenía tal dominio, que entre sus lengüetazos, manoseos, estirones, pellizcos, no tardamos en llegar a nuestro orgasmo a la vez.
Dos pollas escupiendo chorros al unísono, la cara de Daniela, empapada de leche chupando con la lengua nuestras puntas, refregándolas, tragando los líquidos, llegando con su húmeda hasta nuestros huevos, mientras escurría con las manos las pollas que aún estaban grandes.
Marcelo y yo, estábamos exhaustos.
Daniela, se dio cuenta y frenó lentamente.
De manera que nos dejó dormir, pero por la mañana, una mano nos despertó mientras nos manoseaba las pollas otra vez.
Daniela, pedía guerra.
Comenzó a chupar, lamer y lo demás imagínatelo.
Puede que te lo cuente en otra ocasión, el caso es que en tres días, se puede decir que casi que no salimos de casa, las esculturas y monumentos pueden verse en fotografías, pero lo que los tres sentíamos, no tenía espera.
Deseo. Año 2004.
No hay comentarios:
Publicar un comentario