sábado, 29 de mayo de 2010

Los locos del chat



No quiero entrar en estadísticas, pero la verdad, el porcentaje de gente con Internet es muy elevado, y sin contar los que se conectan desde un cíber.

Bueno, esta es la historia de un chico más, en una sala de chat, no diré el nombre para que no se sepa de quien se trata.

De más está que mucha de la gente se identifica con cifras, que suelen ser fechas o años, a mí me gustan las mujeres, mujeres, cuando vi que un nombre tras un espacio le continuaba el número 39 me adentré en una sala privada, necesitaba saber de ella.

Era mujer, bien pensé, tenía 39 años, casada, pero cansada de lo mismo, el mismo sexo con luz apagada, las mismas palabras bruscas, poco romance, sólo descargas por parte del marido, lo típico.

No tardamos en conectar de forma extraña, las conversaciones cada vez eran más calientes, llegó el día en que acabamos los dos masturbándonos, y ese sólo fue el principio.

Yo tenía 20 años menos, pero mi sexo estaba dando guerra, necesitaba más de lo que me ofrecían.

En mis palabras leídas, le contaba como tenía que hacer para sentir más placer, la inicié en la masturbación.

Ella me confesaba que a solas disfrutaba mucho.

A menudo me daba las gracias.

Su marido sabía de mi existencia, en más de una ocasión hablábamos los tres (sin tocar temas de sexo).

Por cuestiones de trabajo me desplacé a su ciudad, no dudaron en invitarme a comer, en ese caso acudió ella sola, se llama Soledad.

Hermoso nombre.

Comimos, y poco después me preguntó que si queríamos ir a su casa, su marido seguro que acababa de llegar del trabajo, y le gustaría conocerme.

Yo deseaba follármela, pues las manos bajo el mantel y las caricias en los sexos no pararon durante toda la comida.

Caminamos un poco, entramos en el metro, allí le marqué mi gran paquete en su trasero mientras la sujetaba para que no cayera con el vaivén.

Llegamos a la parada, bajamos, caminamos unas dos calles y entramos en un portal que inauguraba una gran casa.

Así era.

El marido, Pedro, acababa de salir de la ducha, lo pillamos con el albornoz.

Soledad, lo besó, y nos presentó, los dos eran especiales.

Pedro, no tardó en decirme que era un chico muy guapo, esa conducta y su mirada me dieron a entender que buscaban algo.

Ese algo era mi cuerpo.

Al poco, Sole, apareció con tan solo un ligero bluson dejando al descubierto parte de su trasero y el nacimiento de sus senos.

Mi pene creció.

Pedro, me miró y simplemente me dijo:

- ¿Estás dispuesto?

Sole, me desnudaba con sus manos, mi cuerpo temblaba, pero a la vez estaba excitado, deseaba amarla, delante de quien fuera.

Estás bien armado, sonaba la voz de Pedro.

Sole arrodillada delante de mí, estaba mamando mi polla, Pedro, visiblemente excitado se masturbaba, mientras que con la punta de la suya, la pasaba por el culo de Sole.

Mi pene crecía, mis manos buscaban los pechos de ella.

Pedro, me pedía tranquilidad, tiempo, es la esencia de un buen trabajo, frase que quedó en mi memoria.

Casi estallo, pero Sole, se dio cuenta y se alejó.

Mamó a Pedro ante mi mirada, yo veía su culo abierto ante mis ojos, lo desee, y sin pensarlo metí mi verga hasta donde su ano me permitió.

Estaba acostumbrada, no me costó penetrarla, y eso que no estaba lubricada.

Pedro gemía, la lengua de Sole, entraba y salía, era como una serpiente.

Hasta que Pedro, se apartó, con la mirada, le indicó algo a Sole, ésta se incorporó en el sofá.

Sus piernas estaban abiertas.

La posición no era la adecuada, Pedro, siempre con la mirada ordenaba, ella obedecía.

Me colocó a mí tumbado mirando hacia el techo.

Después me hizo penetrar a Sole, por el ano, mientras ella se arrodillaba como podía, la posición no era muy cómoda, pero poco a poco, me gustaba más, ella se agitaba, mis ojos cerrados imaginaban las sensaciones.

Sin esperarlo, sentí como algo oprimía mi pene, lo aplastaba pidiendo paso, un hueco, espacio.

No podía moverme, pero ese contacto, me retumbaba haciendo de mi cuerpo un muñeco domado.

Necesitaba más, tardé en comprender que esa piel que me quemaba, era el glande de Pedro, que entraba por el mismo ano que tenía la mía.

Apenas nos movíamos, pero el contacto en algo tan estrecho, y glande contra glande, hicieron de ese acto una verdadera delicia.

Las dos pollas luchando por el mismo ano.

Estallé mi leche se espacia poco, no tenía espacio.

Pedro al sentir el calor, dejó que su esperma, también llenara el culo de Sole.

Y ésta, notando nuestras convulsiones, el calor, la sensación de estar llena, estalló como pudo en agitaciones que frenaban nuestros cuerpos unidos.

Se unió su líquido, bombeamos un poco más, hasta que las pollas flojearon.

Las sacamos.

Esa noche llamé a la agencia, les comenté que por un error en el horario no había podido coger el tren de regreso.

Esa noche repetimos.

La pasé sin dormir, amanecí dolorido pero a gusto.

Ahora, una vez al mes nos juntamos un fin de semana.

Sabemos lo que queremos, lo que nos gusta y lo disfrutamos.

Deseo. Año 2004.

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