viernes, 28 de mayo de 2010

Clases de incompatibilidades



Somos una familia normal, padre, madre, y yo, sólo un hijo, mis padres se vinieron a vivir a la ciudad en busca de trabajo y futuro, pero mantenían y mantienen vivas sus raíces, siempre que pueden regresan a sus orígenes.

Este año, por petición de un amigo de mi padre, reofrecimos nuestra casa a su hija, hasta que ésta encontrara un trabajo y una estabilidad.

Yo la conocía, cada vacaciones jugábamos juntos, teníamos la misma edad, sólo que nunca la miré con ojos de una posible víctima en mis deseos, era una muchacha más bien regordeta.

Llegó el día que tenía que llegar en tren, yo fui el encargado de ir a por ella a la estación, me que acababa de tocar la lotería, y eso que no escatimé en excusas para librarme.

Estaba seguro de que tendría que cargar con ella, rompiéndome así mis posibles contactos con alguna chica y quedarme sin sexo hasta hacer un pacto con ella.

Me quedé de piedra al verla bajar, bueno para ser exactos no la reconocí, ella se acercó por detrás de mí y me llamó.

Era preciosa, había perdido al menos 20 kilos, estaba que quitaba el hipo, incluso fardé de su compañía en cada semáforo, parando el coche y saludando a algún conocido, para ver después por el retrovisor cómo me seguían con la mirada.

Salíamos juntos, cuando ella descansaba del trabajo, pero poco más.

Cada noche soñaba con ella, la miraba mientras se desnudaba, la espiaba e incluso me excitaba imaginarla mear.

Una tarde llegué cansado del trabajo, mis padres no estaban y al entrar en casa, escuché la ducha, entré pensando que era mi padre, y tras la cortina descubrí una sombra que no pertenecía a ningún cuerpo semejante al mío, mi madre no podía ser, pues estaba pasada en kilitos.

Me di cuenta de que lo más probable es que se diera cuenta de mi entrada y pedí disculpas.

Laly, me dijo que no importaba, pero que ya que estaba allí, le podía pasar la toalla, como pude con un ojo cerrado, actuando como un niño, estiré mi brazo y se la di.

Ella estiró de ese mismo brazo y dándose la vuelta, me pidió que le secara a espalda.

Mi polla se sobresalía, mis manos temblaban y mi piel sudaba.

Empecé tímidamente, pero a medida que mis manos se acercaban a su cintura, a su culo, me animé.

O ahora, o nunca.

La agarré de manera que mis manos buscan sus pechos, los estrujé entre mis dedos, los estiré mientras que la más rápida de mis manos ya estaba colocada entre sus piernas.

Ella continuaba mojada, por lo que esa sensación a calor, a humedad mientras me calaba la ropa, excitaba aún más mis manos, mi mente, mi polla, y mis intenciones.

Desee hacerla mía.

Me animé al ver que no me apartaba.

Sus manos agarraron mi cuello buscando mi boca, sacó su lengua me la metió en mi boca, conduciendo la lengua entre mis dientes, mi paladar.

Recuerdo como abría sus piernas, como se tocaba el conejo, como penetraba sus dedos, como me incitaba a seguir.

Con una de sus piernas bajó mis pantalones, mi pene jugaba con su piel.

Yo era bastante inexperto, por lo que me costaba entrar por aquellas zonas a ciegas.

Ella con la mano, condujo a mi verga al lugar exacto.

Comencé a meterla, mientras el agua aún mojaba nuestros sexos.

Ella me ayudaba abriéndolas y apartando mi culo, o mejor dicho apretándolo contra mi cuerpo, excitando más con cada movimiento.

Agarré con mis manos sus tetas, el contacto me gustaba, pero además aseguraba no tener un resbalón y con él un susto.

Los pezones crecían entre mis dedos.

Mi polla, entraba otra vez por el hueco que me dejaba paso, mojado, a la vez que estrecho, ese paso apretado me hizo apretarme más contra ella, mi polla estaba toda dentro, mis huevos rozaban sus cachetes, sabiendo que no cabía nada más dentro de ella.

Notaba como algo me mojaba la punta de mi polla, ella se contraía, de tal forma que apretaba mi glande, que no tardó en inseminar aquella mina con mi leche.

Continué bombeando, más, y más, hasta que las piernas me temblaban.

No sentía dolor, ni escozor, ni agujetas.

Laly, con una voz cansada, agotada me pidió que saliera de ella, que no podía más.

Esas palabras me gustaron, mi sentí un hombre completo.

Salimos y cada uno se fue a su habitación.

Esa noche dormí como nunca, pero lo cierto es que al despertar no me tenía casi en pie, mi polla estaba roja, mis piernas no me sostenían y me escocía al orinar.

Mereció la pena.

Laly, y yo somos incompatibles como pareja.

Pero follando somos únicos.

Deseo. Año 2004.

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