
Adoro el mar, en todas las estaciones, suelo ir temprano, para gozar del aire la vista y si puede ser del amanecer tras las olas.
Tengo la suerte de vivir junto a él, si no, no podría verlo.
La verdad es que me gusta amanecer escuchando las olas, eso me presagia un buen día.
No hace mucho, aprovechando el final del verano, convencí Alfredo, mi pareja, de dormir en la arena, para poder ver el amanecer juntos.
Le costó, pero con eso de tenerme contenta lo cumplió.
Soy muy reacia a mostrar mis intimidades en público, por lo que aquella larga noche no hicimos más que hablar y compartir algún beso, después dormimos, tapados por una manta que siempre tiene en el coche.
Me desperté con el cambio de color del cielo, mis ojos brillaban ante el espectáculo, estábamos solos, desperté a Alfredo con mis besos, me sentía excitada ente tal belleza de la Naturaleza, necesitaba compartirla.
Mientras lo besaba miraba como el Sol nos saludaba desde la otra punta, inevitable la estampa del paquete de Alfredo, con su trempera matutina, aquel paquete hizo que me calentara, hasta el punto de sentir la necesidad de tocarme y tocarlo.
Intenté apagar mi calor acercándome a la orilla, mientras el agua con su espuma rozaba y bañaba mis pies, el olor inseparable a yodo y sal, mezclado con el brillo de los primeros rayos del Sol en el verde mar, hacían que mis entrañas ardieran, me giré buscando el cuerpo de Alfredo, estaba aún desperezándose, con el paquete entre sus piernas.
Comencé a tocar mi cuerpo, mis senos, mi cintura.
Necesitaba relajarme y sólo lograba excitarme más.
Decidida, salí del agua, mi cuerpo goteaba, mis rodillas se acomodaron delante del cuerpo de él, mientras aún intentaba abrir los ojos, y sin pensar ni mirar si estábamos siendo observados, poco me importaba.
Bajé mi cabeza y apartando la goma que me separaba del paquete, me amorré a comer de él, el olor a sexo sin lavar, me excitó como nunca, siempre nos duchábamos antes, y ese olor era tan agradable que no entendí el por qué siempre nos empeñábamos en taparlo.
Mi lengua salió de mi boca, para lamer la punta de su pene, la estiré todo lo que pude, necesitaba meterme por la rajita minúscula tragar esas gotas antes de que salieran ellas solas.
Su sexo ya grande, creció más, me miraba extrañado pero gozoso, su boca seca buscaba saliva para humedecerse.
Me tienes como un toro, no dejes de chuparla, me encanta, es el mejor despertar de mi vida.
Abrí mis piernas dando paso a sus dedos, necesitaba que entraran por mi raja recién bañada con el agua salada, el contacto y la diferencia de temperatura, me encendieron, de forma que aceleré mis succiones, mientras mi culo agitado, marcaba el ritmo de sus dedos.
De repente, paré, él se quedó sin saber que hacer, pero mi lengua comenzó a recorrer toda la punta, dándole señales de que continuara.
Estaba tan excitada que me abalancé sobre su pene una vez más.
Mis manos lo apretaban, lo bajaban y subían al ritmo de mis labios, sus dedos entraban por mi raja, mientras ésta dejaba caer sobre la arena mis flujos, sumados a las gotas que resbalaban por mi piel.
No podía controlarme, tenía ganas de jugar, esa no era una mamada más, era diferente.
Aceleraba, y frenaba para saborear todo, me la introducía hasta chupar con los labios sus huevos y salía para lamer la punta.
El hecho de estar mamando ya me tenía cachonda, casi no necesitaba contacto para llegar a mi placer.
Disfrutaba haciéndolo sufrir, entrando saliendo, parando cuando notaba que su glande estaba a punto de estallar, para continuar un poco más tarde.
Mi mirada fija en su pecho, mirando el cambio de la respiración, hasta que vi, que a lo lejos otros ojos nos miraban mientras que una mano sospechosa, se agitaba gracias al espectáculo que le estábamos ofreciendo.
Ese fue el toque final a mi excitación, aceleré haciendo que su dedo se apoderara de todo mi interior y me comí cada una de las gotas que salpicaron en mi cara, justo a la vez que el observador lo hacía.
No le comenté la mirada indiscreta a Alfredo, seguro que no le hubiera gustado.
Pero yo sabía que habíamos sido vistos.
¿Acaso importaba?
Los dos acabábamos de disfrutar, perdón, los tres.
Un nuevo día nos sonreía, y un buen amanecer.
Ahora es Alfredo el que quiere volver a la playa, pero ya es invierno y tenemos que esperar a que las temperaturas asciendan, el cuerpo puede hacerlo, pero por poco rato.
Ya falta menos, es la respuesta que siempre le doy a Alfredo, ahora, lo hacemos en casa, en el coche, pero ninguna es cómo la de aquel amanecer en la playa.
Deseo. Año 2004.
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