sábado, 29 de mayo de 2010

La puta vida de un ama de casa



Hola, espero que lo que vas a leer te guste, mi deseo sería ese, además de esperar tu llamada para hacerte feliz, sentirme complacida, y entregarte mi cuerpo.

Disfruto haciéndolo, disfruto dejando que miles de hombres a los que no conozco me follen.

Me llamo Mary, tengo 30 años, estoy felizmente casada, soy lo que se dice una perfecta ama de casa.

Pero también tengo mis travesuras.

Te cuento, me encanta sentirme puta, mi vida matrimonial es perfecta, en toda la amplitud de la palabra, pero mi gran suerte es el trabajo de mi marido, a causa del puesto que tiene, el que nos permite mantener el nivel de vida tan alto, él pasa la mayor parte de las semanas fuera de casa, viajando al extranjero, me libero esos días sabiendo que un regreso inesperado es poco frecuente por no decir imposible, ya que regresar desde otro país lleva su tiempo.

Me gusta cuidarme, acudo al gimnasio, cuido mi figura, soy alta, con curvas firmes.

Visto sexy, intento provocar todas las miradas con mis movimientos y mis andares, y lo logro.

Una vez mi maridito regresa a casa, y dependiendo del tiempo que haya estado fuera, tiene el privilegio de gozar de unos días de descanso, dando paso a mi cambio de personalidad, pasando a ser, la amante y ama de casa perfecta.

Soy consciente de que él tampoco me es fiel, nadie lo somos, esa es la realidad, pues bien mirado a vivir y gozar.

Mi primera vez en esa etapa de mi vida fue muy sencilla, simple, inesperada, acompañé a mi marido al aeropuerto como siempre pasé el día de compras sola, regresé a casa, y tras salir a cenar con unas amigas, me retiré a dormir, necesitaba salir, pero me conformé con ir a casa y descanar en mi gran cama.

Aquella mañana amanecí caliente, y no tenía nadie a mi lado para saciarme.

Mi marido tenía previsto pasar fuera unos 15 días.

El vibrador estaba gastado del uso, yo necesitaba algo más real.

Comencé a tocarme sin apenas haberme levantado de la cama.

En ese momento llamaron a la puerta, dudé en abrir, pero lo hice, tardé por que suelo dormir desnuda, y me coloqué una bata muy ligera, lo justo para tapar mi cuerpo.

Abrí, extrañada ya que el portero no deja subir así como así a nadie.

Resultó ser un vendedor de enciclopedias, el chico estaba a tiro, yo caliente, lo dejé pasar, me gustó ver otro hombre sentado en el sofá de mi marido, eso me calentó las entrepiernas más.

Le ofrecí un café, pero me comunicó que trabajando no solía abusar de la posible clientela.

Que lo tomaría abajo, tras la visita, insistí.

Te aseguro que hablamos de todo menos de libros, por que nada más mostrar su gran pancarta de la enciclopedia, justo se abrió por el tomo del kamasutra.

Ideal, ¿casualidad?, ¿azar?

Lo miré, con esa mirada que sólo tenemos las mujeres en celo, esa misma que endurece el acero, la que clavamos y despertamos deseo.

Descaradamente clavé mis ojos en su bragueta, estaba muy abultada, demasiado como para dejarla escapar.

Me acerqué con mucho descaro hasta su lado, dejé que mi mano tocara el bulto para cerciorarme de que el tamaño era real.

Lo era.

Delante de sus ojos, de pie, dejé caer mi bata al suelo, quedándome totalmente desnuda.

El muchacho, sudaba por el nacimiento de su frente, la misma que brillaba con el reflejo de la luz.

Se me ocurrió secarle las gotas pero con mis senos.

Mis pezones paseaban la humedad por su piel, quedando mi sexo a la altura de sus ojos.

Agarré sus manos y las coloqué en mi culo, mientras que lo ayudaba a oprimirlo.

Los dos nos excitamos con locura, mi descaro y su incredulidad a lo que le estaba pasando.

Sin apenas darnos cuenta estábamos desnudos los dos.

Tirados en el suelo, sobre la alfombra, le pedí que me insultara.

El chico primero me dedicó palabras flojas, pero yo le pedía algo más.

Aumentó lentamente el tono de los insultos, y con cada uno de ellos, mi coño palpitaba sin disimulos.

Me sentía bien, necesitaba un macho que me dominara.

Se lo pedí y sin compasión, me obligó a comer aquella estaca ardiente, humeante.

Mordía mis pechos dejando la marca de su dentadura en ellos, ese dolor desconocido me encendía, le pedía más, le gritaba, llena de sensaciones.

Su brazos fuertes me sujetaban, sus piernas abrían las mías.

Sin esperármelo, sin previo calentamiento me penetró el ano, de golpe, inesperado, doloroso, pero a la vez placentero, le exigí que pegara en mi culo con la palma de su mano hasta que el rojo de mi piel apareciera.

Con cada golpe, mi excitación crecía, mis manos buscaban mi sexo para acariciármelo, pero él me lo impedía.

Eso me hizo estallar en una serie de orgasmos seguidos, mientras él me inundaba de leche.

Para después obligarme a tragarla, mirando como mi nuez la mandaba en dirección a mí estomago.

Poco después, salió de casa.

No sé ni su nombre, la verdad no me importaba.

A menudo miro mi cuerpo lleno de morados y me excito.

Ahora, salgo a la calle cada día en busca de un hombre diferente, la verdad, es muy sencillo, encontrar una verga, dispuesta a follarte.

Te pones a tiro, y ellos con una llamada, se toman la tarde libre, o unas horas, con estúpidas excusas.

Así día tras día.

Me siento una puta, por que ser puta no es malo, es sólo un trabajo, yo cobro con placer.

Me gusta.

Si lo que pretendes es un buen polvo, una mamada a conciencia, una forma diferente de follar, o bien cambiar de pareja, no lo dudes, llámame, estaré esperándote.

Deseo. Año 2004.

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