miércoles, 5 de mayo de 2010

La pequeña Eva



Tendría pocos años la primera vez que su madre pilló a Eva masturbándose aunque optó por no hacer un drama de ello: al fin y al cabo era algo normal que un niño pequeño explore su cuerpo. Pero lo de Eva era algo más que simple exploración: ¡tenía orgasmos en toda regla! Con semejante acicate, no dejó de hacerlo en toda su infancia aunque enseguida aprendió a ser discreta y a tocarse sólo cuando nadie la veía.

Este temprano despertar al placer tuvo otras consecuencias: pronto necesitó ampliar sus conocimientos y empezó pronto a “jugar” con los chicos del barrio a “mamás y papás” y a “médicos”. Todos querían jugar con ella: era la única niña que se dejaba tocar sin braguitas y que accedía a que le dieran besitos en la ”rajita”. Incluso cuando David le dijo que si quería que le metiera el pito en el agujerito y que le iba a doler, ella no puso inconvenientes. Por supuesto que el aprendiz de amante no tenía ni la envergadura ni la experiencia suficiente para desvirgarla. Ni siquiera sabía cuál era el agujero adecuado de modo que como estaban imitando a los perros en la postura, acabó introduciendo sus tres cm de pene en una entrada más accesible. A Eva le gustó mucho, porque él no había dejado de acariciarle la rajita y aquello no le había dolido absolutamente nada. Así que jugaron muchas veces a “perros”, hasta que un día el pene de David, superó con creces los tres centímetros y se introdujo tanto que le hizo daño. No volvieron a jugar porque Eva se enfadó con él por ser tan burro.

Pasó el tiempo y empezaron a crecerle los pechos. Siendo adolescente las niñas ya se vuelven mucho más pudorosas, pero ella continuó deseando que sus amigos la tocaran y vieran sus nuevos pelitos. En seis meses sus senos ya eran como dos mandarinas y dejaron de dolerle tanto. Los chicos se mostraron encantados de que ahora les dejara también tocarlas y besarlas. Hasta venían de otros barrios para entrar unos minutos con Eva en la cabaña de ramas y hojas que tenían en el descampado. A veces venía algún chico algo más mayor que intentaba penetrarla pero ella sólo dejaba que se frotaran y como mucho que metieran un poco el dedo mientras les chupaba. Ya sabía muchas más cosas de sexo y sobre las consecuencias que podía tener pero su deseo era muy grande para parar por eso. Con dos años más, tuvo un novio, Pedro, que la reinició en la sodomía y la hizo una experta en felaciones. Eva gozaba mucho con todo aquello que, encima, no hacía peligrar su honor: Seguía teniendo el himen intacto, pese a que su propio dedo sí había hecho ya alguna incursión en su vagina.

Aquel curso conoció a Roberto, su profesor de Educación física y decidió que sería él, el elegido para el estreno. Pero fue difícil conseguir que se fijara en ella y rompiera la barrera moral que separa a un profesor de sus alumnas. Fue una tarea ardua: Iba a clase sin ropa interior y se aseguraba de que él lo supiera; procuraba cruzarse con él por el pasillo y rozarle con los pechos; hasta se las arregló para que fuera él quien la sorprendiera en el baño de los chicos mientras Manu le hacía un “trabajito” oral.

Por fin, un día consiguió quedarse a solas con él en el gimnasio y le atacó abiertamente. Al principio el pobre hombre intentó sin éxito librarse de aquella nueva lolita que podía arruinar su carrera con algo así pero pronto comprendió que Eva sólo quería que la “inaugurara” y ya sabía que no era precisamente una “niñita” inocente. Entonces se dejó llevar y con el enorme “calentón” que le había causado su alumna “aventajada” decidió además darle una lección a aquella zorrilla. De modo que la tumbó en una colchoneta, le quitó la ropa de cintura para abajo y sin más preámbulos la penetró con un golpe brutal. Pretendía quitarle las ganas de jugar con hombres por una temporada. El terrible desgarro que provocó su cruel acción casi pudo oírse seguido del grito sordo de dolor de la chica pero esto no le detuvo y continuó empujando y empujando hasta que a él mismo le hacía daño. Estaba tan concentrado en el castigo, primero y en su propio placer después que no se percató que de pese al grito inicial, Eva no estaba poniendo ningún tipo de resistencia sino al contrario, le arañaba la espalda y gemía entre dolorida y extasiada. Tras correrse le espetó:

- Toma golfa, seguro que después de esto no vuelves a follar en mucho tiempo.

Y para su sorpresa, ella le contestó:

- Seguro. No creo que me sea fácil encontrar a otro capaz de superar esto. ¡Qué manera tan salvaje de hacer el amor! Siempre pensé que la primera vez sería mucho más insulsa. Gracias por todo. Ahora debo limpiarme bien. No quiero que mi madre piense que ya me ha venido la regla.

Sanke. Año 2003.

No hay comentarios:

Entradas más populares del blog