miércoles, 5 de mayo de 2010

El perro de Mónica





Una tarde de verano, Mónica aprovechaba como casi todos los días, las horas de Sol en el jardín trasero de su casa. Tumbada en el césped boca arriba, ataviada solo con la parte de abajo de un minúsculo biquini, dejaba que los rayos del Sol acariciaran su piel sudorosa. El calor del astro Rey producía en ella la misma reacción que las manos de un experto amante: le excitaba muchísimo la sensación ardiente, el olor a piel caldeada, el sudor ... En muchas ocasiones, en medio de una sesión de éstas, había tenido que ir corriendo al baño a masturbarse o a darse una ducha fría. Hoy, aunque sentía lo mismo, estaba muy cansada por la juerga de la noche anterior y no tenía fuerzas ni para levantarse. Corría una suave brisa, que contrarrestaba la acción bochornosa del Sol y le encrespaba los pezones de cuando en cuando, pese a lo cual no tardó en quedarse dormida plácidamente.

Estaba teniendo un sueño bastante tórrido: un chico imponente la besaba y lamía y justo cuando se acercaba a una zona altamente peligrosa, se despertó. Continuó con los ojos cerrados un poco más, con pereza, lamentando haber estropeado un sueño tan sugerente cuando se dio cuenta de que seguía notando las caricias “linguales”. Al principio pensó que seguía dormida pero enseguida comprobó que la respiración que notaba entre sus piernas, era real, que la lengua que se afanaba contra su biquini no era parte de un sueño.

No quería abrir los ojos, fuera quién fuera, no tenía ninguna intención de resistirse: estaba demasiado excitada y ardía de deseo, sin embargo, la curiosidad hizo que levantara la cabeza y echara un vistazo para descubrir que quien le prodigaba tales caricias no era otro que su perro pastor alemán, Thor. En cualquier otra circunstancia, su reacción habría sido apartar al perro a la par que le propinara??? un cachete, pero en aquel momento estaba adormecida, muy húmeda y excitada por lo que lo único que hizo fue retirar la tela que impedía al can, llegar a su objetivo y separar un poco las piernas, mientras comprobaba que nadie la estaba observando.

El animal que se había acercado a olerla, atraído por el aroma embriagador de su sexo, se mostró encantado de que se le facilitara el camino, así que pasó de olfatear a lamer con auténtica fruición la vulva de Mónica que disfrutaba con cada roce de la áspera lengua, sobre su clítoris. Era tal el placer que le producía que no podía evitar gemir ruidosamente, aumentando el riesgo de ser descubierta y su excitación. Después de soltar los lazos de las caderas para desnudarse por completo, se agarró los pechos desnudos y los apretó con fuerza, haciendo hincapié en los pezones, a los que retorcía y pellizcaba con avidez mientras abría las piernas un poco más y permitía al perro, introducir su lengua en la vagina, en pos del sabroso jugo que de allí manaba.

La lengua incansable, avanzó y avanzó todo lo que pudo, y no paro de lamer hasta que Mónica, presa de un orgasmo que le hacía arquear la espalda y gritar a pleno pulmón, tiró del collar para que no le arrancara la piel. Ahora sí que estaba sudando como nunca. De un salto, se puso en pie, se envolvió en la toalla y corrió hacia el baño, perseguida de cerca por Thor, que quería un poco más. Se sentía fatal por lo que acababa de hacer, así que se dio una ducha intensa, avergonzada de sí misma. Thor, por su parte, le tomó un especial cariño a Mónica y desde aquel día no se despegaba de ella ni un minuto, pendiente de tener una segunda oportunidad.

Sanke. Año 2003.

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