domingo, 30 de mayo de 2010

La herencia



Si te cuento que mi matrimonio es todo anexito, que toco la felicidad, que estoy completamente satisfecho, que gozo con él sexual 100% te estoy mintiendo.

Hasta hace poco, mi vida no valía nada, la verdad, mi mujer y yo, tras 10 años de convivencia ya dormíamos hasta separados de cama, no queríamos ni rozarnos.

Sé que te estas preguntando el por qué estábamos juntos, muy simple:

La comodidad, de la dependencia el uno del otro.

Dinero.

El qué dirán.

Evitar peleas.

Realmente unido a más cosas deprimente, por que ahora me doy cuenta de que lo único que hacíamos era amargarnos aún más la vida día tras día, incrementando el odio.

Paso a contarte cómo me sentía.

Me masturbaba a diario, hasta llegar a creer que me pondría enfermo de tanto hacerlo.

Deseaba a cualquier mujer que pasaba por delante de mí.

Mi olfato las olía y mi mente imaginaba que hacía clamor con cada una de ellas, sin importarme la edad, tamaño, cara, nada de nada.

Sexo, sexo, sexo.

Por aquel entonces, mi vida era un verdadero asco disfrazado.

Marta, era mi vecina desde que yo era niño, no era española, sus padres la vendieron siendo una niña al que ahora es su marido, un vejestorio cargado de millones que no la deja ni respirar.

Tenía un pie en la tumba, y ella continuaba ligada como una esclava a él.

Creo que era el único hombre con quien la dejaba hablar, y es por que crecimos juntos, el viejo confiaba en mí.

Un día, en el que se llevaron al viejo al hospital para realizarle unas pruebas, Marta se quedó sola en casa, por lo visto el médico, viendo el estado de ésta le aconsejó al marido que la dejara descansar, ellos lo trasladarían en ambulancia y lo regresarían a casa sin problema.

Quiso el destino, que por un casual, yo ese mismo día, pasé a saludarlos, como hacía una vez a la semana desde que tengo memoria.

Marta, estaba mojada al abrir la puerta, me di cuenta de que acababa de ducharse, por primera vez en muchos años, no hablamos en voz baja.

Nos tomamos un café y charlamos largo rato, como suele suceder entre los muchos temas salió el sexo.

Yo que con oler un coño cerca me empinaba, le pregunté que tal sus relaciones con el anciano decrépito.

Marta, me respondió que no las tenían desde hacía muchos años, ya que el esfuerzo le podía provocar un ataque, y el doctor les recomendó dejarlas.

Pero el muy cerdo, la obligaba a chupársela cada noche, así él no hacía esfuerzos y el cabrón gozaba.

Mirándola, le pregunté si ella tenía un amante.

Creo que fue sincera, una lágrima asomó por el precioso lagrimal que adornaba el color miel de sus ojos, la respuesta era clara, no, tenía que consolarse sola, pero a menudo pensaba en un hombre que la llenara de sensaciones, esas que leía en los libros y que nunca había sentido.

Mi pene estallaba, pero continué con la conversación.

Entonces ella me preguntó por mi vida, fui totalmente sincero, se extrañó que no durmiéramos juntos, entendió mi necesidad de hacer el amor con una mujer y dejar de castigar mis manos.

En ese momento, nos miramos y sin decir palabra supe que estábamos pensando en lo mismo.

La sonrisa iluminó su cara.

Pero teníamos que estar seguros de no ser sorprendidos.

Marta era muy lista, se acercó al teléfono y llamó al hospital para interesarse por el estado del anciano.

Le comunicaron que dormía con el sedante que le habían puesto, que lo tendrían toda la noche en observación que se tranquilizara que todo estaba bien.

Colgó el aparato, se giró y sin esperármelo se lanzó en mis brazos.

Entre besos me dijo que siempre soñaba conmigo, pero que el estar los dos casados le impedía decir nada.

Mis manos desnudaban su espalda, su ligero vestido de verano se abrochaba por detrás, era muy excitante, como abrir un regalo y por último descubrir la sorpresa.

Ella temblaba como una hoja, su cuerpo era precioso.

Su piel tersa, dulce, mis manos una vez más en muchos años tocaban el cuerpo de una mujer, temí no ser delicado.

Dediqué la mayor parte de aquel tiempo a hacerla feliz, darle sensaciones, lamí sus pechos, pellizqué sus pezones, mi nariz surcó las montañas que separaban uno de otro, mis dedos, dibujaron su nombre en su piel.

Mi boca chupó sus dedos, mientras el resto de mi mano acariciaba sus tobillos.

Lentamente ascendía por aquel cuerpo casi virgen.

Supe controlarme a pesar de serme muy difícil.

Cada vez que la rozaba, se estremecía.

Mi verga crecía milímetro a milímetro.

Usando sus senos como agarraderas, adentré mi boca por su sexo, éste estaba mojado, era estrecho, no mentía.

Lamí, la miel de sus entrañas, la misma que expulsaba su vagina.

Olí su sexo mientras el mío pedía penetrarla, pero aguanté hasta que ella se agachó y abriendo su boca, mientras mostraba sus dientes, se introdujo mi pene por ella.

Sus manos no dejaban tranquilos mis testículos, que endurecían al contacto.

No pude más, como un animal agarré sus piernas, las coloqué en mis hombros y así mirándola a los ojos, clavé lentamente mi verga en su sexo.

No tenía prisa, con cada empujón, expiraba aire, mirándome, dándome placer con su cara, con las sensaciones que me trasmitía ver como disfrutaba.

Yo entraba bombeando, sin prisa pero sin pausa, ella se agarraba apretando los puños al colchón que nos sostenía.

Agitó sus caderas, y cuando mi pene estaba totalmente dentro y mis huevos golpeaban sus nalgas, comenzó a dilatar su sexo, a comprimirlo, a succionar, de tal forma que parecía que me la chupaba y lamía con una lengua invisible.

No pude aguantar más por mucho que lo intenté.

Se me escapó la esencia de mis genes en su interior, noté los chorros esparciéndose por sus entrañas.

La punta de mi sexo me ardía, mientras esa lengua invisible continuaba lamiendo mi glande dentro de su vagina.

Sin esperarlo, cabalgo, levantando sus caderas al aire, agitando su trasero de un lado al otro.

Sus contracciones uterinas me indicaron el inicio de su orgasmo, sus latidos genitales, me animaron a empujar con más fuerza.

Hasta que lentamente, la respiración se tranquilizaba, sus caderas se recostaban.

No me dejó salir de su cuerpo hasta pasados unos minutos.

Contraía sus músculos, de tal forma que me asustaba y a la vez me gustaba.

Eran sensaciones nuevas para mí.

Pasé la noche en su cama, abrazado a ella, temiendo que amaneciera, por que sería una salida, sin retorno.

Pero a eso de media noche sonó el teléfono.

Marta, medio dormida respondió, casi que no habló.

Solo decía cosas tan simples como, sí, no.

Colgó, y mirándome, abrazada a mí me dijo mientras asomaban lágrimas enturbiando sus lindos ojos.

Ha muerto, mañana lo traen, me han pedido que descanse, será un día muy largo.

Los dos lloramos, besándonos, lo cierto es que odiaba al viejo, pero me dolió su pérdida.

Intenté ayudar a Marta en todo lo que pude.

Meses después, dejando pasar un tiempo prudencial, presenté la demanda de separación a mi mujer, ella la estaba esperando.

Yo vivo con Marta, y mi mujer resulta que tenía un amante, no la culpo, yo también la tenía.

Pero en mi caso, la providencia quiso que el viejo se entretuviera en vida, fotografiando las visitas que tenía mi mujer durante nuestro matrimonio, fotos que salieron a la luz una vez fallecido.

Se las dejó a Marta como parte de la herencia, con una carta, que entre otras cosas decía:

Espero hacerte feliz una vez muerto ya que en vida no pude, éste es mi mejor regalo.

Vive Marta, y sé feliz con quien te pertenece.

Hoy por hoy no he de mantener a mi mujer, por lo que Marta, y yo, disfrutamos de una posición buena.

Somos felices, y estamos pensando en casarnos.

Pero ella guarda un secreto, y es …

Esa legua invisible que usa cuando la penetro para darme placer.

Cuando le pregunto, sólo me dedica una mirada pícara, un guiño y un beso.

Deseo. Año 2004.

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