
Parece mentira como el tiempo, la edad y las experiencias nos pueden hacer cambiar tanto en la forma de pensar.
No hace tantos años, yo era realmente una mojigata, cualquier palabra fuera de tono, o comentario de sexo inoportuno me ponía de todos los colores.
Claro está, hasta que encuentras una pareja estable, eso quiere decir que o bien continuas e incluso profundizando en tu cerrado carácter e ideas o bien, cambias radicalmente.
Eso es lo que le sucedió a mi pequeña hasta entonces mente, una vez me adentré en el sexo sin miedos, con tranquilidad y una buena pareja, salió la otra parte de mí.
La ardiente, la soñadora, la que exprimía al máximo mis ideas, deseos y locuras, compartiendo las de mi pareja y además realizando o ayudando a que sus fantasías dejaran de serlo.
Mi marido y yo no teníamos tapujos, disfrutábamos del sexo plenamente, solos o en compañía, pero siempre sabiéndolo el otro y estando de acuerdo.
Hace unas semanas, Andrés se tuvo que ausentar durante unos días de la ciudad, con la mala fortuna que en ese periodo de tiempo celebrábamos la cena de ex alumnos de mi quinta, allí estarían mis amigas de soltera, mi grupo de amistades e incluso algún rollete de fin de semana y poco más.
Andrés me convenció a asistir, y la verdad me hacía mucha ilusión hacerlo, pero sola, era un poco palo.
Esa noche me vestí con un ceñido vestido negro que resaltaba mi silueta, marcando mi culo respingon sin marcas ya que el minúsculo tanga las hacía invisibles.
Me recogí el pelo en la nuca, y me maquillé a conciencia.
Deseaba ver la cara de asombro de mis ex compañeros al ver el cambio de mi cuerpo.
Entré acompañada de mi amiga que aún estaba soltera, la entrada fue genial, los chicos miraban atónitos con asombro.
Hasta que saludando a unos y a otros, me senté en mi mesa, pronto apareció Pedro, un antiguo noviete que sólo me quería para desvirgarme, cosa que nunca logró, su vulgar lenguaje y su brusquedad cada vez me apartaban más de él.
Hablamos recordando aquellos tiempos, me preguntó por mi estado al ver mi flamante alianza, bailamos una sola pieza pues era un pulpo y con él no me apetecía tener ningún rollo.
Era hora de regresar a casa, esa noche no me apetecía tener relaciones ya que mis riñones me estaban jugando una mala pasada avisándome del día que estábamos y lo que en pocos días me vendría.
Me pidió el teléfono y se lo di pero que respetara mi condición de mujer casada, que llamara pocas veces eso quedó muy claro por mi parte.
Andrés regresó a casa, esa noche follamos como locos, mientras le contaba el encuentro con Pedro, en la cena.
Él conocía la historia y fantaseó con la idea de follarme los dos.
Dos días más tarde Andrés me invitó a una cena íntima, un sobre encima de mi mesita me daba instrucciones.
Ropa sexy.
Seductora.
Silenciosa.
Llegar sola, a la hora y lugar escrito y ser paciente.
Me excitaban esas sorpresas y él lo sabía.
Llegó la hora, mi vestimenta era extraordinaria, falda ajustada de licra, zapatos de tacón fino, liguero a conjunto con mi sujetador que asomaba por el diminuto TOP.
En la mesa otro sobre, lo abrí.
Quítate el tanga, déjalo en el aseo y regresa a tu mesa mientras esperas.
Doblé aquella hoja la guardé entré en el aseo, me desprendí de aquella prenda a la que adoraba, pero lo hice, salí y me acomodé en mi silla.
En unos minutos la imagen de Andrés, apareció por la puerta, se acercó con algo en las manos, sin palabras pidió mi mano, la besó y se sentó en su silla, mientras me miraba sin palabras sacó la prenda que ante mi asombro era la misma que minutos antes yo dejaba en el aseo, delante de todos la pasó por su nariz, me excitó ver que nadie sabía que eso era mi tanga.
Mientras cenábamos, el pie de Andrés subía y bajaba por mis piernas, incluso logró bajar mi liguero.
Sentí la humedad en la silla la misma que escapaba de entre mis piernas y calaba mi falda.
Poco después, salimos por la puerta, el coche no estaba lejos.
Una vez en él y sin salir del parking, dejó sus manos en mis piernas, quietas mientras yo esperaba algo más.
Me miró mientras aseguraba que estaría mojada y después con un dedo lo comprobó, mis nalgas parecían charcos, mi sexo estaba sudado, mi falda, podía escurrirse.
Sacó mi tanga de su bolsillo y lo olió una vez más, después me lo entregó para que yo hiciera lo mismo, ese aroma me excitó más aún, parecía imposible.
La situación, el misterio y el toque de romanticismo con sexo mezclado me ponían a mil.
No pude aguantar más, me agaché y con habilidad saqué su tranca de su pantalón, me abalancé, chupar vergas en pleno estado de rigidez me encanta, mis labios pasaban de un lado al otro, mis piernas se abrían, invitándole a que entrara por ellas, pero no lo hizo dedicó sus caricias a mis pezones excitados.
Me hizo pensar en que tenía mil lenguas ya que la sentía por todas partes, por todos mis rincones.
Bajó y bajó, hasta comerse mi sexo despojado de su ropa, entró por él, lo lamió y estiró la lengua hasta rozar mi orgasmo, insistió y mis flujos le llenaron la boca mientras yo me retorcía.
Le pedía, le suplicaba que metiera su gran aparato en mi raja.
Inició así su juego de mete saca, agilizando el ritmo, para frenarlo poco después, me estaba volviendo loca.
Quería más se lo suplicaba, sentía sus manos agarrando mi cintura, mientras él dominaba la situación, yo apretaba mi vagina para darle más placer.
Estiré mi mano y con mis dedos le pellizcaba los huevos, hasta que una fuerza impresionante lo acopló entre mis piernas presionándome sin dejarme mover, mientras Andrés descargaba su leche en mí.
Notaba como una de sus manos se afeaba a mi muslo contrayéndolo hasta gozar plenamente de su orgasmo.
Así poco a poco, relajamos los músculos, dejando una gran mancha en el asiento del auto.
Cerramos los ojos y descansamos.
Regresamos a casa, calientes, cansados.
Dormimos hasta mediodía, y sin desayunar follamos otra vez.
Si me paro a pensar, es una follada como otra, pero los hechos, la intensidad, es la que nos hace disfrutar más o menos.
Puedo decir que es inolvidable.
Deseo. Año 2004.
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