
Me presento, me llamo Ricardo, tengo pareja desde hace 5 años, se llama Isabel, y bueno como cada pareja, mantenemos nuestras relaciones placenteras.
Hasta hace poco, estaba seguro de mi condición sexual.
Había sido el niño que juega a guerras, con coches, el que intentaba ver las bragas a la vecina, el que le tocaba el culo a una amiga, el primero que besara a otra en el cine y como no, meterles mano me excitaba hasta que llegaba a casa con la única idea de entrar a solas a pajearme como un loco.
Después llegó Isabel, preciosa, fascinante, me ponía y pone a mil.
Hasta que por fin la desvirgué.
Hacíamos el amor un día sí y otro también.
Puedo decir que hemos follado en casi todas partes, en todos los rincones, en todos los escondites.
Y como no, mi cuerpo necesitaba precalentamiento para tanta actividad sexual, por lo que practico fútbol.
Una tarde en el entreno me llamó la atención algo que siempre estaba presente pero que nunca había mirado detenidamente, eran las vergas de mis compañeros en la ducha.
Todos los tamaños, oscuras, claras, la verdad, esa imagen me impactó, tanto que en el aseo me masturbé.
Esa actuación me extrañó mucho, pero para nada me sentí mal.
Al día siguiente, me duché pero esta vez no traté de esconder la mía con la toalla, la mostré.
Raúl se dio cuenta y se introdujo en la ducha, a mi lado.
Vi como miraba mi pene, mientras crecía, el suyo hizo lo mismo, nos miramos con complicidad.
Me fijé en su cuerpo de hombre, musculoso, cultivado, depilado, excitante.
Duró tanto aquella ducha que nos quedamos solos en los vestuarios.
Nos acercamos como atraídos por una fuerza extraña, yo no sabía si a él le gustaban los hombres, pero acababa de descubrir que a mi sí.
Bajo el agua, nos enjabonamos el uno al otro, era excitante, placentero, sentir como las manos de alguien que te atrae, te frota y excita, deseaba que pasara sus manos deslizándolas por entre mis muslos.
Y los abrí para que se adentrara, a la vez que mis manos deslizaban la espuma por su pecho, necesité besarle y así lo hice, me acerqué hasta introducir mi lengua en su boca, arrastrando su saliva hasta la mía.
Me adentré por su cuerpo sintiendo el agua deslizarse por las pieles calientes a pesar de la frialdad del agua.
La situación, el calor, la intensidad de aquellas caricias me hicieron dar y recibir como nunca.
Me asustó el que me acariciara el culo con su gran verga, pero el agua y la espuma relajaban mis músculos, abriendo mi ano, preparándolo para una lenta, relajada y deseada penetración.
Mis piernas cada vez se abrían más, mientras mi pecho se acoplaba contra el azulejo de la ducha, sentía como el chorro de agua chocaba en mi cabeza, esa situación era excitante.
Su boca rozaba mi nuca, sus manos tocaban mis pechos, hasta que una de ellas separó mis glúteos y adentró por ese hueco mío inexplorado.
Primero adentró su dedo, suavizando el momento de la penetración acompañado por el agua, después, enfocó su pene que se acopló perfectamente sin dolor, casi me corro con sólo el contacto de su glande en mi hueco, ver mi verga chocando en la pared, goteante, me hizo perder mi control corriéndome mientras mi esperma resbalaba por los azules azulejos.
Raúl, al ver la escena, llegó a su placer, mientras acariciaba mi pene con la mano.
Descansamos un minuto y de sobresalto se abrió la puerta del vestuario, pero nos dio tiempo a separarnos, ahora ya sabemos que es lo que queremos el uno del otro.
Estamos seguros de que habrá más veces.
La próxima será mi verga la que ataviese su culo, para hacerlo mío.
Deseo. Año 2004.
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