
No era demasiado entrada la noche.
Mis pasos sabían hacia donde me dirigía, caminaba por el estrecho pasillo, esquivando los accesorios de adorno, las esquinas, las puertas, entrando justo en la habitación donde sin saberlo, ella, Laura, me estaba esperando.
Entré con mucho cuidado, en silencio, cerré tras de mi cuerpo la puerta, rezando para que no hiciera ruido, ella estaba delante de mí, de pie, peinando su larga melena clara junto a la cama.
Totalmente desnuda, se notaba que acababa de salir de la ducha para sofocar el intenso calor del mes de agosto.
Laura, continuaba mimándose su cuerpo, sus movimientos me hacían ver, sin mirar como se acariciaba, al pasar la toalla por su cuerpo secando aquellas gotas que me atraían.
Paso a paso, en silencio me acercaba cada vez más hacia su cuerpo.
Estaba muy excitado, necesitaba poseerla, como un animal en celo.
Estiré mi mano, pero no llegué a tocarla, me paré a mirar a reseguir las perfectas curvas de su cuerpo tostado.
La cintura no más gruesa que mis dos manos juntas, el asomar de sus pechos por debajo de sus sobacos, dándoles la forma redonda que tanto deseaba.
El final de su espalda, asomando el culo redondeado, firme, perfecto.
Entonces sí, ese era el momento, una vez explorado ese cuerpo, mirado y perfilado cada curva de la silueta, dejé que mi mano se posara en su cuello, aprovechando que ella lo ladeaba para poder peinar mejor la melena.
Sentí como el calor, la energía, el tacto, invadían mi celebro, dejé paralizada mi mano, para notar todo su calor, su esencia de mujer tantas veces deseada.
Me acerqué un poco más.
Esta vez coloqué mi otra mano sobre su cintura, atrayéndola hacia mi cuerpo despojado de ropas.
Mi virilidad quedó apretada contra su espalda, marcando el grado de deseo, de necesidad, de poder que tenía sobre ella.
Creció más, al contacto.
Acerqué mi boca lentamente por detrás de su cuerpo, hasta colocarla mientras respiraba en su yugular.
Por un instante, me pareció que a Laura, se le erizaba el bello.
Dejé que mi lengua se apoderara de aquella piel, la lamiera, con dulzura, se deslizara por los hombros, mientras mi mano continuaba apretándola contra mi cuerpo.
Dejé que esos dedos ascendieran, hasta colocarse en sus pezones que endurecieron sin apenas darme cuenta, los pellizqué, mientras era consciente de que su respiración se agitaba.
Noté como sus manos buscaban algo, las deslizaba por encima de mis manos, sobre sus pechos, bajando por su cintura.
Sacaba a lengua rosada, mostrándomela, agitaba su cuerpo, y esa mano suya conducía a la mía hasta su sexo.
Estaba caliente, mojado, de sus flujos, húmedo del agua aún de la reciente ducha.
Mi pene se apretó contra su trasero, mientras lo coloqué entre los cachetes.
Mi mano, obedecía a la suya, y se acoplaba entre sus piernas, primero por la parte interior de sus muslos, para después abrir dos de mis dedos y caminar con ellos en su sexo.
El olor me excitaba y continuaba apretando mi pene entre su culo, lo restregaba en todas direcciones.
Antes de meter mi yema por su hueco, agité lentamente el botón que coronaba su raja.
Endurecía al contactó, aún mojaba más la palma de mi mano que en ese momento hacían de sostén en su raja abierta.
Al notar el placer que mi mano le daba, comencé a danzar con ella, mientras el dedo no dejaba solo aquel botón, la palma abierta, restregaba el trozo de piel que sobresalía de su sexo.
Noté como ella se introducía un dedo, pero la postura no la ayudaba, y levantó doblando una de sus piernas hasta colocarla encima de su cama, de esa forma quedó totalmente abierto para mí.
Necesitaba adentrarme por esa raja, metí mi dedo por ella, mientras rozaba el suyo, los dos tenían cabida en su vagina, entraban y salían, mientras que ese contacto me daba la sensación de que echaba chispas de placer.
Los dedos húmedos, los roces se aceleraban, mi pene agitaba ascendiendo y descendiendo su culo, mi glande morado, se deslizaba con el agua y el sudor, mezclados con mis propios líquidos.
En ese momento ella comenzó a agitarse, tenía espasmos, sus caderas no cesaban, me excitó tanto que mi leche, pintó de blanco la morena piel de su trasero.
Ver como mi semen se esparcía, me gustó y continué adentrándome en su raja, a la vez que agitaba mi pene hasta dejarlo totalmente vacío en su piel.
Una vez saciado, me acerqué para besarla en el cuello, salí por la puerta.
Aquella mañana desperté totalmente mojado, solo, excitado, tranquilo, sereno, me sentía complacido.
Pero muy confuso, yo vivo solo, Laura es mi vecina, y jamás he entrado más allá de su puerta.
Pero era tan real.
Demasiado real para ser un sueño.
Deseo. Año 2004.
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