sábado, 29 de mayo de 2010

De marido a cornudo



Bueno, como hombre, me atraen las mujeres, he tenido experiencias con chicas de mi edad, y la verdad, o son muy putonas, demasiado, o no tienen ni idea.

Creo que a mí me atraen las que son mayores que yo, supongo que el morbo de sentir cosas nuevas, llenarme de su experiencia y aprender.

Ver como gozan con alguien menor que ellas.

En todo bloque de pisos existen las mujeres deseados por los hombres de otras casas y los hombres dispuestos a tirárselas si les lleva la ocasión, pero en realidad, aparte de una mirada, un saludo amistoso y algún cruce de palabras sin importancia poco más.

Digamos que opino que más de una noche, cada uno en su casa se masturba pensando precisamente en ese cuerpo que por ley no les pertenece.

Ese es mi caso.

Soltero, y mirando a la vecina de piso central como posible víctima.

Un día sin esperarlo, sonó el timbre de mi puerta, era ella, yo tenía alguna ligera idea sobre electricidad, y ella un problema con el horno que no la obedecía.

Total, me adentré por su puerta, dispuesto a echarle una mano, en todos los sentidos, si es que se dejaba.

Mientras intentaba ver el fallo, me di cuenta que tras de mí en la nevera una foto aguantada con un imán.

Mostraba el cuerpo desnudote una mujer, era perfecto, la cara estaba tapada, era un cuerpo perfecto, pero se notaba que no era precisamente el de una niña.

Mi pene creció, creí que ese cuerpo era el de Miki, la mujer de la casa, la vecina que tenía delante de mí, la misma solo que sin esa bata.

Ella se dio cuenta de donde miraban mis ojos y avergonzada la quitó, pidiéndome perdón.

Callé, por que mi voz temblaba.

Pero poco después sin darme cuenta le comenté lo hermoso que era ese cuerpo desnudo, le dije que si fuera mío, gozaría como una diosa, pues sin duda tanta belleza junta sólo podía pertenecer a una diosa.

Vi como sus ojos se iluminaban, mi pene crecía, estaba haciendo el comentario perfecto, hasta que ella, me dijo que efectivamente ese cuerpo era el de ella.

La agarró una vez más entre sus manos y mientras la miraba me contaba que se la hicieron el verano pasado, le cortó la cabeza por vergüenza, pero que guardaba el negativo.

La miré con deseo, era lo que me provocaba.

Siempre fantaseaba con tener debajo mi cuerpo una mujer así, y entrando en el tema se lo conté.

Amarla hasta que enloquecida me pidiera más, ella se excitaba como yo, pero lo disimulaba perfectamente.

Pero cada vez su cuerpo se acercaba más al mío que estaba medio inclinado intentando ver el dichoso horno.

En uno de mis movimientos mi nariz pasó cerca de sus pechos, notando como los pezones estaban duros, excitados.

Una vez más me aventuré en iniciar el tema, deseaba tocarla como fuera, ella estaba dispuesta pero no me daba demasiado pie, era lista, justo lo que a mí me gustaba.

Era consciente de que me la tenía que ganar, pero lo tenía difícil, apenas la conocía.

Era la hora de los secretos, las confidencias, Miki, me contó que su marido siempre le pedía como fantasía verla follar con otro hombre que no fuera él, pero ella siempre había sido fiel y le daba apuro hacerlo, pero en parte la excitaba la idea de ser infiel consentida.

Era mi oportunidad.

Cerrando los últimos tornillos del horno, le pregunté a que hora llegaba su marido.

Dentro de unas tres horas, fue su respuesta.

Miki, la tutee, a ver, voy a ir directo, me gustas, me atraes, ahora tengo la verga más dura que un palo, me siento mojado, tengo ganas de comerme tus senos, chuparlos hasta que los pezones crezcan en mi boca.

Tú deseas tener una aventura, para saber si puedes tener relaciones en trío como te pide tu marido.

(Ella en silencio y asintiendo escuchaba).

Me acercaba a ella con cada una de mis palabras pausadas y serenas.

Me excita verte mirándome, me excita imaginar ese cuerpo desnudo para mí solo, me excita, tenerte tan cerca, desear tocarte y no poder hacerlo.

Mis labios rozaron los suyos, calientes, carnosos.

Los abrimos y dejamos que las lenguas hablaran solas.

Mi brazo la atrajo hasta mi cuerpo, sus pechos se clavaron en mi piel, mi pene estallaba entre los pantalones.

La besé, deseaba hacer y actuar lo mejor posible, abriéndome así el camino a tenerla cuando los dos deseáramos, mis ideas eran claras.

Respondió acercando su entre pierna a mi muslo, moviendo su sexo en todas las direcciones, el calor traspasaba las ropas.

Mis manos no esperaron y sacaron los pechos del escondite, mi boca los lamió.

Sus manos dejaron de estar quietas, para pasar a ser parte de mi propia piel.

Mi rodilla abría sus muslos, dejando que acariciara su sexo.

La desnudé con calma, entre besos y caricias.

Ella me bajó el pantalón, y adentró su boca entre mis pantalones y mi piel, comiendo de mi pene.

Chupando hasta los huevos en una sola bocanada.

Temblaba.

Decidí no hacer larga la espera, pero eso sí, dentro de lo inexperto que era, sabía que una mujer necesita mucho mimo, delicadeza, pasión, dedicación.

La aparté de mi cuerpo, la senté con fuerza sobre el mármol de la cocina.

Ella me agarraba del pelo, mientras mis manos dejaron caer sus bragas.

Un pecho estaba fuera, cuando dominé su sexo abriéndolo con los dedos de una sola mano, con la otra mecía su seno.

Mi lengua se expandió para adentrarme entre su sexo, mis dedos rozaban las partes que no eran chupadas por mi saliva, su cuerpo se ondeaba, sus caderas se agitaban.

Su jugo era delicioso, cada vez asomaba más, mientras yo me lo tragaba.

Miki, bajo mí pantalón con una mano, y poco después sin darme cuenta, con su dedo lleno de saliva lo introdujo por mi ano, sólo paseaba por él, circulaba en todas direcciones.

Mi lengua la sorbía, su mano, me excitaba.

Con la otra me masturbó, a la vez que me penetraba por detrás con el dedo.

Era una sensación desconocida para mí.

Sus manos simulaban la penetración, al compás que su dedo lo hacía, me penetraba.

Mi cuerpo no aguantó mucho aquella sensación.

Mi glande creció más, y ella se preparó para comer mi esencia, después de que yo me comiera la suya, inundándome la boca con sus jugos.

Fui capaz de aguantar su orgasmo y después dar paso al mío.

Ella abría la boca, dejando ver como el chorro blanco hacía puntería en su garganta.

La sacudió, después la limpió, con la lengua.

Nos abrazamos besándonos, mientras que con ese beso intercambiábamos los jugos.

Abrazados, continuamos hablando si ella estaba dispuesta a realizar esa fantasía de su marido, pero solo conmigo, pero entonces me dí cuenta de que yo no era capaz.

Se lo dije, ante mi duda, creí perderla, pero mi asombro, fue al escuchar que me pedía ser mi amante, mejor dicho, que yo fuera su amante.

Hoy cuando su marido sale por la puerta, entro yo.

Disfrutamos del sexo y el pobre hombre que busca un amante para su mujer, no sabe ni tiene idea de que es un cornudo.

Deseo. Año 2004.

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