viernes, 7 de mayo de 2010

Con las manos en la masa



Era Domingo, me encantan los Domingos, me dan mucha libertad, es el único día de la semana que no tengo que trabajar, y por tanto, suelo aprovechar mis días, para cocinar, limpiar, y dedicarme a mí misma.

Aquel Domingo me levanté muy temprano, lo más bonito de un día de fiesta, es aprovechar la magnitud del mismo, salí a dar un paseo, y después de desayunar en una cafetería del parque subí a mi casa con las intenciones de ponerme a guisar.

Es cierto, que vivir sola es un auténtico rollo, que no te den ganas de cocinar, ni de limpiar para tí mismo, pero en cambio, a mí cocinar me relaja, de echo, es la única parte de la casa en la que soy plenamente yo. En la que disfruto con mis cazuelas, con mis recetas, y con cada uno de los ingredientes que preparo con esmero.

Estaba sumisa con mi primer plato (me disponía a cocinar para toda la semana) cuando sonó el teléfono, odio que me molesten mientras cocino, me distrae y hace que mis platos no salgan tan exquisitos, me acerqué al teléfono y contesté.

- Hola Cielo, soy Carlos, ¿te acuerdas de mi verdad?

Cómo no iba a acordarme, Carlos había sido un ex novio mío con el que, siempre he guardado una gran amistad, aunque últimamente la habíamos perdido puesto que él se había echado novia y había dejado enfriar un poco las cosas.

Me vi envuelta en una encerrona, sinceramente, no me apetecía ver a Carlos, sabía que podía volver a aflorar sentimientos en mí que no me gustaban, pero en cambio, parecía que él sí tenía ganas de verme y contarme como le iba la vida.

No podía dejar mis fogones, así que le invité a venir a casa, quizá presa también del miedo, y sabiendo que en ella, en mi casa, estaría más protegida.

A las dos y medía del medio día Carlos llamó al timbre, aún estaba con la comida, rebozando un plato que estaba sacando de un libro de cocina, como no esperaba visita, no me vestí, así que le recibí tal y como iba vestida, con unos pantalones de chandal y una camiseta ajustada de sport.

Sin embargo, Carlos venía guapísimo, con unos pantalones de lino, y una camisa color safari, lo vi más guapo que como lo recordaba, quizá sea cierto eso que dicen, que echarse novi@ o casarse, te ponen más guapo.

- Disculpa, Carlos aún estoy cocinando, no pensaba tener visita, así que me he entretenido más de la cuenta.

- No pasa nada, no tengo hambre, he tenido un buen desayuno, así que termina yo me siento aquí en la mesa y no molesto.

Carlos se sentó en la mesa y comenzó a hablarme de su vida, de su novia, de sus andanzas, mientras yo seguía con mis guisos.

Estaba dándole la espalda, pues la mesa estaba detrás de mí, llevábamos media hora hablando cuando noté unas manos recorriendo mi cintura.

- Carlos, cielo no te confundas … te he invitado a comer ...

Pero Carlos no me contestó, me dio media vuelta y me estampó un beso con lengua sin que yo pudiera defenderme.

Aquel beso hizo que algo en mi interior se excitase, había hecho mil veces el amor con él, habíamos disfrutado del sexo, pero sin embargo, no sé porque, ésta vez era todo diferente.

Cuando terminó de besarme, no pude ni decir palabra, estaba tan excitada, con aquel beso, quizá evocando cosas del pasado, que me sorprendí a mi misma buscando más besos, dándole besos por el cuello, metiendo las manos aún empapadas de harina debajo de su camisa, suspirando, excitada.

Carlos comenzó a quitarme la ropa, me subió encima de la encimera y me empezó a tocar, los pechos, con ambas manos, y besándome la boca de forma apasionada, como si aquel beso fuera el último, como si cada beso que me daba fuera el último.

Bajó sus manos y me despojó de toda mi ropa, ahí estaba yo, subida a la encimara completamente desnuda para él, en el rincón de mi casa que tanto me gustaba, aunque nunca imaginé darle un uso así.

Una vez desnuda, Carlos comenzó a chuparme mi sexo, completamente rasurado, metía la lengua en él, y la sacaba, una y otra vez, una y otra vez, ahora era yo misma la que me estaba acariciando los pezones presa de una excitación desenfrenada.

Se desnudó apresuradamente, me dijo que me extendiera completamente en la encimera, que quería "trabajarme" no entendí muy bien a qué se refería, pero desde luego y dado el grado de mi excitación poco me importaba.

Cogió la botella de aceite y comenzó a echarme aceite por todo mi cuerpo, aquello me pareció excitante, pero por otro lado, me parecía una guarrería, estaba siendo violada en mi cocina.

Carlos recorrió primero mi cuerpo con las manos, huntándome bien de aceite, después empezó a lamerme todo el aceite vertido, le miraba a los ojos y se dibujaban lascivos, pero lejos de no gustarme, este encontronazo en mi cocina me estaba encantando.

Carlos siguió con el aceite por mi sexo, introduciéndome a la vez, un par de dedos en él, miró por mi cocina, y vio un pepino, que estaba a punto de ser usado para mi pisto, pero creo que él, Carlos, tenía otras intenciones, así, fue como poco a poco, aquel "enorme pepino" se iba introduciendo en mi sexo, puede sonar guarro, pero a mí, lejos de disgustarme, me estaba excitando de formas como nunca lo había hecho.

Aún con el pepino dentro, me bajé de la encimera, y le dije que se sentase él en ella, quería probar los manjares de mi cocina también con él, me hizo caso, se sentó desnudo en la encimera de mi cocina, con cara de niño malo, pensando en que sería lo que le haría, miré la salsa de unos de mis pucheros, estaba fría, cogí un poco de ella, y comencé a rociársela por el pene, Carlos me miraba excitado.

- Si cariño, cómete todo el guiso.

Por supuesto, esa era la intención de haber vertido mi salsa en su pene, eran los dos mejores manjares en mi cocina, así comencé a darle lametones degustando mi salsa en su pene, poco a poco la salsa dejó al descubierto su sexo, su pene, introduje todo su pene en mi boca, como si fuese la primera vez que lo hacía, ansiosa de sexo, mientras con mi otra mano, seguía metiéndome y sacándome el pepino que Carlos había improvisado de vibrador.

- Dios que gusto, cariño, me voy a correr… quiero correrme cielo.

Yo también deseaba correrme, así que Carlos se corrió en mi boca, mientras yo se la chupaba, tuve un orgasmo conjunto con él, saqué el pepino de mi sexo, y ambos nos miramos con cara de picarones.

- Te he estropeado la comida cariño.

- Más bien me la has alegrado.

Ambos estabamos empapados de sudor, de aceites, harina, parecíamos dos niños pequeños experimentando con la comida, le miré a los ojos, y le dije, vamos a la ducha.

No tardamos en llegar, Carlos empezó a frotarme la espalda con la esponja, a darme besos por la espalda, a recorrer con sus manos mis tetas erectas para él, sabía como hacerme disfrutar, pero ahora había madurado.

Llegó a mi culo, e introdujo su un dedito en él, estuvo largo rato jugando con sus dedos por mi culo, con su lengua por mi espalda, me tenía excitadísima, muy cachonda, me di la media vuelta, no aguantaba más, le agarré el sexo y sin mediar palabra, me lo introduje en mi vagina, necesitaba sentirlo ahí, dentro de mí, era arriesgado pues la ducha no era grande, pero tenía que intentarlo, pegué un salto, y me abracé con mis piernas a su cuerpo, Carlos entendió que quería terminar de esa forma, abrazada a él, siguió con el dedo en mi culo, dándome más y más placer, mientras yo, abrazada por mis piernas a su cintura, daba pequeñas galopadas encima de él.

- Cielo me corro.

- Si amor, te quiero, córrete.

Abrazados en esa postura llegamos al segundo orgasmo, nos miramos y nos reímos, terminamos la ducha, y preparamos la comida, esta vez si, para comer.

Rosarojak. Año 2003.

No hay comentarios:

Entradas más populares del blog