
Febrero, mes mágico.
16 - Sábado.
Cita con los carnavales.
Lugar: Santa Cruz de Tenerife.
Clima: Cálido, 24º.
Estábamos todos eufóricos, por fin en casa nos dejaban alejarnos para estar aquí, era un sueño cumplido.
Nos estábamos disfrazando, la intención es la de pasarlo lo mejor posible, bailando, bebiendo, gritando.
Salimos a la calle, no nos importaba que nos vieran, no nos conocía nadie.
Inicia la salida, el carnaval, sonidos de ollas, pitidos, gritos, risa y música, acompañada de comparsas.
Carrozas, mujeres, niños hombres que son mujeres, mujeres que no sabes lo que son.
Y miles de disfraces diferentes.
Bebida en nuestras manos.
El calor hacía que la gente disfrutara aún más, podías despojarte de las ropas, sin miedo a pasar frío.
Una gran carroza, en ella una mujer, en tanga, y sostén, solo la cubría un fino velo.
Mis ojos ya no pudieron apartar la vista de ella.
Bailaba, allí encima de la carroza.
Melena larga, clara, un cuerpo perfecto, pero lo que más me excitaba era su antifaz.
Perfecto, erótico.
No podía escuchar nada, mi mente estaba distante mirando el cuerpo en movimiento.
La bebida quizás, o tal vez el estar allí, un cúmulo de circunstancias me hizo subir a su lado.
No podía dejar de mirarla.
Me hechizaba, ella no hizo ni dijo nada, sólo me miraba y danzaba.
Una de sus manos me rozó, recuerdo que estremecí.
Mi mente estalló en delirios de pasión y sueños con sexo.
Continuó rozándome, cada vez más, y sin darme cuenta, ya formaba parte del espectáculo.
Deseaba sentirla, notar el contacto de su piel, sus manos, sus caderas.
Arrancarle el velo, para descubrir su cuerpo sin ataduras.
Me acerqué y la besé en los labios, ella me respondió.
Me abrazó y colocó mis manos en sus caderas, haciéndome sentir el ritmo y el compás.
Se acercaba a mí, apretándose contra mi cuerpo, rozando mi sexo.
Este empezó a aumentar de tamaño.
Como la deseaba, cada vez más, me acercaba yo para sentir su culo en mi pene.
La música, la gente, la bebida.
¡DIOS!
Estaba apunto de estallar, le acaricié los pechos sin importarme que me vieran, era como un juego, una parte del carnaval.
Se dejó y pareció gustarle.
Le coloqué una de sus manos, en mi bragueta.
Me miró y ella colocó una de las mías en su sexo.
Pude tocar la humedad, estaba tan excitada como yo.
Me tendió en el suelo de la carroza, delante de toda la gente y se apartó la tira del tanga.
De modo que su sexo quedara abierto para mí.
Con una mano me sacó mi pene y se lo introdujo.
La excitación crecía por momentos, el saber que nos veían, me excitó aún más y se la clavé muy adentro.
Ella saltaba sobre mí, sus gemidos se confundían con las risas.
Cabalgo, al son de la música.
Y llegamos al orgasmo, de forma inesperada, el roce de las ruedas de la carroza, ayudaba a nuestros movimientos.
Nos quedamos allí los dos, descansando, sudando.
Y cuando bajamos lo hicimos para ir hacia mi hotel.
Aquella noche no acabó tan pronto.
Se hizo intensa, pero te aseguro que muy placentera.
No se si regresaré a Tenerife, pero esos carnavales, no los olvidaré jamás.
Deseo. Año 2003.
16 - Sábado.
Cita con los carnavales.
Lugar: Santa Cruz de Tenerife.
Clima: Cálido, 24º.
Estábamos todos eufóricos, por fin en casa nos dejaban alejarnos para estar aquí, era un sueño cumplido.
Nos estábamos disfrazando, la intención es la de pasarlo lo mejor posible, bailando, bebiendo, gritando.
Salimos a la calle, no nos importaba que nos vieran, no nos conocía nadie.
Inicia la salida, el carnaval, sonidos de ollas, pitidos, gritos, risa y música, acompañada de comparsas.
Carrozas, mujeres, niños hombres que son mujeres, mujeres que no sabes lo que son.
Y miles de disfraces diferentes.
Bebida en nuestras manos.
El calor hacía que la gente disfrutara aún más, podías despojarte de las ropas, sin miedo a pasar frío.
Una gran carroza, en ella una mujer, en tanga, y sostén, solo la cubría un fino velo.
Mis ojos ya no pudieron apartar la vista de ella.
Bailaba, allí encima de la carroza.
Melena larga, clara, un cuerpo perfecto, pero lo que más me excitaba era su antifaz.
Perfecto, erótico.
No podía escuchar nada, mi mente estaba distante mirando el cuerpo en movimiento.
La bebida quizás, o tal vez el estar allí, un cúmulo de circunstancias me hizo subir a su lado.
No podía dejar de mirarla.
Me hechizaba, ella no hizo ni dijo nada, sólo me miraba y danzaba.
Una de sus manos me rozó, recuerdo que estremecí.
Mi mente estalló en delirios de pasión y sueños con sexo.
Continuó rozándome, cada vez más, y sin darme cuenta, ya formaba parte del espectáculo.
Deseaba sentirla, notar el contacto de su piel, sus manos, sus caderas.
Arrancarle el velo, para descubrir su cuerpo sin ataduras.
Me acerqué y la besé en los labios, ella me respondió.
Me abrazó y colocó mis manos en sus caderas, haciéndome sentir el ritmo y el compás.
Se acercaba a mí, apretándose contra mi cuerpo, rozando mi sexo.
Este empezó a aumentar de tamaño.
Como la deseaba, cada vez más, me acercaba yo para sentir su culo en mi pene.
La música, la gente, la bebida.
¡DIOS!
Estaba apunto de estallar, le acaricié los pechos sin importarme que me vieran, era como un juego, una parte del carnaval.
Se dejó y pareció gustarle.
Le coloqué una de sus manos, en mi bragueta.
Me miró y ella colocó una de las mías en su sexo.
Pude tocar la humedad, estaba tan excitada como yo.
Me tendió en el suelo de la carroza, delante de toda la gente y se apartó la tira del tanga.
De modo que su sexo quedara abierto para mí.
Con una mano me sacó mi pene y se lo introdujo.
La excitación crecía por momentos, el saber que nos veían, me excitó aún más y se la clavé muy adentro.
Ella saltaba sobre mí, sus gemidos se confundían con las risas.
Cabalgo, al son de la música.
Y llegamos al orgasmo, de forma inesperada, el roce de las ruedas de la carroza, ayudaba a nuestros movimientos.
Nos quedamos allí los dos, descansando, sudando.
Y cuando bajamos lo hicimos para ir hacia mi hotel.
Aquella noche no acabó tan pronto.
Se hizo intensa, pero te aseguro que muy placentera.
No se si regresaré a Tenerife, pero esos carnavales, no los olvidaré jamás.
Deseo. Año 2003.
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