
Un coco loco le despertó de su atontamiento cayendo en su cabeza. Su velero había embarrancado y aturdido, el náufrago miraba a todas partes, intentando al menos darse cuenta de dónde estaba y cómo.
No tenía heridas, salvo un buen chichón en la frente (el coco) pero estaba calado de agua salada hasta los huesos, de modo que se quitó los tejanos, luego los calcetines, buscó sus zapatos y no aparecían por ninguna parte y por último se despojó de su camiseta extendiendo todas sus ropas bien escurridas en un tronco cercano que encontró.
Mientras se quitaba la camiseta azulona, aquella que tanto le gustaba, la del dibujo infantil, le pareció escuchar un susurro a plena luz del día, un sonido envolvente que le produjo curiosidad y un poco de respeto, pero al volver a mirar por encima de la prenda ya no se oía nada.
De entre todo lo que llegó con él hasta aquella isla, su mochila flotaba por la orilla, así que se desplazó de tres zancadas a por ella rescatándola además de un posible hundimiento. Le daba algo de corte estar de aquella guisa gallumbera en un lugar donde pensaba él, podría aparecer cualquiera en cualquier momento. Abrió la cremallera de su bolsa y rebuscó su bañador negro y sus chanclas, ahora estaba más acorde con el paisaje que podía ver: agua verdosa por todas partes, un velero roto en mitad de una playa desierta con un par de cocoteros de baja copa, arena fina casi blanca y …. ¿habría algo más por aquel paraje? No le convencía demasiado comprobarlo, el miedo a lo desconocido afloró de inmediato optando mejor por sacar el teléfono móvil de su empapada mochila, benditos tiempos de anti naúfrago (pensó por un momento) pero el móvil estaba calado de agua también y de momento no funcionaba. Lo desmontó y con cuidado secó pieza por pieza con un papelote que revoloteó entre el entorno pero …. no, debería dejarlo un buen rato al sol, a ver si hubiera más suerte con aquel método.
De repente, otra vez aquel susurro, era como una voz, pero el náaufrago no veía nada, ¿sería su mente que le estaba jugando una mala pasada? Echó un vistazo rápido a todo lo que le alcanzaban sus ojos, pero nada ... hasta que …. ¡no podía ser!, en el agua, saltando, le pareció ver la mata de pelo dorada de una mujer pero con cola de pez …. y aquel sonido que se adentraba en su cabeza de nuevo. El naufrago se frotó los ojos y empezó a reír a carcajadas. Seguro que había tragado agua o a su cerebro no llegaba demasiado bien el riego. Se dio la vuelta, de espaldas al mar y se tumbó boca abajo sobre la cálida arena de aquella playa. Lo cierto era que allí se estaba muy bien y sin darse cuenta se fue sumergiendo en una especie de duermevela hasta que notó salpicones de gotas de agua en su espalda. Por un momento el corazón se le aceleró y al darse la vuelta para ver qué gotas eran aquellas, la encontró de bruces, era Alba, una sirena que miraba al náufrago con una curiosidad y una emoción latente. Su piel era blanquecina, sus ojos color miel amarillentos y su pelo negro como el azabache. Al náufrago solo se le calmó la inquietud cuando vio aflorar la sonrisa de aquella sirena, deduciendo que no debía ser muy maligna si sonreía de aquella manera que le desarmó por completo. También se percató de que el sol estaba a punto de esconderse tras el horizonte, pero con aquel manjar delante bien poco le preocupaba, ya le encontrarían, él acababa de descubrir un paraíso y no pensaba moverse de allí hasta averiguar qué sucedería, cuando de pronto y todavía en silencio, sentado contemplando aquella lindeza, Alba le tomó de la mano posándola en sus senos, retirándose ella misma el cabello y dejando ver al náufrago todo su escote en esplendor. La otra mano se la puso en la mejilla, estaba pidiéndole una caricia. -¿Hablas? -le preguntó el náufrago …
Alba no contestó. Si hablaba o no hablaba era un misterio pero lo que estaba muy claro era que aquella mujer con cola de pez quería marcha, guerra, porque con las caricias de el náufrago empezó a gemir suave y dulcemente lanzándose de un golpe seco a su boca. El náufrago iba a comprobar de aquella manera que al menos lengua tenía, otra cosa no se sabía pero lengua sí, la notó enlazada con la suya en un beso que calentó su parte más íntima e hizo que Alba le dejara solo acariciar sus senos, ya sin la guía de sus manos y éstas se ocuparan de buscar aquel sexo escondido que se enrojecía por momentos.
El náufrago cerró los ojos y se dejó hacer mientras saboreaba aquel eterno beso cuando de repente por su espalda unas manos tibias y empapadas comenzaron a deslizarse. No podían ser las manos de Alba, no, porque eran las manos de Abi, otra sirena de melancólica sonrisa y pelo dorado como el sol, ¿de dónde habría salido?, ¿qué importaba ese detalle? El náufrago se sentía tan a gusto que …. sobraban las palabras en realidad. Y lo que allí hacía falta, sin duda, podía respirarse en el ambiente, era una buena "inyección", aunque …. ¿por dónde introduciría el pobre náufrago su jeringuilla?. Tampoco es que le preocupara demasiado con todo lo que estaba sintiendo, aquellas caricias en su falo por parte de Alba y los besos de Abi en su cuello, ni ganas había de plantearse nada más aunque en un momento que abrió los ojos, le pareció ver toda una corte de mujeres que salían del mar al tiempo que un rayo de luna las rozaba y tenían piernas …. lo que quería decir que ….
Eran a cada cual más hermosa, a simple vista pero cada una tenía un defecto aunque eso al náufrago en aquel momento bien poco le importaba, cuando se moría de ganas de usar su lengua por aquellos senos y pezones erectos que tenía delante. Suavemente se abalanzó sobre Alba tumbándola a ella en su turno sobre la oscurecida arena ya solo cubierta de reflejos de luna y al quedar sobre ella acariciando y comiendo de sus senos, pudo comprobar que efectivamente aquella sirena tenía piernas porque las estaba enroscando tras el trasero del náufrago justo en aquel momento donde además notaba pequeños cachetitos procedentes de las juguetonas manos de Abi, le daba lo mismo de quien fueran, él se sentía pletórico y sólo se dejó arrastrar por un torrente de sensaciones que lo inundó. Extendió su brazo hacia la comprobación de que aquella sirena convertida en mujer al roce de la luna contenía entre sus piernas, efectivamente, una hermosa flor abierta para él. Acariciaba sus labios vaginales con gran sensibilidad, lo que despertaba en la boca de Alba gemidos sin fin y el contagio de las demás sirenas expectantes a poseer aquel cuerpo masculino como si nunca nadie así hubiera pernoctado por allí.
El náufrago se derretía ante la llegada de una boca suave que lamiera su falo y de repente, como si una de ellas hubiera recibido su mensaje de deseo lo devoró golosamente mientras él se daba la vuelta para dejarse arrastrar por la perversión de arrasar con dedos y lengua en todo lo que encontraba a su paso, como hacían con él. No las contó, no estaba como para echar números, solo se le venía a la cabeza el mágico sesenta y nueve pero llenaban la playa, tan pronto le parecían una legión como de pronto solo una lengua y un sin fin de manos que bañaban su cuerpo de sensaciones únicas, y no quería saber nada más.
Podía notar el efecto de sus caricias, aquellas flores vaginales chorreaban de ambrosías al compás del inequívoco sonido del placer, el gemido gutural resoplado, y tantos juntos, le excitaban más y más. Intentaba multiplicar sus manos, sus dedos e intensificar sus sensaciones pero los párpados le pesaban demasiado y si los abría tenía miedo de que todo se desvaneciera, incluido él, que se encontraba al límite de su resistencia y sólo quería que aquello durara más y más … No paraba de degustar flores de todos los sabores y colores, como si de un hermoso jardín se tratara. Aquellas sirenas se organizaban bien para recibir sus caricias hasta llegar al orgasmo mientras solo una, la más tímida y por detrás, acariciaba, besaba y excitaba sus nalgas y la herramienta que bien erecta guardaba entre aquellas piernas. Si tan siquiera intentaba mirarla, la sirena misteriosa se retiraba cubriéndose el rostro con su pelo, y no era plan de asustarla, no.
El náufrago se derretía ante la llegada de una boca suave que lamiera su falo y de repente, como si una de ellas hubiera recibido su mensaje de deseo lo devoró golosamente mientras él se daba la vuelta para dejarse arrastrar por la perversión de arrasar con dedos y lengua en todo lo que encontraba a su paso, como hacían con él. No las contó, no estaba como para echar números, solo se le venía a la cabeza el mágico sesenta y nueve pero llenaban la playa, tan pronto le parecían una legión como de pronto solo una lengua y un sin fin de manos que bañaban su cuerpo de sensaciones únicas, y no quería saber nada más.
Podía notar el efecto de sus caricias, aquellas flores vaginales chorreaban de ambrosías al compás del inequívoco sonido del placer, el gemido gutural resoplado, y tantos juntos, le excitaban más y más. Intentaba multiplicar sus manos, sus dedos e intensificar sus sensaciones pero los párpados le pesaban demasiado y si los abría tenía miedo de que todo se desvaneciera, incluido él, que se encontraba al límite de su resistencia y sólo quería que aquello durara más y más … No paraba de degustar flores de todos los sabores y colores, como si de un hermoso jardín se tratara. Aquellas sirenas se organizaban bien para recibir sus caricias hasta llegar al orgasmo mientras solo una, la más tímida y por detrás, acariciaba, besaba y excitaba sus nalgas y la herramienta que bien erecta guardaba entre aquellas piernas. Si tan siquiera intentaba mirarla, la sirena misteriosa se retiraba cubriéndose el rostro con su pelo, y no era plan de asustarla, no.
La más lanzada, cuyo nombre desconocía, porque no alcanzaba a ver la esclava de plata con su nombre que colgaba de su cuello, lo empujó suavemente hasta sentarlo. La espalda de otra de ellas le hizo de soporte para no caer tendido sobre la arena. Parecía que una pelirroja y pecosilla sirena quería poseerlo sentada en cuclillas antes de que se vaciara y él se dejó hacer. Atrapó su trasero entre sus manos y ayudándola a subir y bajar la poseyó hasta que la sirena quedó satisfecha. Pero se retiró y antes de que el náufrago pudiera darse cuenta ya tenía a otra encima. No era capaz de distinguir defectos ni saber si se lo estaba montando con rubia o morena, ya todo era fuego … y por eso su deseo era notar los alientos de las jadeantes damas que se lo bebían y comían sin contemplación alguna, ¿qué quedaría de aquel náufrago?.
El revuelo libidinoso era muy placentero, se podía respirar en el aire: al náufrago le estaba gustando muchísimo jugar con sus dedos entre todos los agujeros que se encontraba tan cerca, entrar, salir, no entrar del todo, mojárselos bien, dejarles el clítoris al rojo vivo a todas las que no iba poseyendo y luego meter su cabeza entre sus muslos y que ellas apretaran bien fuerte con ellos mientras sus manos le empujaban con fuerza hacia sus almejas, donde él metía hasta su nariz para llegar así a sus culitos con su lengua.
El revuelo libidinoso era muy placentero, se podía respirar en el aire: al náufrago le estaba gustando muchísimo jugar con sus dedos entre todos los agujeros que se encontraba tan cerca, entrar, salir, no entrar del todo, mojárselos bien, dejarles el clítoris al rojo vivo a todas las que no iba poseyendo y luego meter su cabeza entre sus muslos y que ellas apretaran bien fuerte con ellos mientras sus manos le empujaban con fuerza hacia sus almejas, donde él metía hasta su nariz para llegar así a sus culitos con su lengua.
Por su parte aquellas sirenas con piernas de mujer se ponían muy malitas con aquel placer por ambas partes a la vez, dedos que parecían tentáculos, y ese arte de aquella cara morena entre sus nocturnas y lunáticas piernas. Aquel náufrago sabía como ponérselos al rojo vivo, gordito, y palpitante, para recibir seguidamente las embestidas de un falo que estaba ya a punto de explosionar en un mete saca sin principio ni final.
Cada vez que algún dedo pulgar de aquel náufrago rozaba el sagrado y oculto botón de alguna de aquellas féminas, un suspiro profundo era enviado al aire, a la brisa de la noche que lo cubría todo, único testigo de aquel paraíso de placer. Él se deleitaba contemplando cada cuerpo de mujer en su gesto más íntimo y en la compañía que con sus propias manos se mecían y volvían generosas en caricias en sus senos sin cubrir. De repente una de ellas se sujetaba de su cuello como de repente le ofrecían su manjar más íntimo. Manos, bocas, babas incontables, como las sensaciones que se multiplicaban en su interior.
Cada vez que algún dedo pulgar de aquel náufrago rozaba el sagrado y oculto botón de alguna de aquellas féminas, un suspiro profundo era enviado al aire, a la brisa de la noche que lo cubría todo, único testigo de aquel paraíso de placer. Él se deleitaba contemplando cada cuerpo de mujer en su gesto más íntimo y en la compañía que con sus propias manos se mecían y volvían generosas en caricias en sus senos sin cubrir. De repente una de ellas se sujetaba de su cuello como de repente le ofrecían su manjar más íntimo. Manos, bocas, babas incontables, como las sensaciones que se multiplicaban en su interior.
El náufrago ya no resistía más y de aquella marabunta agarró firmemente dos piernas cuyo cuerpo se encontraba tendido boca abajo sobre la arena de aquella playa caliente y la penetró antes de que pudiera ni tan siquiera gemir, le hizo una carretilla que aquella sirena encantada no olvidaría jamás. Seguramente era una de las que tendida en el suelo se auto complacía con las vistas y el ambiente en sí mismo porque su interior parecía un manantial sagrado y suave que su falo calmó de sed chorreando en ambas direcciones y cuando ya no soportaba más depositó su líquido y viscoso elemento sobre la espalda de la tímida sirena que no se atrevía a mirarlo tal vez demasiado ocupada en inundarse de sensaciones. Nada de lesbianismo, él y solo él era el centro de aquel foco pasional, sorprendente … Cuando fue capaz de ser consciente de lo que había ocurrido en unos metros a su redonda, por un momento se sintió dios y eso era algo que alimentaba su ego, y mucho, una bonita historia que …. sin embargo, ¿a quien podría contar? A nadie. Dormiría en su cabecita por siempre jamás al abrigo de sus recuerdos más preciados.
El sol de nuevo se atrevía a rozar el horizonte y saludar a aquella bacanal con alegría aunque …. sirena por sirena, beso a beso en la mejilla de aquel náufrago fueron desfilando de vuelta al mar, el encantamiento había terminado pero él con cada beso avivaba sus brasas hasta que …. RINGGGGGGGGGGGGG, el teléfono sonó, ¿Quién lo había montado de nuevo? ¿Cómo se había secado la pila? Lástima …. Volvería a la realidad y a la rutina de cada día. Trenes como aquel apenas pasaban una vez en la vida y al menos él, si no podría contarlo jamás, lo guardaría como un tesoro oculto en su existencia.
La historia de un naufragio, 24 horas de placer sin fin, ¿sabrá volver otro día? Todavía se lo pregunta la sirena huidiza cada ocaso ….
María Silvia Cano. Año 2010.
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