
Se acerca el verano, el calor, las prendas ligeras que, con un poco de suerte dejan a la vista más cosas de las deseadas.
Recuerdo un verano, y una playa, un día bochornoso de calor, una rubia despampanante cerca de mi toalla.
Como es normal, yo boca a bajo, para que mi protuberancia no se notara, la chica no hacia más que embadurnarse de aceite.
No te cuento más, el aceite brillante por los pechos, que no dejaba de sobarse, con la intención de que quedara bien esparcido.
Yo no podía dejar de mirar aquel cuerpo perfectamente bronceado.
Y mi estado era el de mostrar mi barriga a la arena, no estaba a más de dos metros, casi la alcanzaba con mis manos.
Intenté cerrar los ojos para olvidar y poder correr al agua a refrescarme.
Pero mi mente escapaba.
Sentí un tacto en mi espalda, un dedo.
Alcé la mirada, era ella arrodillada a mi lado, sus pechos a la altura de mis ojos, mi pene tapado haciendo un hueco en la arena, eran reales no estaba operados.
- Hola, perdona que te moleste, pero es que no me puedo poner aceite en la espalda, ¿podrías ayudarme?
- Pues la verdad, si esperas unos minutos lo intentaré (indicándole con la vista mi estado).
- Vale, si quieres espero, aquí sentada.
Intentamos mantener una conversación, para ver si mi músculo independiente, se olvidaba de que estaba mirando unas tetas impresionantes y que mi mente solo quería chuparlas.
No había forma de rebajar mi verga, a lo que ella me dijo.
- Ven, yo te tapo, camina tras de mí hacia el agua.
- ¿Estás segura?
- ¿Acabo de decírtelo no?, por lo tanto, ven.
Me levanté, tras ella, caminaba con estilo, me encendía aún más, estoy seguro de que ella lo sabía, desee metérsela por el culo allí mismo.
Entramos en el agua, y avanzamos, mi pene no bajaba a su estado natural, crecía y crecía.
Ya cuando el agua nos llegaba por la cintura, quise ver como estaba y abrí un poco mi bañador, las venas estaban moradas, se lo mostré.
Pareció sorprenderse, me agarró la mano y se adentró más, hasta que el agua salada, fresca, sensual, resbaladiza, nos llegaba a la altura del cuello.
Allí, en el agua, a esa altura poca gente había, además ya no importaba por que tenía su mano tocándome los genitales.
Yo estaba a mil, ella también, se acercaba a mí y refregaba su sexo contra el mío, sus pechos flotaban.
Me los comí, tenían un sabor especial a mar, exquisito, apetecible, necesitaba penetrarla, se lo dije, pero ella se dio la vuelta y me mostró un culo, con el que acarició mi pene, con fuerza, le gustaba sentir que estaba erecto y lo sacó de la funda de mi bañador, respiró y buceó hasta encontrarlo, se lo introdujo en la boca, allí bajo el agua, nunca había sentido esa sensación de humedad y placer.
Cuando ascendió a la superficie, se agarró con fuerza a mi cintura con sus piernas.
La penetré, una y otra vez, con la seguridad, el placer, la humedad, el agua, entraba sola, y a la vez sentía que me apretaban la polla. Tenía la sensación de que me la succionaban.
Llegamos a corrernos allí, bajo el agua, a la vista de todos, sin callar un gemido, sin intentar ocultarnos, el calor del cuerpo, no lo apagó el agua salada.
Ví, como mi semen flotaba, me gustó, era otra sensación que no había experimentado.
Estuvimos un rato así, y salimos del agua.
¡Acababa de follar en el mar!.
Se tumbó a mi lado, ya no me pidió el aceite, sólo me dijo que me quería follar desde que me vió.
No la he visto más, pero he de repetirlo.
Deseo. Año 2003.
Recuerdo un verano, y una playa, un día bochornoso de calor, una rubia despampanante cerca de mi toalla.
Como es normal, yo boca a bajo, para que mi protuberancia no se notara, la chica no hacia más que embadurnarse de aceite.
No te cuento más, el aceite brillante por los pechos, que no dejaba de sobarse, con la intención de que quedara bien esparcido.
Yo no podía dejar de mirar aquel cuerpo perfectamente bronceado.
Y mi estado era el de mostrar mi barriga a la arena, no estaba a más de dos metros, casi la alcanzaba con mis manos.
Intenté cerrar los ojos para olvidar y poder correr al agua a refrescarme.
Pero mi mente escapaba.
Sentí un tacto en mi espalda, un dedo.
Alcé la mirada, era ella arrodillada a mi lado, sus pechos a la altura de mis ojos, mi pene tapado haciendo un hueco en la arena, eran reales no estaba operados.
- Hola, perdona que te moleste, pero es que no me puedo poner aceite en la espalda, ¿podrías ayudarme?
- Pues la verdad, si esperas unos minutos lo intentaré (indicándole con la vista mi estado).
- Vale, si quieres espero, aquí sentada.
Intentamos mantener una conversación, para ver si mi músculo independiente, se olvidaba de que estaba mirando unas tetas impresionantes y que mi mente solo quería chuparlas.
No había forma de rebajar mi verga, a lo que ella me dijo.
- Ven, yo te tapo, camina tras de mí hacia el agua.
- ¿Estás segura?
- ¿Acabo de decírtelo no?, por lo tanto, ven.
Me levanté, tras ella, caminaba con estilo, me encendía aún más, estoy seguro de que ella lo sabía, desee metérsela por el culo allí mismo.
Entramos en el agua, y avanzamos, mi pene no bajaba a su estado natural, crecía y crecía.
Ya cuando el agua nos llegaba por la cintura, quise ver como estaba y abrí un poco mi bañador, las venas estaban moradas, se lo mostré.
Pareció sorprenderse, me agarró la mano y se adentró más, hasta que el agua salada, fresca, sensual, resbaladiza, nos llegaba a la altura del cuello.
Allí, en el agua, a esa altura poca gente había, además ya no importaba por que tenía su mano tocándome los genitales.
Yo estaba a mil, ella también, se acercaba a mí y refregaba su sexo contra el mío, sus pechos flotaban.
Me los comí, tenían un sabor especial a mar, exquisito, apetecible, necesitaba penetrarla, se lo dije, pero ella se dio la vuelta y me mostró un culo, con el que acarició mi pene, con fuerza, le gustaba sentir que estaba erecto y lo sacó de la funda de mi bañador, respiró y buceó hasta encontrarlo, se lo introdujo en la boca, allí bajo el agua, nunca había sentido esa sensación de humedad y placer.
Cuando ascendió a la superficie, se agarró con fuerza a mi cintura con sus piernas.
La penetré, una y otra vez, con la seguridad, el placer, la humedad, el agua, entraba sola, y a la vez sentía que me apretaban la polla. Tenía la sensación de que me la succionaban.
Llegamos a corrernos allí, bajo el agua, a la vista de todos, sin callar un gemido, sin intentar ocultarnos, el calor del cuerpo, no lo apagó el agua salada.
Ví, como mi semen flotaba, me gustó, era otra sensación que no había experimentado.
Estuvimos un rato así, y salimos del agua.
¡Acababa de follar en el mar!.
Se tumbó a mi lado, ya no me pidió el aceite, sólo me dijo que me quería follar desde que me vió.
No la he visto más, pero he de repetirlo.
Deseo. Año 2003.
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