viernes, 14 de mayo de 2010

Frenesí



El verano pasado tuve que salir de mi cuidad por trabajo, dejando atrás mi casa mis cosas mi familia y a Víctor mi novio, eso era lo que más me dolía, necesitaba sus caricias.

Mis días en aquel pueblecito costero, trascurrían entre el trabajo y mi habitación, con la fotografía de Víctor siempre cerca de mí, llorando su ausencia, sus besos y nuestros encuentros de amor y pasión.

Una mañana, mi jefa me sorprendió diciéndome:

- Ana, eso del amor está muy bien, y cuando funciona es algo maravilloso. Pero también debes aprender a divertirte. A partir de ahora, este lugar se llenará de chicos guapos, con ganas de divertirse. Eres preciosa, y sin duda te lloverán invitaciones. No las desaproveches esperando a tu amor lejano.

Me quedé helada, nunca nadie me había hablado tan claramente.

Un anochecer, a la hora en que mis pasos se dirijían hacia mi casa, se desencadenó una tormenta de verano, inesperada pero copiosa.

No tuve tiempo a refugiarme en el porche de un aparador, porque el agua estaba ya por todas partes.

Esperé ansiosa a que cesara.

Pude escuchar el sonido del claxon de un coche, y al mirar ví a un chico llamándome, dudé en acercarme, pero lo hice.

Era un cliente del bar, se ofreció a acompañarme hasta casa y subí a su coche, pidiéndole perdón por estar tan mojada, me respondió con una sonrisa que me caló muy adentro, era verdaderamente encantadora, sentí que algo en mi se encendía.

La lluvia me había jugado una mala pasada, mi blusa mostraba mis pezones erectos por el contacto con el agua, insinuantes, podía notar como me miraban sus ojos intentando disimular.

Llegamos a la puerta, al introducir mi mano en el bolso en buscar de las llaves, noté que no estaban, seguramente las dejé en el trabajo, él se ofreció a ayudarme. No me dejó salir del coche hasta que abrió la puerta, para entonces él estaba calado, por lo que le invité a entrar, con la intención de secarle sus ropas.

Le indiqué dónde podía cambiarse, y le ofrecí unas toallas.

Me sorprendí a mi misma, espiando por un centímetro de puerta que se quedó mal cerrada, le ví despojarse de su camisa, dejando al descubierto un torso bronceado, perfecto, fuerte.

Contemplé cómo se quitaba los pantalones, dejando al aire un culo duro, firme, me sentía excitada, me gustaba el espectáculo.

Se cubrió con las toallas, y yo le ofrecí algo de bebida antes de secar sus ropas.

Poco después, mientras conversábamos esperando que éstas se secarán, se inició un juego de miradas desafiantes, cada palabra pronunciado por sus gruesos labios me excitaba, cada respiración le pedían que me hiciera suya, cada momento esperaba ser besada.

Yo sólo estaba cubierta por una camiseta muy grande, mis pechos estaban excitados y no dejaban de mostrarlo.

Nos miramos y contemplé bajo la toalla, una excitación impresionante.

No hicieron falta más palabras, sólo un roce de nuestras manos desencadenó una historia ya escrita.

El destino es así.

Mi cuerpo se acercó al suyo, ardiente, mis manos se paseaban por su pecho, él me agarraba el trasero y me apretaba contra su miembro erecto.

Se sentía el calor, la pasión, la excitación de los dos estaba en el aire.

Mi lengua recorría cada parte de su cuerpo, las suyas se adentraban en mi sexo, haciendo estallar en mi placer, y desencadenados suspiros de excitación, gemidos.

Nuestros sexos se humedecían por el placer del contacto, mis pechos exigían su roce, le supliqué que me comiera, que se alimentara con mis pezones, mis labios encontraron cobijo en su sexo, grande …….. Mojado ………. chorreante.

Iniciamos así un desencadenamiento, que nos condujo a un frenesí descontrolado, de caricias, penetraciones, y saliva.

El ambiente olía a sexo.

Se respiraba deseo.

Le supliqué que me hiciera suya, que me penetrara.

Me recostó en el suelo, alzó una de mis piernas y amarrándola con su mano, introdujo su pene en mi cuerpo, lo notaba ardiente, sudoroso, me estremecí de placer al sentir como me penetraba, como entraba y salía de mí, con su lengua succionaba mis pechos.

Llego al orgasmo, me ardía, mi cuerpo estaba descontrolado, el placer me hacia retorcer, convulsiones, se me cortaba la respiración.

Hasta que cesó de moverse.

Lo besé, y con mis manos aparte su cuerpo, que ahora estaba sobre el mío, saqué de mi sexo su pene, y me incliné para besarlo, caliente, grande, el empezó a gemir, le gustaba, y yo deseaba sentir su miembro en mi boca.

Me sentía bien, mi cuerpo estaba lleno de sexo.

A partir de ese día, las visitas de placer continuaron a diario.

Jamás había disfrutado tanto del sexo, de mi sexo.

Dar y recibir.

Acabo de escribir esta mi historia y en mi mente sólo hay una cosa, el sexo junto a él.

Deseo. Año 2003.

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